David Owen decía que el político soberbio se encuentra afectado por el “Síndrome Hybris”, los que alineados por el éxito y el poder, se comportaban como déspotas genuinos, o convencidos de que eran dioses.
“Se vuelve abusador de sus congéneres, a quienes considera están por debajo de él”.
Despliega una actitud megalómana, y/o paranoica. “Se cree infalible e insustituible, no acepta pérdida alguna, es con facilidad proclive al fraude, a la manipulación de los hechos e inmutable frente al daño que le infringe a su opositor o al conglomerado social”.
Y Paul Ricoeur, francés, y uno de los más destacados filósofos del siglo XX, en la “Simbólica del mal”, afirma que una de las principales causas de sufrimiento es la violencia ejercida por el hombre sobre el hombre.
El mal cometido por uno halla su réplica en el mal padecido por otro, y concluye que: “Le mal, c’est ce qui est et ne devrait pas être, mais dont noua ne pouvons pas dire pourquoi cela est” (8). (El mal es lo que es y no debe ser, pero no podemos decir por qué es”).
Para Fernando Savater, “la soberbia, el más grave de los pecados capitales, es el valor antidemocrático por excelencia”. Y así vivimos…
Los 7 pecados capitales, confirman para mí, en interpretación muy libre y personal, lo que pienso de los políticos y la política en México, y como siempre aclaro, con sus honrosas excepciones, que las debe y tiene que haber.
Cierro este comentario, con las palabras de Kant: “Solo una ley universal puede dar a una persona racional razones suficientes para actuar de buena fe”. Y puedo añadir: “Distínguete por tus ideas, por tus propuestas, deja que tu trabajo hable por sí solo”.
México nos necesita y confía en que sus ciudadanos de bien le extendamos la mano. No podemos ni debemos dejarlo solo, eso es pereza. Pecado capital muy grave en estos momentos por los que atraviesa el país.
Dato curioso.— “El primer envidioso según el relato bíblico fue Caín, que sentía hacia su hermano Abel una envidia tan profundamente perturbadora que le llevó a asesinarlo. Probablemente su envidia estaba mezclada con la soberbia, pecado capital que tiene un carácter más activo que la envidia”.— Mérida, Yucatán.
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Abogada y escritora
