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Carmen Miranda

Foto: Megamedia

Por: Franck Fernández*

Creo que nadie se atrevería a negar que Brasil es un país grande, muy grande, enorme dirían los brasileños. Y cuando digo grande no solo hablo de superficie, son muchos los aspectos por los que este país sobresale sobre los demás.
Pero ¿quién podría imaginar que quien mejor ha representado a este enorme país en el extranjero fue una diminuta mujer de solo 1.52 de altura y que ni siquiera nació en Brasil, sino en Portugal? ¿Quién podría decir que esta pequeña mujer llegó a su nueva patria de adopción a la edad de 10 meses y que más nunca volvió a su país natal, sin por ello renunciar a su nacionalidad portuguesa? Estoy hablando de un personaje que creó paradigmas. Si bien hoy, para las nuevas generaciones, su nombre puede resultar desconocido, su imagen de baiana brasileña con exóticos vestidos adornados, con una inmensa profusión de bisutería, unas enormes plataformas en los pies para compensar su diminuta naturaleza, su hermosa sonrisa de oreja a oreja y su gigantesco sombrero de cuajado de frutas vive en el imaginario popular y es modelo a seguir por las drag queens en sus fiestas. Estoy hablando de Carmen Miranda.

Los padres de María do Carmo Miranda da Cunha ya tenían planificado su emigración a Brasil cuando su madre se vio embarazada, por lo que decidieron que el padre saliera primero a Río, donde montó una barbería y la madre viajaría más tarde. En Brasil nacieron los demás hijos de este matrimonio, entre los cuales también sobresalió Aurora, muy conocida dentro de la música brasileña aunque no al mismo nivel que Carmen.

Desde su infancia, Carmen Miranda mostró afición por el canto y el baile. Tuvo la suerte de estar presente en el momento en que se populariza en Brasil la radio, en que se filman en los años 1930 las primeras películas sonoras en ese país, en que se hacen más asequibles para el pueblo las grabaciones en discos y que surge como estilo el más conocido de los ritmos de ese país: la samba.
Fue la primera mujer en tener un contrato con una estación de radio, participó en las primeras películas sonoras brasileñas inspiradas en la tradición carnavalesca del gran país, grabó discos que en sus inicios le trajeron mucha fama y dinero y fue un alto exponente del carnaval de Río y de la samba.
Todo iba de maravilla dentro del mundo artístico brasileño para este pedacito de mujer con tanta energía hasta que, previo al carnaval de 1939, el productor norteamericano Lee Schubert la vio en una revista musical en Río y de inmediato le propuso un contrato para participar en una revista musical que estaba preparando en Nueva York. Las negociaciones del contrato fueron rudas, porque Carmen Miranda exigía viajar con su grupo musical y el promotor se negaba a ello. Una vez resuelto este detalle con la ayuda monetaria de un promotor brasileño partieron todos a la Gran Manzana donde el éxito de esta bomba de energía brasileña de inmediato le abrió las puertas de Hollywood con aquella hermosa sonrisa y un cuerpo que se contorsionaba con ropa de alegres colores y que al bailar contagiaba la alegría del sur al público neoyorquino.

Pronto comenzaron las películas que tanto gustaron en Estados Unidos y en el resto del mundo. Sin embargo, en su Brasil de adopción, sus compatriotas consideraban que lo que ella presentaba en sus películas era una caricatura de la cultura brasileña. Es en esa época que salen canciones tan famosas como “Mamãe eu quero” que le dio la vuelta al mundo. Sabido es que Hollywood tiene fama de devorar a sus hijos.

La estrepitosa carrera de Carmen Miranda, al igual que la de otros actores y actrices, era un compendio de barbitúricos para dormir y de estimulantes para despertarse, lo que la llevó a un agotamiento inmenso. Era la época de la Segunda Guerra Mundial y el presidente Franklin Roosevelt había decidido un acercamiento con los países de América Latina con el fin de contrarrestar la influencia que tenía Alemania sobre esos países.

Carmen Miranda encajaba perfectamente en el marco de la latina que trabajaba junto a los Estados Unidos por el bien de la humanidad. Carmen Miranda tuvo el mérito de no solo presentar en Estados Unidos y en el mundo la música brasileira abriéndole el camino al resto de los ritmos latinoamericanos que seguirían más tarde. Fue la primera mujer latina en tener su estrella en el paseo de la fama.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial hubo menos apetito por su arte y, en varias ocasiones, se quiso deslindar del papel en que la había encasillado Hollywood sin realmente lograrlo. En 1946 Carmen Miranda era la mujer mejor pagada de Hollywood. El efecto de los medicamentos que tomaba hizo que volviera a Brasil en diciembre de 1954 después de una ausencia de 14 años para descansar y reponerse de tan agobiante ritmo de vida. A pesar de las recriminaciones de su público, en Brasil la seguían adorando y los brasileños la recibieron como a una heroína nacional. En 1955 volvió a los Estados Unidos. Fue la época de sus presentaciones en Las Vegas y en el famoso Tropicana de La Habana.

El 4 de agosto de 1955, después de filmar una parte de su nueva película, invitó a sus colegas de trabajo a una velada en su casa que terminó bien tarde. Ya a las 3 de la mañana en su habitación se desvistió, colocó sus altas plataformas en un rincón de la habitación, fue al baño para desmaquillarse y al regresar a su habitación, con un espejo en la mano, sufrió un ataque cardíaco que le arrebató la vida. Siete días más tarde su cadáver llegada a Brasil en un DC 4. Su pueblo carioca le preparó una multitudinaria despedida, querían decirle adiós a aquella que había llevado la música brasileña, con su sonrisa, collares y sombreros de frutas por todo el mundo y que había lanzado la samba a los más recónditos parajes del planeta.

(*)Traductor, intérprete y filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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