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“Amigo y maestro: retrospectiva”

Semana del Seminario 2019

Raúl Eduardo Rebolledo Aranda (*)

Desde que tengo memoria, mi tío Monchi siempre ha estado muy presente en mi vida. Pasé mi infancia visitándolo en el Seminario, las veces que se podía, donde no sólo crecía en la fe sino que también observaba con atención los pasos que daba mi tío en su carrera eclesiástica.

Los sacerdotes siempre me han inspirado un profundo respeto, en parte porque Luis Alfonso Rebolledo es uno de ellos y en parte porque conozco, mejor que otras personas, el tipo de vida que ellos llevan. Mi tío Monchi ha sido siempre un ejemplo, para mí y para mis hermanos, de no sólo un buen sacerdote, si no que también un buen cristiano y, sobre todo, una buena persona.

Recuerdo, con celoso cariño, muchos viajes de carretera donde me llevaba de aventuras y yo disfrutaba mucho más el camino que la actividad en sí. No pasaba más de media hora antes de que mi curiosa mente empezara a formular preguntas con respecto a mi religión y a mi fe, las que mi tío Monchi pacientemente me contestaba de la mejor manera en que podía explicarle a un muchacho de siete, diez, doce años. Me enseñó que no estaba mal cuestionarse y hacerse preguntas, pues la palabra de Dios siempre debía interpretarse con mirada crítica y juicio inteligente para poder aplicarla a nuestras vidas. Mi vida definitivamente no sería la misma sin las preguntas que le hice a mi tío durante nuestros viajes, él me brindó las armas y el conocimiento para defender mis convicciones a lo largo de mi vida, no pude haber recibido mejor catecismo que las largas conversaciones mientras remamos en un kayak o en camino a bucear a un cenote.

Y esa es otra parte importante de la forma en la que ayudó a mi formación, mi tío Monchi me enseñó a ver con claridad la obra de Dios. Es impactante para mí, incluso ahora en mi entrada a la adultez, cómo puedo ver el rostro de mi Señor en cosas tan sencillas como las gotas de lluvia, el rumor del agua, el canto de las aves; y se lo debo a que mi tío nunca se pierde un atardecer, ni se deja de sorprender de la belleza del mar, de la ría, de las olas bañadas por el sol azotando una playa solitaria, porque Dios está en todas esas cosas, donde hay silencio y la naturaleza crece salvaje. Finalmente, mi tío Monchi me enseñó a ser agradecido. No sólo como mera cortesía, si no a interiorizar ese agradecimiento como una oración al Señor. Sé que él le agradece cada momento, cada viaje, cada risa, y la forma en la que su vida es; ahora yo le quiero agradecer a Dios por permitirme convivir con mi tío lo que me ha permitido hasta hoy. Le quiero agradecer porque me mostró buena música, buen cine, me intentó enseñar deportes aunque en eso fallé todas las lecciones; alimentó mi gusto por la lectura, me enseñó libros que retan al pensamiento crítico y sacuden los cimientos de mi mente, aprendí datos científicos de animales, historia, filosofía, escuché sus relatos de mártires y santos, de anécdotas de vida impresionantes que inspiran a cambiar la tuya. Me fui formando una idea del rostro de mi Padre a través de mi contacto con la naturaleza, poniendo todo mi corazón en lo que hago y conociendo a muchos seminaristas que empiezan a seguir los pasos de los sacerdotes que los precedieron. Me enseñó a ser un cristiano de acción y ver a Dios en todas las cosas y, en donde más lo veo, es en mi tío, mi amigo y maestro.

Familiar de sacerdote

 

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