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Asignaturas sociales pendientes

Coloquio de Cronistas (y 2)

José Antonio Gutiérrez Triay (*)

Los conquistadores hispanos, por onomatopeya, pusieron Espita a esa población del oriente del estado. Les sonó castellano porque una espita es un canuto, un tubo, que se mete en el agujero de una vasija para sacar el licor que contiene.

Durante la Colonia fue una encomienda junto con el pueblo de Tzab Canul, que hoy es un barrio de la misma población.

Se construyó la iglesia franciscana que al principio fue de techo de paja, se incendió y luego se reconstruyó con bóveda de cañón, como hasta la fecha, pero a principios del siglo XX se colapsó con gran estruendo en la tranquilidad de las diez de la noche cuando todo parecía sereno. No hubo víctimas y el pueblo solidario contribuyó para su reconstrucción.

En la década de los cincuenta del siglo XVIII se había terminado la torre sur y el primer atrio. Algunas fuentes de la red citan que en un principio confluyeron la religión católica y la originaria del pueblo en el mismo edificio, debido a que la construcción se hizo sobre un adoratorio maya. Es probable así el inicio del sincretismo religioso que prevalece.

Peniche, Molina…

En la segunda mitad del siglo XVIII llegó un grupo de hombres blancos, encabezado por un capitán de la milicia española, Pedro Bernardino Peniche. Es el inicio de una auténtica conquista económica, pues un siglo después ya eran propietarios de casi todo el territorio espiteño.

Lo convirtieron en haciendas y ranchos, la mayoría de los dueños eran de apellido Peniche, aunque también llegaron terratenientes foráneos como Olegario Molina, más tarde.

La hacienda azucarera, sobre todo, crea prosperidad y Espita tiene una vida citadina, con los adelantos de la época, pero la riqueza se concentra en unas cuantas familias y hubo explotación con el sistema de peonaje.

La Revolución repartió tierras, los hacendados se fueron. Con tierras y sin capital, los campesinos ya libres, fueron controlados como botín de políticos y líderes agraristas. Se repartió pobreza, pero se enriquecieron nuevas familias con relaciones políticas.

Los pobres lo siguieron siendo. No se contemplaba el beneficio de la Revolución. La población decayó, incluso en número de habitantes. La mortalidad infantil era tan grave como en Honduras, por citar alguna referencia.

El repunte

En los años 60 del siglo XX se retoma el crecimiento en cuanto a número de habitantes y empieza un ligero repunte económico con el surgimiento del turismo en el Caribe mexicano.

Hoy han llegado nuevos comercios y empresas, la población tiene mayor dinamismo. Pero la Revolución mexicana sigue en deuda con Espita, porque la degradó y la justicia social no ha sido oportuna ni manejada con honestidad y ni transparencia.

Labor del cronista

El cronista tiene como labor registrar, dar fe de una verdad, como dijo Bellinhausen: “No contempla el hecho, lo indaga para saber qué pasa e informa cómo pasan las cosas y quiénes hacen que pasen”. El cronista no escribe por encargo, ni hace crónicas a modo, es todo por amor a la tierra que lo vio nacer. En Espita nos hace falta mayor investigación del indigenismo. Es la asignatura pendiente.— Mérida, Yucatán.

Profesor jubilado

 

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