Editorial

Olegario M. Moguel Bernal: Setenta y siete años de una lección vigente

6/8/2022 · 01:42

Hiroshima, Japón. 6 de agosto de 1945. 8:15 am. Un resplandor, un estruendo y en un segundo la vida se extinguió.

Terufumi Sasaki, médico cirujano, durmió mal esa noche, tan mal que en la mañana no pensaba ir al hospital, pero se impuso el deber y llegó a la hora de siempre. Caminaba por los pasillos con una muestra de sangre en la mano. “Acababa de pasar junto a una ventana abierta cuando el resplandor de la bomba se reflejó en el co¬rredor como un gigantesco flash fotográfico. Se apoyó sobre una ro¬dilla y se dijo, como solo un japonés se diría: ‘Sasaki, gambare!’, ‘¡Sé valiente!’”. Más tarde se percataría que no fue un bombardeo al hospital, sino el mayor ataque de un solo impacto ocurrido en la historia de la humanidad.

Más de 60 mil personas dejaron de existir en un instante abrasadas por una temperatura de mil grados centígrados. De ellos nada quedó. Otros sobrevivieron. Muchos solo para perder la vida en los siguientes meses, por las heridas o la radiación.

Hoy, cuando se cumplen 77 años del monstruoso impacto, olvidar no es una opción. Debe ser tarea irrenunciable sembrar el recuerdo del abominable suceso en las generaciones nuevas para no caer en el aforismo de Santayana, según el cual los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla. Lejos no estamos de reincidir en tamaño cataclismo. El lunes pasado el secretario general de la ONU advirtió que estamos a un tris de una “aniquilación nuclear”.

Conocemos lo acontecido en Hiroshima —y, tres días después, en Nagasaki— por los periódicos y otros medios de comunicación masiva que siguieron la noticia puntualmente. Meses después, el editor jefe de “The New Yorker”, William Shawn, estaba convencido de que no se había escrito suficiente sobre el impacto de la bomba en los seres humanos, los estragos que produjo en el pueblo de carne y hueso.

El periodista John Hersey puso manos a la obra y realizó un reportaje —después se convirtió en el libro “Hiroshima”— que se publicó en la revista en agosto de 1946, un año después del impacto de Little boy, nombre dado por los americanos a la bomba.

Si bien no fue la primera descripción de los hechos del 6 de agosto de 1945, fue la que tocó con más profundidad las fibras sensibles del lector norteamericano. Hersey fue quizás el primer periodista en emplear la técnica de dar un paso atrás y ceder la voz a los actores para que ellos describieran los hechos. Fue una historia que ilustró la dimensión humana de los efectos de la bomba atómica en Hiroshima.

La obra narra las experiencias del médico cirujano Sasaki y cinco residentes más en la ciudad bombardeada y lo que vivieron aquel fatídico 6 de agosto: Toshiko Sasaki, una joven oficinista; Hatsuyo Nakamura, quien quedó viuda con tres hijos; el doctor Masakazu Fujii, físico, y los religiosos Wilhelm Kleinsirge, sacerdote misionero alemán, y Kiyoshi Tanimoto, pastor.

La historia de “Hiroshima” se refiere a las experiencias de los seis protagonistas, empezando en el momento y el lugar donde despertaron ese 6 de agosto, para continuar con dónde se encontraban y lo que estaban haciendo en el instante del estallido, y luego dar paso a lo que ocurrió desde ese momento hasta el mediodía. La obra refiere también lo que fue de sus vidas a pocos días del suceso y finaliza con la situación en que se encontraban los seis varios meses después.

Es un estilo narrativo plano, seco, que deja el relato en boca de los protagonistas mientras el autor hace mutis, se repliega. Es inevitable pensar en el estilo narrativo de Ryzard Kapuscinski, cuya principal labor es periodística más que narrativa. Para Hersey, como para Kapuscinski, lo más importante es lo que diga el protagonista, no lo que escriba el autor y cómo lo haga. El polaco lo deja plasmado en sus obras y es quizás en “El Emperador”, sobre el líder etíope Haile Salassie, donde muestra este estilo en forma más cruda.

Hersey, periodista norteamericano nacido en China, habla de su forma narrativa: “El estilo plano fue deliberado, y aún pienso que fue el adecuado. Una alta dosis literaria, o exhibir cierta pasión, pudo haberme colocado en la historia como mediador, y yo quise evitar tal mediación a fin de que la experiencia fuera lo más directa posible”. Una lección para los periodistas engreídos que buscan el protagonismo en las entrevistas.

Enfatizando en la labor reporteril de Hersey, podemos subrayar que el periodismo de investigación es de análisis de información, de lectura, de acopio y desciframiento de datos. Pero, por encima de todo, es de pisar la calle, de ver a las fuentes cara a cara, pues hay mucha información no sólo entre los protagonistas directos de los hechos sino incluso en las fuentes periféricas. Son ellas las que marcan la diferencia entre un relato periodístico y uno periodístico-humano.

Hersey hizo tal cosa. Dedicó tres semanas a investigar en Tokio sobre el tema de la bomba, antes de viajar a Hiroshima. Hizo entrevistas e investigaciones en la capital nipona, y no fue sino hasta que tuvo completo el contexto y las razones oficiales detrás de los hechos, que decidió viajar al epicentro del suceso.

El trabajo en Tokio, del cual el lector no necesariamente se percata, es lo que lleva al autor a decidirse a escribir sobre las personas, más que la debacle de los edificios o el daño intangible, sin rostro, sobre el cual ya varios habían escrito.

“Sentí que debía escribir acerca de lo que sucedió, no a los edificios, sino a los seres humanos”, diría Hersey.

En octubre de 1946, pocas semanas después de su publicación en “The New Yorker”, el reportaje fue convertido en libro por el editor Alfred A. Knopf, mismo que en 1944 publicó “Una campana para Adano”, novela-testimonio de la ocupación de un pequeño pueblo italiano en la Segunda Guerra Mundial, que le valió a Hersey el Premio Pulitzer en 1945.

“The New York Times” dio la noticia de la obtención del Pulitzer en su portada del 8 de mayo de aquel año, misma plana en la que informó del fin de la guerra en Europa.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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