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Características especiales. Docentes que dejan huella

 

Jesús E. Pinto Sosa (*)

En los últimos cinco años me ha interesado comprender más sobre el significado y el valor de la docencia. He sido testigo del compromiso y profesionalismo de muchos docentes. Si bien hay excepciones, puedo afirmar que día a día se suman más profesionales que hacen todo de su parte para lograr una educación de calidad que cambia la vida de sus estudiantes.

La pregunta que me hice es, ¿qué es lo que caracteriza y distingue a un docente que deja huella? Al menos encuentro cinco características especiales que estudiantes, padres de familia, directivos y el propio personal académico coinciden y reconocen que están presentes y que representa el “ADN docente”.

La primera y mayor de todas es el amor a los estudiantes. El amor todo lo puede, todo lo mueve. Profesionales con consciencia integral, espíritu de servicio y un gran corazón; entregados plenamente a educar, que no dejan nada para sí mismos. No hay mayor felicidad que el darse sin medida, sin esperar algo a cambio. Lo más importante es la persona, es decir, el o la estudiante, quien es como un hijo o una hija. Amor que lleva a dar tranquilidad, paz, confianza y seguridad en los alumnos y alumnas; quienes ven el cariño sincero, la bondad, el interés genuino y entrega del docente.

Unido al amor está la pasión; cuando un profesor o profesora “se ve que le gusta enseñar, se le nota en el rostro y en sus palabras”. Un sentimiento de amor vehemente, una fuerza interna que le o la mueve siempre a actuar. Muchos lo expresan como “lo trae en la sangre”, es un o una docente por vocación. Se refleja en la “chispa” y emoción con que lleva al cabo sus clases; alegre, emotivo, jovial, incansable y dispuesto a disfrutar y aprender junto con sus estudiantes.

La tercera característica es la paciencia. Saber esperar, escuchar, estar disponible, dar tiempo, revisar sin prisa, donde equivocarse está permitido. Escribir o dar palabras de aliento en las tareas realizadas, saber corregir y ayudar; respetar, no gritar, no ofender, no imponer, no desesperarse ni apresurarse.

Le sigue la tenacidad, traducido en “no tirar la toalla”, no desistir, no conformarse ni quedarse con “los brazos cruzados”. Implica movilizarse y gestionar, innovar, llevar esperanza y aliento, involucrarse en diversas actividades para conseguir algún apoyo, nunca decir “es normal, ni modo, no se puede hacer más”. Una lucha incansable por el bienestar del estudiante y hacer cumplir el derecho innato a una educación de calidad, incluyente y permanente.

Por último y no menos importante, la responsabilidad. Docentes que saben con claridad y precisión sus obligaciones como profesional de la docencia. Son conscientes de éstas y actúan en consecuencia. Se preparan, leen, estudian y actualizan para enseñar y mejorar su docencia. Planean sus clases, diseñan actividades y preparan material didáctico, retroalimentan de manera oportuna tareas, pruebas escritas o proyectos. Todo lo ven como parte inherente de su actividad, sin quejarse, “sin hacer bulla”.

Ayer fue un día para dar gracias a los maestros y maestras. Todos y todas hacen un gran y valioso trabajo. Desde los docentes de educación inicial y temprana, preescolar, primaria, secundaria, bachillerato, profesional y posgrados, así como quienes se encargan de la educación complementaria o no formal (inglés, música, baile, arte, etcétera).

A ti maestro y maestra, un altísimo reconocimiento a tu labor, por dignificar y enaltecer la profesión docente. Gracias por ser ejemplo, inspirar, motivar y hacer la diferencia e ir más allá de lo esperado; por tu amor, pasión, paciencia, tenacidad y responsabilidad; porque has dejado huella en cientos o miles de estudiantes. Un legado que siempre perdurará. ¡Feliz día maestro! ¡Feliz día maestra!— Mérida, Yucatán.

psosa@correo.uady.mx

Profesor Investigador de la Facultad de Educación de la Uady

 

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