En un mundo falso, absurdo, donde la política ha sido degradada de tal manera que es difícil creer en las promesas de individuos que aspiran llegar al poder, encontrar una persona con convicciones, con humildad, con verdadera vocación de servicio y no de servirse de un cargo, es de llamar la atención.
José Alberto Mujica Cordano, el gran Pepe Mujica vivió con sencillez, pero lo más importante, es que fue congruente siempre.
“La izquierda admira la pobreza, pero la pobreza ajena, porque de pobres no tienen nada”. Una de tantas frases que deja para la posteridad y que llevan gran dosis de verdad.
Solo hay que voltear a ver a quienes aseguran ser luchadores sociales, que dicen odiar a los ricos, pero en realidad envidian su estilo de vida. Por ello, cuando ostentan un poco de poder, cambian su forma de pensar y de actuar. Y se exhiben como lo que son: individuos pusilánimes, ostentosos y mediocres.
Amenazan con destruir a los ricos sin importarles que ellos son generadores de fuentes de empleo en sus empresas. Son hipócritas, ya que lo que tanto odian en otros, lo anhelan ellos porque creen merecerlo. Por eso quieren el poder, para disfrutar lo que nunca pudieron alcanzar con estudio y esfuerzo.
“Los buenos gobiernos no son los que usan los impuestos de los trabajadores para dárselos a los flojos, los grandes gobiernos son los que crean las condiciones para que todos tengan trabajo”, decía Mujica.
¡Cuánta verdad! El odio y falta de capacidad de algunos individuos los lleva a destruir lo que otros construyeron; se roban el dinero descaradamente sin importarles que una población sufra por falta de medicamentos o de alimentos. Destruyen todo lo que tocan, por el odio que les corroe el alma por lo que nunca pudieron ser ni tener por sus capacidades intelectuales o afectivas.
Lo imperdonable es que destruyen algo muy valioso para los ciudadanos: la seguridad, dejándolos en una posición de riesgo. ¡Ah! Pero eso sí, ellos se protegen contratando escoltas, viajando en vehículos blindados y derrochando el dinero de los contribuyentes.
El gran Pepe Mujica no estaba de acuerdo con tanta falsedad y engaño. “En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio porque aprendí una dura lección que me impuso la vida; que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas”.
Sin duda se refería a los años que vivió en prisión al ser capturado junto con otros miembros de la guerrilla de Los Tupamaros, de la que Mujica formó parte. Al ser liberado en 1985, expresó: “No acompaño el camino del odio, ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas contra nosotros. El odio no construye”.
Sabia reflexión. El odio puede llegar a causar mucho daño, por tanto, su corazón no albergaba rencores.
De la pobreza, compartía el pensamiento de Séneca: “pobres son aquellos que precisan mucho”. Es decir, no es pobre aquel que carece de algo, se es pobre cuando la ambición y el resentimiento impide disfrutar de lo que se tiene y mantiene el deseo de tener más.
Cuando a José Mujica le fue diagnosticado cáncer de esófago, decidió retirarse a su finca, una propiedad sencilla donde se cultivaban flores.
Estaba consciente que su fin se iba acercando y prefirió alejarse de la política, de todos los quehaceres de la vida pública y disfrutar lo que él tanto amaba: la naturaleza, la que tanto nos ha dado y hemos destruido entre todos.
Su finca, un lugar sin mayores pretensiones y sin lujos a los que nunca aspiró. Muy diferente a quienes han enarbolado la bandera de “libertad” en una lucha por la democracia y por los pobres, pero al conseguir poder, traicionan a la gente. Individuos que al conseguir el poder le negaron la libertad a su pueblo y lo sumieron en la esclavitud y la miseria. Odian a los ricos, pero empiezan a vivir como millonarios al irse apoderando de la riqueza del país; no son capaces de acabar con la pobreza para que el pobre eleve su estatus, porque no les conviene que lo hagan.
José Mujica, quien fuera presidente de Uruguay, se mantuvo fiel a sus principios. El 13 de mayo de 2025 se fue para no volver. Sus cenizas fueron depositadas en su finca, tal y como él lo pidió. Fue congruente en su andar por la vida. Ojalá y hubiera más personas como él, que fueran congruentes en el decir y el hacer.
Emprendió ese camino que todos los seres humanos recorreremos un día, porque a querer o no, vamos formados en esa línea interminable para dar cuentas al Creador en el momento que Él lo decida.— Piedras Negras, Coahuila.
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Periodista
