A la gente no se le mide con las palabras sino con el silencio.— Roger Campos Munguía

Ciudad de México. Era el 13 de septiembre de 1968, alrededor de las 15:30 horas. El movimiento estudiantil en efervescencia. El enorme monolito de Tláloc que está a la entrada del recién galardonado Museo de Antropología fue testigo de la aglomeración creciente que llegaba a los alrededores del bosque de Chapultepec. El llamado Comité Nacional de Huelga (CNH) había señalado el sitio como punto de reunión de lo que sería un enorme contingente que marcharía hasta el Zócalo, un trayecto de más de seis kilómetros.

Como punta de lanza: un camión con un enorme retrato de Emiliano Zapata y el lábaro patrio. Al inicio de la marcha el grueso lo conformaban estudiantes de Medicina, muchos de los cuales cuatro años antes habían estado en la huelga de residentes, estudiantes de otras carreras, profesores; más de ochenta escuelas participando entre ellas la UNAM, el IPN, Nacional de Maestros, la Agrónoma de Chapingo, Universidad de Puebla, Veracruz, e Iberoamericana; además se unieron algunos sindicatos como el de electricistas, ferrocarrileros y asociaciones campesinas. La mayoría teniendo como sello en la boca un par de cintas adhesivas en forma de “X”.

Conforme el contingente fue avanzando se fueron uniendo gente de a pie: voceadores, vendedores ambulantes, boleros, amas de casa, empleados del aseo público y del transporte. Al ir por Paseo de la Reforma la gente hacía vallas a los lados y lo mismo ocurrió conforme fueron avanzando por Avenida Juárez, Cinco de Mayo y finalmente terminaron llenando el Zócalo; se calcula que movilizó entre 200 a 250 mil personas.

Un maremágnum caminando no solo en forma pacífica, sino en total silencio, con solo el ruido de las pisadas, ni un solo grito: un mudo y aplastante silencio. Las consignas plasmadas en algunos carteles con las ya desde entonces célebres caricaturas de Gustavo Díaz Ordaz caracterizado como un gorila, y mensajes exigiendo justicia y respeto a la constitución.

Era tal el orden, el silencio, el empuje y la enorme cantidad de gente adherida a los estudiantes que, las fuerzas del orden optaron por replegarse y no ejercer ningún tipo de represión; a pesar de haberse reportado algunos actos vandálicos aislados a automóviles, atribuidos a grupos de choque infiltrados, como suele suceder.

El contingente principal entró al Zócalo en donde hubo un mitin. Se leyeron peticiones, discursos de protesta y se finalizó con el himno nacional, disgregándose la gente sin nada que lamentar.

¿Pero qué motivó esta marcha del silencio? Por paradójico que fuera: otro silencio. Los antecedentes se remontan al fervor estudiantil que caracterizó a 1968, por cierto movimiento que no fue exclusivo de México, pero sí la violencia con la que fue reprimida. Se detonó después de que las fuerzas del orden arremetieron con brutalidad contra jóvenes que protestaban. El CNH había establecido ya un pliego petitorio y las protestas habían escalado. Como pocas veces pienso que se ha dado en México, los estudiantes estuvieron muy atentos al Informe presidencial y, para sorpresa, Gustavo Díaz Ordaz los ignoró por completo, ni una sola mención; contestó con un rotundo desprecio no solo a las demandas sino a la existencia misma del movimiento.

Un día antes del 13 de septiembre, el gobierno, alertado de la manifestación que se preparaba, había intentado disuadir a los estudiantes repartiendo panfletos que advertían a los padres de familias desalentar la participación de sus hijos ante una inminente represión militar. Después es historia conocida todo lo que ocurrió.

La marcha del silencio es una forma universalmente aceptada de desobediencia civil y resistencia no violenta que, al ser un evento masivo y libre, sin ningún carácter coercitivo, ni de acarreo, genera un fuerte mensaje a la clase gobernante. Siendo así, la marcha del 13 de septiembre fue la manera de responder ante el silencio gubernamental. De aquí el valor que hay que destacar del silencio como símbolo ecuménico de desaprobación, de protesta y, por qué no, de hartazgo.

El pasado domingo 1 de junio se llevó al cabo la llamada elección del poder judicial, calificada por el gobierno en turno como exitosa, inédita, “el mandato del pueblo”, entre otras cosas, y por otro lado escuchamos hablar de la destrucción del poder judicial, un golpe a la democracia y un hasta escatológico rosario de calificativos de la oposición al proceso.

Sin tratar de analizar jurídica y políticamente a fondo, puesto que hay expertos en el tema, los días transcurren y tristemente todo parece indicar que la trapacería, el engaño, el fraude y todo lo que huela a trampa son el común denominador.

Al futuro incierto que le depara a la justicia en nuestro país, no hay que pasar por alto el despilfarro de 7 mil millones de pesos tirados en algo que se sabía de antemano cuál iba a ser el resultado.

Pero en todo esto algo que sobresale y que no puede ocultar el oficialismo, por más que haga comparativos, es el hecho de que, de 100 mexicanos: 87 no participaron. ¿Qué valor hay que darle realmente a esta no participación?; este es un tema que va más allá de un simple abstencionismo.

En verdad se sienten triunfalistas allá arriba con lo que hicieron. Insisto, no hablemos de quienes ganaron o perdieron. Solo 13 de cada 100 mexicanos participaron y por lo visto no eligieron, simplemente sellaron algo que estaba de antemano resuelto. ¿Esto es realmente ser demócratas? “El que calla otorga, diría el refrán, pero en este caso 87 de cada 100 mexicanos callaron y esto es un contundente y aplastante silencio que debería servir de reflexión a todos. Estoy convencido de que el silencio es la más estridente de las protestas.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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