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AMLO y los medios de comunicación

¿Una relación tormentosa?

FREDDY ESPADAS SOSA (*)

Muchos mexicanos nos convencemos cada vez más de que el primero de julio de 2018 se inició en el país un complejo proceso de transición en lo político, económico, social y cultural, cuyos avances y vicisitudes tendrán que analizarse críticamente cuando está por cumplirse el primer año de ejercicio del gobierno federal encabezado por AMLO.

Creemos que uno de los grandes aciertos que debe reconocerse al gobierno de la 4T es el cambio radical en la relación de éste con los medios de comunicación, cuestión que, como es lógico, sigue levantando ámpula en la opinión pública nacional.

Es importante recordar que en la “época dorada” del régimen presidencialista imperial, salvo honrosas excepciones, la mayoría de los medios de comunicación actuaban como auténticas comparsas del gobierno, ya que estaban sometidos y controlados con el poder omnímodo que concentraba el Ejecutivo en turno.

En estas circunstancias, el ejercicio de la libertad de prensa era una falacia y los escasos periodistas que en efecto la practicaban ponían en serio riesgo su propia libertad e incluso su integridad física.

En etapas posteriores y como producto de la evolución perversa del sistema sociopolítico dominante, la situación descrita se invirtió de manera paradójica: muchos medios de comunicación estrechamente ligados a los poderosos grupos económicos del país secuestraron a una buena parte de la clase política, convirtieron en sus verdaderos rehenes a los propios gobernantes y los pusieron de plano al servicio de la oligarquía económica y financiera.

Así las cosas, ocurre que durante décadas los altos funcionarios de los tres órdenes de gobierno canalizaron desaprensivamente gigantescas cantidades del erario en materia de comunicación social, con el fin de difundir los programas oficiales en principio, pero sobre todo para proteger y promocionar la imagen de aquéllos y también para ocultar ante la sociedad los innumerables abusos y corruptelas que practicaban un día sí y el otro también.

De esta manera se conformó una suerte de coraza, al parecer irrompible, para proteger eficazmente la mayúscula corrupción y la burda impunidad con las que el sistema siguió funcionando, en grave detrimento de los derechos e intereses de la inmensa mayoría de los mexicanos.

Pues bien, con el ascenso incuestionable de AMLO a la Presidencia de la República, se dio un giro sustancial en la relación del gobierno con los llamados medios de comunicación dominantes.

En el nuevo gobierno se cortaron de tajo los embutes que se daban a muchos periodistas “de renombre nacional” y se redujo drásticamente el presupuesto destinado al rubro de comunicación social.

De hecho, una buena parte de la difusión sobre sus principales acciones programáticas las realiza el gobierno federal ejerciendo los tiempos que por mandato constitucional le corresponden al Estado mexicano.

En este nuevo escenario en cuanto al vínculo gobierno-medios de comunicación, una de las cosas que más se critican al Presidente AMLO es su relación un tanto ríspida y agria con los periodistas, ante lo cual el Ejecutivo aduce que lo que ocurre en las conferencias de prensa mañaneras es un inédito ejercicio circular, de diálogo franco y abierto con los representantes de la prensa.

En esta tesitura, creo que algunas de las actitudes cuestionables del Presidente con los medios de prensa en modo alguno ponen en peligro la libertad de expresión, como señalan machacona y estridentemente sus recalcitrantes detractores. La prueba de esto es que nunca antes como ahora se ha criticado abiertamente y sin cortapisas al Ejecutivo federal, aunque curiosamente quienes jamás cuestionaron los abusos, la corrupción, los latrocinios y las extravagancias de los anteriores gobernantes, son ahora los que critican a AMLO con mayor dureza e incluso en tonos francamente viscerales.

No obstante la aseveración anterior, considero que el Presidente —dado el peso que adquieren sus palabras ante el conjunto de la sociedad en razón de su alta investidura— debe esforzarse por mantener la ecuanimidad y la cordura.

Desde luego, no me parece adecuado ni justo exhibir, humillar o ridiculizar a los periodistas, por ríspidos o mal intencionados que fueren sus cuestionamientos al Ejecutivo. La famosa frase “muerden la mano de quien les quitó el bozal”, no obstante su origen histórico de la etapa maderista, fue una expresión presidencial muy desafortunada y francamente ofensiva que solo abona a la polarización de la opinión pública.

Por lo demás, soy un firme partidario de que el Presidente de la República —guardadas las debidas formas— pueda emitir con toda libertad su opinión y su visión sobre los problemas o temas centrales de la agenda nacional.

Creo y sostengo sin ambages que el Ejecutivo federal jamás debe volver a ser un rehén o un simple títere de los poderes fácticos del país, como vergonzosamente ocurrió en el viejo régimen del PRIAN.

PD. Como hace 46 años ante el golpe fascista contra el presidente Allende en Chile, hoy también expreso mi repudio a la asonada militar con que se interrumpió el orden constitucional en la hermana república de Bolivia. ¡Baldón!— Mérida, Yucatán.

canek_1999@yahoo.com.mx

Profesor-investigador titular “C” de T.C. Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 31-A, de Mérida, Yucatán

De esta manera se conformó una suerte de coraza, al parecer irrompible, para proteger la mayúscula corrupción…

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