Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar: Plástico y derechos humanos

lunes, 1 de agosto de 2022 · 01:00

Rodrigo Llanes Salazar (*)

A la memoria de Luis Jorge Llanes

Desde las tortugas enredadas en las anillas que mantienen unidas las latas de refrescos y cervezas hasta leyes que prohíben bolsas y popotes de plástico de un solo uso, este material se ha convertido en una de las grandes preocupaciones ambientales y de salud de nuestra época.

Tal vez nuestra especie sea recordada como el “Homo plasticus”. No solo hemos definido una nueva era geológica, el “Antropoceno”, sino que en las últimas siete décadas hemos inundado a la Tierra de plástico, desde el fondo de los océanos hasta la cima del Everest.

En la década de 1950, cuando comenzó la fabricación de plásticos a gran escala, el ritmo de producción era de 2 millones de toneladas anuales; actualmente la producción anual se ha elevado a 415 millones de toneladas y se espera que esta cifra se cuadruplique en 2050.

Así, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, ha estimado que en 2050 habrá más plástico que peces en los océanos. Diversos estudios han documentado que respiramos microplásticos, con múltiples consecuencias nocivas para nuestra salud. En cierto sentido, también nos estamos volviendo plásticos (exagero, pero se ha registrado la presencia de este material en los tejidos de nuestros cuerpos).

No es de extrañar que el plástico se haya convertido en un asunto de derechos humanos. El año pasado, Marcos Orellana, el Relator especial de la ONU sobre sustancias tóxicas y derechos humanos, presentó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el informe “Las etapas del ciclo del plástico y su impacto en los derechos humanos”. “Los seres humanos comemos, bebemos y respiramos plástico”, afirma Orellana al inicio del documento.

Una de las principales conclusiones del informe es que el problema del plástico va mucho más allá de los desechos de este material y las prácticas de reciclaje. Generalmente, las acciones de gobiernos, empresas, organizaciones y personas suelen centrarse en esos ámbitos. Pero las acciones deben ir mucho más allá.

En primer lugar, sostiene Orellana, se debe abordar “todo el ciclo del plástico, en sus distintas fases”: desde la extracción del petróleo y el gas para producir las sustancias químicas con que se fabrica el plástico; la emisión de contaminantes tóxicos al medio ambiente durante su proceso de producción; su transporte, gestión y vertido de residuos; hasta los desechos. El Relator especial enfatiza en que se debe investigar más sobre los impactos de todas las etapas del ciclo del plástico.

Así, por ejemplo, durante la etapa de extracción y refinado de combustibles fósiles para producir plástico (se estima que más del 99% de este material se produce a partir de combustibles fósiles), se contamina la tierra, el agua y el aire, con severas consecuencias para la salud humana, de otras especies y del medio ambiente.

Del mismo modo, el proceso de producción de plástico también emite sustancias tóxicas que contaminan el aire, el agua y el suelo. Recientemente, el Índice de Calidad del Aire y Vida de la Universidad de Chicago informó que 973 de cada 1000 personas en el mundo inhalan toxinas con regularidad. Como suele suceder, las personas más afectadas son las pobres y las que viven en sociedades en proceso de industrialización. Asimismo, una de cada cinco muertes está asociada con la contaminación atmosférica, por lo que se estima que mueren 10 millones de personas al año por este problema.

En el uso de plásticos nos encontramos expuestos a aditivos tóxicos en dichos materiales, que absorbemos mediante la piel, la ingestión de agua potable, los alimentos y la inhalación del aire. El Relator Orellana cita un estudio reciente según el cual los plásticos contienen más de 10 mil aditivos tóxicos. Debo confesar que solo recientemente, con el nacimiento de mi hija hace un año, comencé a informarme más sobre aditivos tóxicos, como el bisfenol A (BPA) que se utiliza en biberones y muchos otros envases de alimentos, pero también en computadoras portátiles, teléfonos móviles, tuberías de agua, entre otros objetos.

Como informa Orellana, “el bisfenol A puede provocar cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad e interferir en el funcionamiento del hígado”.

Sobre el problema de desechos plásticos, el Relator especial afirma que “en la actualidad no existe ningún método de gestión de desechos disponible comercialmente que pueda resolver la crisis mundial de la contaminación por los plásticos. Los aditivos tóxicos y los microplásticos presentes en la lluvia, el suelo, los cursos de agua, los océanos y las cimas de las montañas no pueden eliminarse mediante el reciclaje, el depósito en rellenos sanitarios o la incineración. Solo la imposición de límites jurídicamente vinculantes a la producción mundial de plástico para usos esenciales puede marcar la diferencia”.

En este sentido, Orellana explica que el reciclaje no es la solución del problema de los desechos plásticos. En primer lugar, solo el 9% de todos los plásticos producidos se recicla. Para continuar, “con los niveles y métodos actuales de reciclaje, éste constituye a menudo una farsa consistente simplemente en verter los desechos plásticos cerca de comunidades marginadas para desviar la atención desde las responsabilidades de las empresas hacia el comportamiento de los consumidores”. Asimismo, el reciclaje no resuelve el problema de los aditivos tóxicos que contienen los plásticos.

De este modo, el Relator especial reconoce grupos de personas que son particularmente vulnerables a los efectos del plástico: los trabajadores (especialmente de las industrias petroquímica y de fabricación de plásticos, así como recolectores de desechos), niños, mujeres (“el bisfenol A, por ejemplo, puede repercutir negativamente en la salud ovárica y uterina”), afrodescendientes, pueblos indígenas y comunidades costeras, personas en situación de pobreza y las generaciones futuras (se han encontrado microplásticos en placentas humanas).

Vale la pena detenerse un momento en el caso de los afrodescendientes. Al respecto, el Relator Orellana cita el caso del “Callejón del Cáncer”, una franja petroquímica a lo largo del río Misisipi en Estados Unidos. Esa zona solía estar habitada por plantaciones de azúcar, en las que los afrodescendientes trabajaron como esclavos. Ahora es residencia de fábricas de plástico.

Un artículo publicado en “The Guardian” llamó a esta región “la más contaminada de Estados Unidos”. Los afrodescendientes han vivido la continuidad de ser esclavos a estar intoxicados. De manera similar, la ex zona henequenera de Yucatán, en la que muchos peones se encontraron en condiciones que fueron consideradas de esclavitud (no solo por las denuncias que al respecto hizo John K Turner, sino muchos pobladores actuales recuerdan esa época como la era de la esclavitud), es ahora la región de granjas porcinas y avícolas que está contaminando el agua, suelo y aire, intoxicando también a la población.

Regresando al tema del plástico, el Relator especial diagnostica que “en la actualidad, no existe ningún instrumento internacional jurídicamente vinculante que aborde los riesgos y los perjuicios para la salud humana y el medio ambiente en todas las etapas del ciclo del plástico”.

Particularmente, Orellana propone que un instrumento internacional sobre la materia debe formularse a partir de un enfoque de derechos humanos, particularmente los derechos a la información sobre los peligros del plástico; a la participación en la toma de decisiones sobre las políticas en materia de plásticos; la rendición de cuentas y acceso a un recurso efectivo; y la aplicación de los enfoques de prevención y precaución respecto de los riesgos y perjuicios de los plásticos.

En Yucatán, el Congreso del Estado realizó modificaciones a la Ley General para la Gestión Integral de los Residuos y su reglamento en junio de 2019, con la finalidad de prohibir la distribución de bolsas y popotes de plástico, así como contenedores de unicel.

Asimismo, el Gobierno del estado estableció el Registro Único de Control de Plásticos que tiene como objetivo “sistematizar información de personas físicas y morales que distribuyen o comercializan bolsas plásticas de un solo uso, contenedores de poliestireno y popotes plásticos”.

Recientemente, Bepensa, principal productor de bebidas embotelladas en Yucatán, anunció una inversión de 90 millones de pesos en la ampliación e incremento de la capacidad de acopio y reciclaje de PetStar en su planta del municipio de Umán para recuperar 11,000 toneladas anuales de envases Pet.

Aunque las anteriores son medidas necesarias, debemos tener en mente el planteamiento del Relator especial de la ONU: trabajar en todas las etapas del ciclo del plástico, “reducir el volumen de plástico producido y desechado, (...) controlar todos los aditivos peligrosos añadidos a los plásticos, (...y) promover una economía circular químicamente segura o de proteger los derechos humanos”.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

 

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