Editorial

Othón Baños Ramírez: Colombia ya está en la era de la ira

viernes, 1 de julio de 2022 · 01:30

Un nuevo triunfo electoral de la izquierda latinoamericana se registró en Colombia el pasado domingo 19 con Gustavo Petro. Ganó con el 50.44% de la votación frente a Rodolfo Hernández con 47.33%. Hay que destacar que es la primera vez que un candidato de izquierda llega al poder en ese país.

Debo agregar de inmediato que izquierda o derecha son extremismos que ya no existen como tales en América Latina. Sin embargo, para fines analíticos, y a falta de una terminología más adecuada, dichos términos siguen siendo útiles.

Así que, para alejarnos un poco más de esas figuras políticas decimonónicas, llamaré izquierda moderna a esta nueva corriente política que huye de los modelos ideológicos (soviético, castrismo, chavismo) y se coloca de frente a los grandes problemas nacionales sin romper con la clase económica dominante.

Los resultados electorales recientes observados en América Latina, con los triunfos más inmediatos de la izquierda moderna en Bolivia, Perú, Chile y Honduras, revelan que los ciudadanos de este continente están descontentos con los partidos políticos que han estado administrando el sistema democrático y no han logrado combatir la desigualdad social y la pobreza que se hace más profunda.

Desde luego, hay muchos otros factores adversos de índole estructural que han estado detrás de la ira de los ciudadanos como la corrupción que viene de muchas décadas atrás. Otros factores que se suman hoy a darle potencia revolucionaria al descontento social derivan de la informática, con la cual la comunicación horizontal es una herramienta política del ciudadano de a pie.

Vale decir que las redes sociales funcionan como un catalizador y a la vez creador de consensos. Todos esos factores juntos influyen en la nueva corriente electoral.

Y es así como la ira de los ciudadanos llega a las urnas electorales. El poder de la ira hay que verlo de esta manera: cambiar las viejas costumbres electorales no es fácil porque la población en los periodos electorales es atiborrada con promesas que luego no se cumplen.

Colombia es el caso más reciente donde la votación dejó fuera a los dos partidos políticos de derecha que se alternaban el gobierno. Claramente la gente ya está harta de las promesas de los partidos tradicionales dominantes. La gente venció varios miedos inculcados por el establishment, como ocurrió en Perú y Chile, entre otros, de que la izquierda haría en el país una réplica del castrismo o del chavismo.

La ira de la gente trabajadora se impuso. El triunfo de Gustavo Petro en la primera vuelta fue de 40% contra 28% de su contrincante más próximo, pero en la segunda vuelta el candidato populista de derecha sumó una cantidad casi igual de votos a los recibidos en la primera vuelta. Hay quienes afirman que Colombia está políticamente dividida.

Debido a ello, hay que decir que este vuelco hacia la izquierda moderna no significa la salida a los grandes problemas nacionales. No es la primera vez que un partido de izquierda llega al poder y se topa con grandes limitaciones.

Si bien la clase dominante ha perdido legitimidad, no significa que los problemas vayan a desaparecer ante un nuevo reacomodo del poder. Eso sí, claramente se abre una posibilidad de que haya alguna ganancia a largo plazo que mejore el deterioro económico y el desempeño de las instituciones democráticas.

Ni Perú, ni Chile, tampoco Colombia van a cambiar de un periodo de gobierno a otro.

En realidad, hay un descontento generalizado, en el mundo entero, contra la democracia. Reflejo de ello es la polarización que se observa en todos los países, incluido Estados Unidos, como se pudo ver en las pasadas elecciones que llevaron al poder al presidente Joe Biden. Hay un descontento entre los de arriba y los de abajo, entre demócratas y republicanos.

El origen de la ira en América Latina no es ideológico. No está ganando una ideología de izquierda revolucionaria que sirva para tomar conciencia de los ciudadanos. Al menos no hay un modelo ideológico detrás.

Para la izquierda moderna, el malo de la película no es el capitalismo sino los problemas de corrupción, de abusos de poder, de mala o nula planificación del desarrollo regional, de inflación, de desigualdad social, de pobreza. En fin, problemas que resultan de la concentración de la riqueza y del mal gobierno, incluso del liberalismo, pero no del sistema capitalista.

Sin embargo, el capitalismo pone límites. Los gobiernos de izquierda por más que traigan las mejore intenciones se topan con un problema de fondo. El problema de fondo, que incluso explica los vaivenes hacia la derecha o la izquierda, en América Latina es que el poder gubernamental se encuentra subordinado al poder de las élites económicas cuyo radio de acción es global, que tienen a la mano todos los recursos financieros que dispone la globalización económica. Si ven algún peligro para sus futuras ganancias, sencillamente se llevan el dinero a los paraísos fiscales y lo regresan nuevamente cuando el país se pone de rodillas y les garantiza todas las ventajas.

Detrás de los votos de la izquierda moderna latinoamericana está la juventud sin empleo o con bajos salarios a pesar de haber hecho estudios técnicos o superiores. Luego están los adultos de la tercera edad que carecen de pensiones y de seguridad social, y las mujeres que reclaman igualdad; no solo los marginados sino parte de la clase media que ha venido a menos.—Mérida, Yucatán

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

 

 

Otras Noticias