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Antonio Salgado Borge: ¿Bienvenidos a la Matrix?

Antonio Salgado Borge
Antonio Salgado Borge

Filosofía del metaverso

El metaverso es el futuro del internet. De ello no hay grandes dudas. Nos guste o no, los cuatro gigantes del Big Tech están dirigiendo sus recursos al desarrollo de tecnologías relacionadas con este espacio.

Mucho se ha hablado de que la competencia entre Facebook, Apple, Google y Amazon garantiza que el metaverso será muy pronto parte de nuestras vidas.

De lo que se ha hablado relativamente poco es del hecho de que este fenómeno abre la puerta a una lectura contraria: la posibilidad de que nuestras vidas como las conocemos sean ya parte de un metaverso.

Tres enfoques filosóficos ayudan a ver por qué esta posibilidad, por descabellada o ridícula que pueda parecer intuitivamente, no debe ser descartada de antemano.

El primer enfoque es metafísico. La metafísica es la rama de la filosofía dedicada al estudio de la naturaleza de la realidad. Entre las preguntas que se abordan desde esta disciplina se incluyen si la realidad tiene un nivel fundamental, cuál es la relación entre distintos niveles, y cuál es la estructura de dependencia entre los objetos que conocemos.

El metaverso representa un importante objeto de estudio metafísico, pues parece abrir las puertas a una idea moderna asociada con Descartes. A saber, la idea de que nuestras experiencias sensibles son engañosas y que, en consecuencia, la realidad como la conocemos bien podría ser más cercana a un sueño o una ilusión que a lo que percibimos.

Esta idea ha sido discutida extensamente en la filosofía analítica de los siglos XX y XXI. Quizás el ejemplo más conocido sean las publicaciones de Hilary Putnam, un influyente filósofo estadounidense, sobre la posibilidad de que los seres humanos seamos en realidad cerebros en contenedores enchufados a una serie de cables.

El mismo escenario ha sido recientemente discutido por personas dedicadas a la ciencia: la posibilidad de que el universo como lo conocemos sea una simulación ejecutada en alguna suerte de dispositivo. En este escenario, contrario a nuestras intuiciones, nuestra realidad sería más cercana a un software que a un hardware.

Más allá de los mundos filosófico y científico, este escenario ha cobrado popularidad, desde luego, gracias a la película The Matrix. Aunque en un sentido esto ha ayudado a tener una base en común para discutirlo, en otro sentido la existencia de esta película ha convertido lo que tendría que ser un estudio serio en una parodia.

El metaverso tendría que eliminar de golpe y porrazo las burlas simplonas a este análisis. Y es que el nivel de sumersión que ofrece este ecosistema será más profundo de lo que se ha reconocido hasta ahora. Por ejemplo, distintas empresas están desarrollando prendas con base en tecnología háptica; accesorios como guantes, ropa o brazaletes que permitirán “sentir” los objetos virtuales que uno se encuentre en el metaverso.

Esto significa que la tendencia es hacer la realidad en el metaverso indistinguible de la realidad fuera del mismo. Si esto fuera posible (y el condicional no debe engañar aquí: lo será), esto significaría, obviamente, que nunca fue imposible. En consecuencia, este podría haber sido el caso desde el Big Bang o antes de éste. La pregunta sobre la naturaleza de nuestra realidad cobra especial relevancia en este contexto.

El segundo enfoque filosófico que el metaverso replantea es epistemológico; es decir, tiene que ver con la naturaleza y posibilidad del conocimiento.

Para Descartes, las cualidades de Dios hacen imposible que éste nos esté engañando radical y permanentemente a través de la realidad que percibimos. Pero este postulado es problemático por dos motivos. En primer lugar, presupone una concepción de Dios muy particular y no aceptada universalmente. En segundo lugar, porque el argumento de Descartes implica un círculo: estamos seguros de la existencia de Dios porque tenemos una idea clara de Dios, pero lo que garantiza la claridad de esta idea es la existencia Dios.

David Chalmers, un influyente famoso contemporáneo de la Universidad de Nueva York, plantea el problema con un justificado grado de escepticismo: es realmente imposible saber si vivimos en la Matrix o si somos cerebros en contenedores. Siendo los seres humanos parte de este ecosistema, proyecciones como todo lo que le constituye, no habría forma de percibir la realidad fuera de éste. Es más, para fines prácticos esta es nuestra realidad; lo mismo da si hay algo más fundamental que ella.

Pero el escepticismo de Chalmers no es indisputable. El conocimiento de la posibilidad de pasar una vida dentro del metaverso de Zuckerberg y compañía abre preguntas obligadas. Ciertamente sabremos desde nuestra óptica actual de la existencia de al menos una realidad simulada.

¿Nos podría ayudar este conocimiento a saber si el metaverso es una simulación dentro de una cadena de simulaciones que podría replicarse y extenderse en dos direcciones —hacia “arriba y hacia “abajo”? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, ¿cómo podemos saberlo?

El tercer y último enfoque filosófico que me interesa discutir aquí es ético. La existencia del metaverso hará posible que personas decidan voluntariamente “retirarse” de la realidad que conocemos actualmente para sumergirse, de lleno y permanentemente, en este ecosistema.

En este contexto, tiene sentido preguntarnos si consideraremos moralmente aceptable que personas mayores de edad opten por renunciar a la realidad extrametaverso. ¿Será percibida esta decisión más cercana a la de una persona que decide encerrarse en casa a ver series en Netflix o a la de alguien que vive bajo los efectos de una droga alienante?

Otras preguntas, relacionadas con la anterior, es si el Estado debe intervenir para evitar que haya personas que opten por la sumersión, si debe patrullar lo que ocurre dentro de ésta o si debe optar por una combinación entre ambas opciones. Las políticas públicas que se implementen al respecto estarán directamente relacionadas con el sentido de nuestra respuesta.

Finalmente, también tiene sentido cuestionarnos si debemos permitir que el metaverso sea diseñado desde sus cimientos y administrado por personas tan cuestionables e inescrupulosas como Mark Zuckerberg o Jeff Bezos.

Y es que no hablamos de un videojuego o de un explorador de internet, sin de una nueva “realidad” que absorberá parte de las vidas de millones de persona. En este sentido, el papel de amos del metaverso sin límites se aproxima sorprendentemente al que algunas religiones atribuyen a dios: creación, reglas, providencia…

La idea de que nuestras vidas como las conocemos sean ya parte de un metaverso tiene un amplio pedigrí filosófico y científico.

En este artículo he argumentado que esta posibilidad ha adquirido una renovada relevancia a partir de la inminencia del metaverso que actualmente construyen las Big Tech dentro y fuera de Silicon Valley. Y que, en consecuencia, por descabellada que pueda resultar en primera instancia, haríamos mal en descartarla de antemano. No es poco lo que está en juego.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).

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