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Catón: Política y cosas peores

Catón

En el campo nudista una chica le dijo a su novio: “Temo que te aburras de mí, Adamo. Nos estamos viendo demasiado”...

Mi amigo el doctor dice que el coronavirus llegó para quedarse. Vacuna o no vacuna, afirma, seguirá aquí y en todas partes, enemigo en acecho, y volverá a brotar como esas hierbas malas que salen otra vez después de haber sido aparentemente erradicadas.

“¿Qué podremos hacer?” —le pregunto a mi amigo el doctor. “Nada —responde él—. Sólo jugar a la ruleta rusa”.

No comparto ese sombrío pesimismo. Confío en la ciencia —eso es decir que confío en el hombre—, y sé que los investigadores de la salud encontrarán el modo de hacer frente al asesino invisible.

Quizá ese pensamiento dormía en mi mente desde que leí hace muchos años “Los cazadores de microbios”, de Paul de Kruif, libro en cuyas páginas están la vida y obra de los insignes médicos y científicos que han luchado contra las enfermedades y las han vencido.

Plagas que ayer fueron azote de la humanidad —la lepra, la sífilis, el cólera— son hoy tan sólo un mal recuerdo. Así sucederá, estoy cierto, con la epidemia que ahora tiene paralizado al mundo. Lo único que debemos hacer es esperar.

Esperar en el sentido de aguardar, y esperar en el sentido de tener esperanza...

Una piel roja, mujer de exuberantes formas, le ofreció sus exuberancias a un explorador neoyorquino, a cambio de las cuales le pidió 100 dólares. “¿Cien dólares? —protestó el tipo—. Tus parientes acaban de vender la isla de Manhattan en 24 dólares”.

“Es cierto —admitió la squaw—. Pero Manhattan no se mueve”.

Un tipo les contó a sus amigos en el bar: “Anoche hice que mi esposa gozara mucho en la cama”. Uno de los compañeros preguntó lleno de curiosidad: “¿Cómo le hiciste?” Respondió el tipo: “Le dije: '¡Qué bonitas sábanas! ¡Qué hermosas colchas! ¡Qué precioso edredón! Deberías comprar otros'”.— Saltillo, Coahuila.

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