En un mundo agitado donde las crisis parecen proliferar y la realidad se torna cada vez más compleja es fácil caer presa de la desesperación o el fatalismo. ¿Qué puede hacer un solo individuo para cambiar su entorno?
El ritmo acelerado de la era contemporánea trae consigo lo que el filósofo Byung Chul Han llama la sociedad del cansancio, en la cual las mujeres y hombres experimentan vacíos existenciales, así como carencia de propósito.
La decadencia de valores morales y principios de convivencia tiene que ver con la apatía y el egoísmo que se extienden cuando no hallamos un significado trascendente; como sostiene Víctor Frankl, el reconocimiento del sentido en la experiencia humana es fundamental para el progreso individual y comunitario.
Como personas, somos la única especie con la capacidad de comprender su lugar en el tiempo y espacio; en otras palabras, solo los humanos disponemos de noción del pasado y el futuro.
La conciencia nos permite, por tanto, planear a mediano y largo plazo, y prever escenarios del porvenir.
Gracias a la visión del mañana hemos logrado edificar civilizaciones, y desarrollar ciencia y tecnología. Igualmente creamos modelos políticos y económicos de la mano de reglas e instituciones. El presente de la humanidad fue forjado por muchas generaciones que trabajaron consistentemente y pensando en la posteridad.
Sin embargo, en la actualidad, una buena parte de la población muestra resistencia a preocuparse por el futuro, alegando que es incierto y, en consecuencia, lo preferible es enfocarse exclusivamente en el aquí y ahora.
Si bien es cierto que hay que vivir el presente, hay un claro riesgo al desentenderse del porvenir. En concreto, las acciones del hoy tienen, inevitablemente, consecuencias en el mañana, para bien o para mal. La irresponsabilidad del ahora deriva en estragos más adelante. Ignorar un hecho tan obvio distorsiona la brújula moral.
Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura, escribía: “hoy es un solo día de los que vendrán, pero lo que suceda en esos días puede depender, en gran medida, de las acciones que decidamos emprender hoy”.
¿El futuro es irrelevante? Parafraseando al cineasta Woody Allen, el futuro debiera interesarnos porque ahí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas. Actuar ahora es siempre edificar un mejor porvenir.
Para lograrlo no es indispensable alcanzar grandes hazañas, la realidad se construye a partir de pequeñas cosas, de pequeños gestos. Las acciones son valiosas en la medida en que se multiplican.
“Sé el cambio que quieres ven en el mundo”, decía Mahatma Gandhi, y es verdad que los gestos que resultan aparentemente insignificantes tienen un poder inmenso para marcar una diferencia por acumulación.
Ser amable con un vecino; separar la basura para que la recolección sea más eficiente; respetar las normas cívicas básicas. Empezar por lo pequeño es sumamente significativo cuando la buena voluntad permea y se extiende entre la ciudadanía.
El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. Pero la oportunidad de crecer siempre está en el ahora. Cada instante es una oportunidad de hacer lo correcto.
El recorrido de los mil kilómetros inicia por el primer paso, aunque debemos ser conscientes de la importancia de ser para trascender. Juntos somos más fuertes, y la ventana de oportunidad para mejorar como sociedad es ahora.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
