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Alejandro Legorreta González: Todo está conectado

El Polvo de Sahara

Alejandro Legorreta González (*)

“Estudia la naturaleza, ámala, mantente cerca de ella. Nunca te fallará”, Frank Lloyd Wright

Como cada verano, en Yucatán y Nuevo León recibimos hace mes y medio a un curioso visitante transoceánico: al polvo de Sahara. Así se le conoce a una capa de finos polvos, minerales —como magnesio, calcio y hasta cobre— y aire seco que se forma en el Sahara, sí, en el desierto más grande del mundo, y viaja anualmente a una altura de dos mil a cinco mil kilómetros a través del Atlántico hasta llegar al Caribe, parte de Sudamérica y el Golfo de México.

A pesar de lo extraño del fenómeno, el polvo de Sahara no representa un peligro importante para la población, incluso es casi imperceptible al ojo humano y las toneladas de polvo solo pueden verse por satélite. Se sabe que también arrastra contaminantes —hierro y sílice, por ejemplo— que por sí solos pueden causar o empeorar enfermedades respiratorias, pero no existe evidencia concluyente sobre daños serios en las poblaciones sobre las que flota la nube de polvo.

Lo que sí se conoce son los efectos atmosféricos y en la tierra. El polvo de Sahara altera primeramente la atmósfera al inhibir la formación de nubes y, por ende, contrarresta las lluvias y hasta neutraliza los huracanes. Todo esto, de nuevo, no lo vemos. Lo que alcanzamos a ver cuando hay polvo de Sahara es a lo mucho que se pintan los atardeceres de intensos rojos y morados, lo que representa un espectáculo de una belleza muy particular y les aseguro que una foto panorámica de un atardecer con polvo de Sahara es una de las imágenes más únicas que se pueden sacar del cielo de nuestra Península de Yucatán.

En la tierra, los minerales, que viajan desde las regiones áridas de África septentrional, la península arábiga y Asia central, fertilizan el océano y las selvas. En las selvas —sobre todo en las cuencas del Amazonas en Brasil— las plantas se fertilizan gracias al fósforo, nitrógeno y hierro que caen con la lluvia, dos elementos fundamentales para su desarrollo, y en el Atlántico, lo mismo sucede con microorganismos como el fitoplancton y las bacterias animales en la superficie del mar.

¿Qué es lo que me resulta tan interesante del polvo de Sahara? Que nos recuerda que vivimos en un planeta activo, inteligente, conectado y vibrante. Que los mecanismos con los que la naturaleza se regula y equilibra son sorprendentes. Que lo que hacemos aquí, en Yucatán, impacta allá, en cualquier otro continente, y viceversa. Que la calidad de nuestro medio ambiente no se explica exclusivamente por razones locales. Y, por tanto, nuestra responsabilidad con el medio ambiente es una responsabilidad con el resto de los países, con el resto de los humanos, con el resto de los ecosistemas.

Querida lectora, querido lector, aprovechemos la visita del polvo de Sahara para recordar que el aislamiento es un modo de pensar, no una realidad. Aprendamos a proyectar y construir siempre más allá de nuestras fronteras.

En menos de 280 caracteres: Según un estudio de la Universidad de Maryland, el desierto Sahara ha crecido 10% en un siglo. ¿La razón? El cambio climático.— Mérida, Yucatán.

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