Cuando llegué a la ciudad de Mérida, lo primero que me sorprendió fue el sistema de transporte. No por mala calidad, sino por los horarios y la cantidad de autobuses y combis que circulaban.
Antes de vivir aquí, residía en Hidalgo, un estado lleno de ausencias, especialmente en servicios públicos, aunque últimamente ha cambiado poco a poco. Allá, yo era estudiante de Artes en la UAEH, campus Mineral del Monte. Para llegar a la universidad, tenía que tomar una combi desde Pachuca.
El problema eran los horarios: antes de las nueve de la noche ya no había transporte. Si perdías la última combi, te quedaban solo dos opciones: pagar un taxi o caminar. En más de una ocasión, opté por caminar de noche, cargando libros, con frío y cansancio.
Sorpresa
En cambio, cuando llegué a Mérida, mi sorpresa fue enorme. Recuerdo que ese día fui al Centro Cultural Olimpo a un recital de piano. Salí pasadas las nueve de la noche y me ofusqué. Pensé: “Tendré que caminar, no es nada nuevo, pero aquí sí soy nueva”. Caminé hasta el paradero de los autobuses de la Vicente Solís, en la calle 58. Ahí vi un camión esperando. Corrí, me subí y pregunté al chofer:
—¿A qué hora deja de pasar?
—A las 11:40, a veces hasta las doce —me dijo—. Pero si estás aquí a las 11:30, alcanzas tu camión.
Con los ojos brillosos, casi llorando, le pregunté:
—¿Y ese es el horario en todos los camiones?
—Sí, excepto algunas rutas de combis o comisarías. Esas solo hasta las nueve.
No supe cómo expresar lo que sentí ese día. ¿Por qué el transporte siempre tiene que ser un problema? ¿Por qué en Hidalgo no podía ser así? ¿Por qué un servicio ciudadano se convierte en un negocio?
Usuaria frecuente
Desde ese momento me volví usuaria frecuente del sistema. A pesar de las anomalías y los pleitos, reconozco que ha cambiado, pero poco en beneficio de los usuarios… o de los operadores.
Un día, mi papá me contó que platicó con un chofer del extinto SITUR. Le pidió que bajara el aire acondicionado porque estaba enfermo, y terminaron conversando. El chofer le dijo que ser conductor era muy difícil: a veces no descansan, hacen doble turno porque algún compañero está enfermo, tienen que poner de su bolsa para el mantenimiento del camión. Algunos no tienen seguro, ni Infonavit. Por eso, a veces están de mal humor, no te dan la parada, no porque no quieran, sino porque tienen que llegar a tiempo al paradero con el checador.
Eso me dejó pensando: los usuarios tampoco solemos ver esa parte. Pero, ¿cómo hacerlo si también estamos lidiando con un sistema que nos exige tiempo, paciencia y dinero?
Cuando trabajé en la zona norte, de la ciudad de Mérida, empecé a desilusionarme. Las filas para tomar el camión eran interminables, sobre todo al amanecer o al anochecer.
Era 2017 y las apps de transporte ya funcionaban en la ciudad. Agradecí su existencia, porque los taxistas me arrancaban la mitad del salario en un viaje. A veces llegaba al centro a las cinco de la mañana para alcanzar el camión hacia Gran Plaza. Ver la fila me desesperaba. Prefería pagar un poco más en la app, llegar a tiempo y poder desayunar.
Los primeros años que empecé a residir en Mérida eran diferentes. No había tanto tránsito, el centro era seguro para los peatones. Ahora no cabe un alfiler. La ciudad sigue siendo bonita, sí, pero ya no se camina igual. Las esperas siguen, las prisas también.
Cuando entraron las nuevas unidades —esas que algunos turistas confunden con naves espaciales— pensé: “Por fin un cambio”. Todo se mueve, nada puede quedarse igual. En mi trabajo, caminar y usar el transporte son esenciales, así que no lo niego: uso camiones, aplicaciones y calles.
Me agrada la tarjeta electrónica, me recuerda al metro. Lo que no me agrada es que muchas personas no saben usar la tecnología. Han sido estafadas. Dejar de usar efectivo puede ser contraproducente.
Cuidar el dinero
Un chofer me dijo una vez que el efectivo es un problema: contarlo, cuidarlo, llevarlo. Algunos compañeros toman “unos pesitos” porque su patrón no les dio ni para el mantenimiento. Lo entiendo. Pero, ¿no podrían también aceptar efectivo de forma controlada? En otros países hay alcancías automáticas en los camiones para quienes no tienen pagos digitales. ¿No pudieron replicar eso?
Hace poco me encontré con una señora mayor que no sabía cómo recargar su tarjeta. Me dijo que su nieta lo hacía. Por suerte, el chofer fue empático: “Pídale a la señorita que le pague su pasaje”. Era yo. Le dije: “Claro”, pero me di cuenta de que su tarjeta era del INAPAM.
El chofer se quedó pensando, pero con prisa dijo: “Déjelo así, seño, no me gustaría que mi madre pasara por esto”. Me pidió si podía ayudarla con su tarjeta. Yo traía una extra, así que la recargué y se la di.
—Mire —le dije—, esta no tiene descuento, pero le servirá si tiene una emergencia. Le recomiendo recargarla un poco más cuando pueda y tenerla como respaldo.
La señora sonrió, aliviada. “¿Por qué no nos explican bien esto? Tengo una amiga que termina pagando taxis o caminando porque no sabe usar esto y vive sola. Tiene la tarjeta, pero no entiende nada. Y menos yo”.
Creo que con eso basta para explicar lo que pienso del sistema: no es negativo, pero tampoco positivo. Hace falta repensarlo desde la empatía.
Las calles
Como peatona, tampoco tengo mucho bueno que decir. Hace unos días casi me atropellan. El semáforo marcaba paso peatonal, pero también daba luz verde a los coches que doblaban hacia mi misma dirección.
Crucé confiada. Un auto casi me lleva. Le grité: “¡Tengo paso!” Y entonces se armó. Gritos, insultos que ni conocía y hasta un botellazo de plástico. Una señora me ayudó a llegar a la banqueta y dijo furiosa: “¿Quién hp.. puso esos semáforos? Se ve que nunca sale a las calles”.
Sí. Con eso también basta para decir lo que siento como peatona. (Continuará).— Mérida, Yucatán.
Periodista
A pesar de las anomalías, reconozco que (el transporte) ha cambiado, pero poco en beneficio de los usuarios…
