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A base de Mandelazos

Editorial

Cosas cotidianas

Javier Caballero Lendínez (*)

El pasado domingo 18 de julio se celebró el Día Internacional de Nelson Mandela, un presidente que fue todo lo que un personaje histórico y un mito puede significar para un país como Sudáfrica.

Su simbolismo, su influencia y, por supuesto, su rico legado es innegable en cualquier parte del planeta, especialmente en su lucha contra el Apartheid, el encarcelamiento, los mitos y leyendas sobre sus actos de misericordia con sus enemigos, y su indudable liderazgo moral, político y social que cruzó fronteras sin distinguir edades ni generaciones.

“Lo más fácil es romper y destruir. Los héroes son los que firman la paz y construyen. Nuestro eterno homenaje este domingo a #NelsonMandela, amigo entrañable de #Fidel y de #Cuba”, escribió el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel en Twitter. Con esta frase —realizada en mitad de una de las mayores crisis sociales, políticas y económicas de la isla desde que se instauró el actual régimen— el mandatario hacía lo que en muchas ocasiones han intentado otros políticos en cualquier parte del mundo: recurrir a frases redentoras de un purificador de espíritus y almas en pena como Nelson Mandela, con el objetivo de lograr la expiación en público de sus pecados.

Este sencillo proceso de purificación, exagerado por medio de las redes sociales, es el que muchos de los políticos radicales, de segunda mano, reciclados, suaves, silenciosos y ladradores —ya sea de izquierda o derecha—, y sus súbditos leales utilizan cada dos por tres frente a la opinión pública.

Y no lo practican tan mal, todo sea dicho. Si al discurso vago, a las polémicas por corrupción, violencia, ineptitud, incapacidad, hartazgo, mal manejo de escenarios políticos o económicos, le unimos una opinión pública en franco deterioro, entonces el coctel molotov contra el político es explosivo sin tirarlo siquiera.

Santificarse

Así que lo de hoy (y lo de siempre) en política es santificarse en vida a costa de un mito sin canonización, con unos actos terrenales que levantaron morales y motivaron al pueblo a defender las causas justas frente a los malos, quienes lógicamente no son los que se adueñan de esas frases, sino los contrarios.

Escribía el famoso naturalista y filósofo Alexander Frank Skutch que “los ideales básicos (del género humano) son cuatro en número: fraternidad, espiritualidad, castidad e inofensividad”. Por lo tanto, que los políticos en turno quieran adueñarse para lavar su imagen de alguno de esos ideales (el de la castidad mejor lo olvidan) llevados hasta las últimas consecuencias por mitos como Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Martin Luther King o el Che Guevara, entre otros, es por demás casi ofensivo y lleno de una manipulación extrema sobre la que no hay que caer.

Réquiem

En este contexto me viene a la mente aquella entrevista que el canal digital Latinus —por medio del programa El Tragaluz— realizó al defensor (ahora) a ultranza de la 4T Antonio Attolini, uno de los grandes perdedores de Morena el pasado 6 de junio en Coahuila: “Quizá la idea del sacrificio en nombre de algo más grande podría parecerse a los más grandes líderes de la historia. En eso quizá (Andrés Manuel López Obrador) sí se parezca. Está al nivel (de sacrificio) de Jesucristo, Mahatma Gandhi, Luther King o Mandela”.

Así de fácil es —en política— decir lo que sea cuando sea.— Mérida, Yucatán.

Periodista de Grupo Megamedia

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