Editorial

Edgardo Arredondo Gómez: Fallido arte de incordiar

martes, 5 de julio de 2022 · 02:04

El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe —Diógenes de Sínope

Dejé la mochila tan pronto entré a mi casa, busqué a mi madre para decirle entre sollozos: “Me andan diciendo Porky en la escuela”.

Recuerdo a mi “doña Angustias” dejar a medias lo que cocinaba, para abrazarme y decir furiosa: “¡Pues tú diles lombriz de tierra, muerto de hambre, en mi casa sí hay que comer..!”

Lo que seguía después era un acto de expiación a mi sufrimiento, sentado a la mesa comiendo en abundancia: empezando con el arroz, un montículo que hasta punta le salía, el frijol con puerco, rebosante de caldo hasta la orilla de mi plato, el envase familiar de Coca-Cola en medio (no podía faltar), el cerro de tortillas a libre demanda a mi derecha y siempre algún postre casero para rematar.

Fui criado bajo el falso concepto de que un niño bien alimentado, gordo, es reflejo de la abundancia, la ausencia de privaciones y la presencia de una buena salud. Para un festival de la escuela mi madre me disfrazó de sacerdote. Ahí andaba muy orondo presumiendo sotana y estola, hasta que como una bofetada las risas de mis compañeritos se estrellaron, cuando uno de ellos exclamó: “Llegó el San Cerdote”.

Solamente los que nos hemos peleado con la báscula desde niños sabemos lo que es sufrir el acoso escolar por la obesidad. Sin lugar a duda, fui tan bien alimentado que recuerdo que tenía cinco años y aun tomaba un biberón de leche para dormir; me volví un adicto al pan y a las galletas, el monstruo Lucas de Plaza Sésamo se quedaba corto.

Mi vida fue en gran parte el relato del pequeño obeso de mi inolvidable maestro Lizardo Vargas. Era muy malo en los deportes, si no era mío el balón, no más no jugaba y no me quedó más remedio que darle duro al estudio y ser el cerebrito del salón. La secundaria no fue muy distinta, en lugar de Edgardo Arredondo Gómez, mis cuates me decían Edgordo Redondo Comes.

Está demostrado que existe una adicción a los carbohidratos, que hay galletas y panes tan adictivos como la cocaína o el tabaco, lo cual crea una gran dependencia y eso sin entrar al tema de las consecuencias en la salud por las alteraciones metabólicas.

Toda mi vida ha sido una lucha continua contra el sobrepeso. Es frustrante lograr bajar y de nuevo comenzar a caer en las garras del carbohidrato. Mi suerte cambió al entrar a la Facultad de Medicina, en parte por conocer más de cerca los estragos ocurridos por el mal comer, y es cuando más atención le puse al tema.

Mi madre decía: “Si vas a ser gordo, aprende a ser un gordo feliz, y el que te quiera que lo haga aunque seas una pelota”. Una vez que llegué a visitarla, me presumió su primer hipil, a lo cual le dije: “¡A engordar se ha dicho!” Años después al advertirle que estaba subiendo de peso, me contestó: “¡Así te mentarán la madre en el Seguro Social!”. Y así fue con mi madre hasta el día que se nos fue; nunca se cuidó.

Ya no recuerdo cuántas veces me he puesto a régimen, a mi edad es inevitable que el ejercicio sea obligatorio si se quiere bajar de peso o evitar el rebote. Es frustrante sentir la ropa ajustada. Hasta ahora evito usar una talla más grande.

A diferencia de las mujeres que tienen más recursos, desde usar vestidos anchos, batones, hipiles, hasta pantalones con elásticos, mallones con una mega camiseta, nosotros tenemos que decidir brincar a la otra talla o poner manos a la obra.

Ya siendo médico me doy cuenta de la gran responsabilidad que tenemos como padres al educar a nuestros hijos y el tema de la alimentación es uno de ellos. “Como tú te cuidas nadie te va a cuidar, ni tu madre, ni tu padre, no somos eternos”. Así le hablé a mi hijo y a Dios gracias reaccionó y tiene bajo control el problema.

Es por eso que, en verdad, me uno a los que están de acuerdo en decir: “Con los hijos no”. Porque fui un niño obseso, porque soy padre y aún como adulto y aun siendo médico batallo con el tema.

Quitando fobias y filias, no creo que la vida de Jesús Ernesto, el hijo menor del Presidente sea fácil. No lo es. Me imagino lo difícil de estar en un colegio cuando tus compañeros saben que eres el hijo del presidente, gobernador o un político influyente, o hasta del mismo director de la escuela.

Es claro además que el caso deja mal parado al señor presidente y su esposa porque es evidente que los padres del niño o adolescente obeso son culpables y responsables, por doloroso que sea, es resultado de una mala educación, de malos hábitos y una absoluta desatención en una etapa tan crucial como lo es la adolescencia.

El Presidente sabe que el reproche mal intencionado puede ir en que si no pone orden en su casa, cómo lo va a hacer con el país. Y eso va por toda la campaña contra los alimentos chatarra y, hay que decirlo, bien intencionada de la 4T, que confirma que esto es un problema más de educación que de prohibición.

Manteniendo las debidas proporciones recordé la situación que vive un zar antidrogas de Estados Unidos, Robert Wakefield, interpretado por Michael Douglas en la excelente película Traffic (2000), cuando él está librando además una lucha personal por su hija Caroline inmersa en la pesadilla de la adicción a las drogas.

Espero que tambien el señor presidente a un nivel íntimo, familiar, como debe ser, recurra “a ponerse las pilas” para que el chico sea llevado a un nutriólogo; está a tiempo. Sacarle raja pero en beneficio personal, a veces necesitamos sentarnos a platicar seriamente con los hijos, se nos olvida, y desgraciadamente hay situaciones que si no se hacen en el momento oportuno, ya no resultan.

Pero creo que además es el momento para que alguien cercano al Presidente de alguna manera le haga entender que tambien es parte del clima de crispación que tenemos en México, en donde un día sí y al otro también se dedica ya no a criticar, literalmente a atacar a quien esté en desacuerdo, ya no digamos en su contra.

El alto mandatario debe entender que los mexicanos debemos unirnos; un ¡no rotundo! a la confrontación. En tanto, aun siendo ya un adolescente, no veo correcto el ataque a Jesús Ernesto y humildemente también me uno al hashtag #Con Los Niños No.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

 

Otras Noticias