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Amor y la desigualdad de género

Acento de mujer

Lourdes Casares de Félix (*)

En estos días pasados se festejó el romance y el amor; flotaba en el aire y estaba en todas partes, como dice la canción de John Paul Young.

Hay quienes consideran el Día de San Valentín superimportante mientras otras personas lo consideran cursi y comercial. Más allá de esas apreciaciones, quisiera comentar unos puntos a considerar para entender la perspectiva femenina y la masculina sobre el tema.

El amor romántico ha sido más mitificado por las mujeres, ya que las novelas se han encargado de comunicar la idea de que lograr el amor de un hombre es el único modo de alcanzar la felicidad.

La gran mayoría de las protagonistas de los relatos son mujeres llenas de ternura, pasión y devoción por el ser amado y son capaces de sacrificarse por vivir el gran amor.

Y es que la Historia muestra la marginación en la que han vivido las mujeres al tener limitadas las oportunidades de estudio, trabajo y por ende autonomía en sus decisiones y en sus finanzas.

¿Qué les quedaba? Conseguir a un hombre que les brindara protección social y económica. Tal cual se ejemplifica en la narrativa de la popular serie de Netflix Bridgerton.

El poeta Lord Byron afirmaba que el amor masculino constituye una ocupación entre otras, mientras que colma la existencia femenina.

El escritor francés Stendhal, al hablar de los pensamientos femeninos, dice: “Los diecinueve veintésimos de sus ensoñaciones habituales son relativos al amor”.

Para el filósofo Nietzsche, el amor significa dos cosas diferentes para el hombre y para la mujer. En ella, el amor es renuncia, fin incondicional, “entrega total en cuerpo y alma”. No ocurre lo mismo con el hombre, que quiere poseer a la mujer y acrecentar su potencia de existir: “La mujer se da, el hombre se aumenta con ella”.

Otras versiones

Autores como Georges Duby entienden que esta sobrevaloración femenina del amor se explica porque implica que las mujeres puedan ejercer cierto dominio sobre los hombres.

Simone de Beauvoir (1949) puso el acento en el hecho de que a las mujeres burguesas se las educa en la cultura patriarcal para que crean que su destino es el amor. Como ellas no pueden moverse por sí mismas, ni trabajar, ni tomar decisiones, ni tomar el control de sus vidas, la manera en que aumentan su reconocimiento social es adquiriendo el estatus de casadas, de mujeres susceptibles de ser amadas y mantenidas.

En cambio, la cultura masculina presta al ritual amoroso una atención muy reducida, porque el amor se considera “cosa de mujeres”.

El riesgo del romanticismo es buscar figuras idealizadas a las cuales amar. El amor romántico puede someter a las mujeres y eso las pone en serias desventajas.

No hay que pensar en ser una media naranja en busca de su mitad. Hay que verse como naranjas completas capaces de tomar decisiones, de procurarse ayuda mutua y de vivir un amor real en circunstancias de igualdad.— León, Guanajuato.

acentodemujer@hotmail.com

Escritora y activista

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