En la urbanización, piensas en grande porque estás pensando en décadas por delante. Kushal Pal Singh

“Están trayendo gente de Tekit, se cayó el ruedo”. Era el 2 de noviembre de 1997. Un domingo anocheciendo. Mis compañeros del servicio de urgencias del IMSS del Hospital “Benito Juárez” se alistaron. No se requería un protocolo estricto, simplemente cuando había una contingencia y lo digo con orgullo, todos se ponían las pilas. Médicos, enfermeras, camilleros, personal de intendencia, listos para lo que venía; cuando oíamos “hubo un camionazo” o algo parecido, teníamos nuestro propio código de emergencia.

De la misma manera, lo digo con satisfacción, cuando los damnificados éramos nosotros por una inundación, por ejemplo, un huracán, muchos médicos y enfermeras se arremangaban pantalones y camisas para ayudar a los compañeros de intendencia y mantenimiento. Siempre un equipo.

Pero esa tarde en particular era diferente. Tal vez el antecedente más cercano se tenía y lo recuerdo porque estaba en segundo año de la carrera y vivía en la García Ginerés, con el ulular impresionante de las sirenas, también una tarde de domingo, el 15 de noviembre de 1981, cuando se derrumbó un muro en una rampa de las Plaza de Toros Mérida ocasionando 49 muertos y decenas de lesionados.

Las tragedias pueden marcar a un pueblo: El Tekit alegre, fiestero, al que le encanta la vaquería y las corridas; la tierra de bordados preciosos, obras de arte convertidos en prendas de vestir. Aquel desastre dejó cinco muertos y un centenar de heridos, con escenas que quedan en la memoria de un médico, en medio del dolor y la zozobra: la solidaridad.

En los pasillos y en las afueras del hospital se escuchaba: “Hay que donar sangre para dos señoras”, “¿Ya están trayendo a tus papás?”, “¿Quién va a regresar a Tekit?” y, otras más propias de nuestro Yucatán Mágico: “Fue castigo porque no se respetó a las ánimas y se hizo la corrida”, “Antes de caer todo encima vi el espíritu de mi chichí que me dijo que me saliera”. “Había un toro negro muy feo parado entre la gente muerta”.

Este año la desgracia se enseñoreó de nuevo con Tekit. Como es conocido: el terrible linchamiento que conmocionó a Yucatán, no solo por la naturaleza de lo ocurrido, sino también por ser prácticamente un hecho inédito. El asunto tiene muchas aristas a las que se han referido muchos articulistas, desde el hecho de buscar culpables hasta señalar responsables.

No es noticia el grado de descomposición del tejido social en el interior del Estado. En el sexenio anterior, la gentrificación con sus consecuencias, sobre todo en Mérida, creció al ritmo de su antípoda: el descuido del “Yucatán profundo”. Pero a diferencia de lo ocurrido hace casi 30 años, ahora con el internet y las redes sociales, el suceso fue, por mucho, más mediático.

A las dolorosas imágenes difundidas, se agregaron otras perturbadoras en donde se distingue a no menos de medio centenar de personas registrando los hechos con sus celulares, en presencia de muchos niños. No solo fueron contemplativos: no hicieron absolutamente nada por retirar a los menores; costumbre ya arraigada, guardando las debidas proporciones, con lo que ocurre en esa palestra de barbarie llamada “torneos de lazos”.

Y después la subsecuente e irracional lluvias de memes, despiadadamente mezquinos y para rematar la estigmatización de los tekiteños, dolosamente señalados como peligrosos.

A casi tres meses, ¿qué se ha hecho? Algunos pacientes que son de ahí, en términos generales me han dicho que no gran cosa. Uno de ellos me comentó en broma que llegó la modernización con el primer semáforo y que hay más presencia de las fuerzas del orden.

El gobierno estatal anunció el programa “Aliados por la Vida”, estrategia integral de prevención, atención a la salud y combate a las adicciones, pletórico en buenas intenciones y con magro presupuesto, pero creo que no se está tocando un punto toral: la mejora en la urbanización, con lo que esto implica en alumbrado, transporte, calles limpias, rescate de sitios de interés, escuelas, centros de salud, etc.

No dudo que pueda haber por el momento problemas más urgentes y caóticos a resolver, como el del sistema del transporte y la vialidad en Mérida, por mencionar uno, pero por favor no se olviden del “Yucatán profundo”

La llamada “Teoría de las ventanas rotas” introducida en un artículo de 1982, por los científicos sociales James Q. Wilson y George L. Kelling, sostiene que los signos visibles de la desobediencia, el comportamiento antisocial y los disturbios civiles crean un entorno urbano que fomenta la delincuencia y el desorden, incluidos los delitos graves.

La teoría sugiere que los métodos policiales que se centran en atacar los delitos menores, como el vandalismo, la vagancia, el consumo de alcohol en público, el cruce incorrecto de peatones y la evasión de tarifas, ayudan a crear una atmósfera de orden y legalidad.

Fue popularizada y alcanzó un alto grado de aceptación cuando en 1990 el alcalde Rudy Giuliani de Nueva York, de la mano de su jefe policíaco William Bratton, la aplicó con resultados tangibles. Aunque hay detractores que sugieren que puede mal interpretarse como una doctrina de cero tolerancia, lo cierto del caso es que, llevada en forma cuidadosa en su implementación, dirección y supervisión, al final, logra el éxito al vincularse con la policía comunitaria.

Entonces, la teoría hace dos hipótesis: 1) que los crímenes menores y el comportamiento antisocial disminuirán, y 2) que los crímenes de primer grado, como resultado, se prevendrán.

A nivel mundial sobran ejemplos, se me vienen a la memoria por citar algunos, lo logrado en el Bronx en Nueva York y la fantástica historia de Comuna 13, un barrio en Medellín, Colombia.

En pocas palabras, al mejorar la urbanización, el aumento en la seguridad es una consecuencia gratamente inevitable. Debe de redoblarse el esfuerzo en este sentido. Perdón por insistir, pero cómo anhelo que se aplicara en Tixcacaltuyub, una joya colonial y una población olvidada y marginada. No es un tema desconocido.

En nuestro Estado tenemos dos pueblos ribereños que por mucho tiempo fueron notoriamente diferentes: uno destacaba por sus calles limpias, iluminadas y, a pesar de su tamaño, con servicios urbanizados impecables, en contraste con su vecino. Estamos hablando de San Felipe y Río Lagartos. Dicho sin sesgos, porque tengo pacientes y muy buenos amigos en los dos sitios. Y quién creen que fue el responsable de esto: ¡sí, adivinaron!, el alcalde en aquel entonces y ahora gobernador Joaquín Díaz Mena.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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