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Cuando Jesús pone a Dios en el trabajo

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Presionado por la gente que lo sigue para oír la palabra de Dios, Jesús de Nazaret encuentra la solución en una barca, la de Simón —según consigna el capítulo 5 del evangelio de Lucas— a quien le pide que la aleje de tierra lo suficiente para poder hablar a quienes le buscan.

Para el dueño de la barca, este Galileo ya es conocido: “… entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre; y la fiebre la dejó…”.

Una vez terminado su trabajo de predicación, el Maestro, sabedor de que en aquella ocasión la pesca no ha sido buena, le invita a intentar de nuevo la faena: he aquí, pues, a un tékton, esto es, a un obrero manual que trabaja la piedra, la madera y el metal, procedente de tierra adentro y, por consiguiente, no familiarizado con las costumbres y las artes de la pesca, frente a un pescador de oficio, curtido ya en su trabajo y que por consiguiente bien sabe que el mejor momento para la captura de peces es la noche. Con todo Simón, a pesar de lo absurdo de la propuesta, le complace: algo advierte el pescador en este tékton venido a predicador que impide la negativa lógica en relación con el oficio de pescar.

La escena siguiente es fascinante: el tékton predicador resulta capaz de dar las indicaciones justas para conseguir una pesca superabundante. La reacción de Simón es el correlato lógico a la percepción que ahora tiene del Jesús que ya conocía: hay en este hombre una presencia de Dios radicalmente inédita para la fe judía del pescador. Y es que si bien le ha devuelto la salud a su suegra como tal vez pudo hacerlo algún otro curador de entonces, el impacto de Jesús en el trabajo de Simón le hace descubrir que no se trata de un curador más y cualquiera: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”, es una exclamación que no pide tanto la retirada de Jesús, sino que expresa una genuina confesión de fe en la línea del Antiguo Testamento: Dios presente, que hace evidente la condición débil del hombre que, además y por cierto, no puede ver al mismo Dios sin morir.

En este mismo sentido, el “No temas” dicho por el Maestro viene a mostrar una manera nueva de la presencia de Dios que quiere llevarlo a un más y mejor a partir de su realidad existencial. En efecto, la propuesta de Jesús a Simón —“Desde ahora serás pescador de hombres”— supone una continuidad en términos cualitativos de su calidad de pescador, cosa que el mismo Jesús ilustrara al subir precisamente a una barca a predicar: a incluir a todos cuantos acepten participar en el horizonte de la novedad del Reino de Dios. Vale subrayar que para que Simón percibiese la dimensión del discipulado en torno al Maestro, éste se hace pescador en la misma barca del propio Simón desde donde le muestra el uso de la red que ahora habrá de usar: el Evangelio que produce vitalidad, fecundidad en el trabajo, liberación de lo negativo y conciencia de los límites: esto es, el camino de humanización absoluta y trascendente del Reino de Dios.

De lo anterior habrá que inferir que cuando Dios se hace presente en el trabajo del hombre, o mejor, cuando el hombre permite a Dios hacerse presente en su trabajo al aceptar a Jesús de Nazaret y su Evangelio, éste cobra una dimensión que, yendo más allá de una mera actividad remunerada, acaba siendo generador no solo del bienestar económico justo, sino de la dignidad aneja a la condición humana como imagen y semejanza del Creador, con el plus formidable de inscribirse en la praxis del Reino de Dios.

Así la transformación en la continuidad de Simón —y de sus compañeros que también siguen al Maestro— de pescador a pescador de hombres en sintonía con la transformación del mismo Jesús de tékton a predicador itinerante ha de leerse como una exigencia de Dios como Padre en relación con el trabajo humano —reducido por el neoliberalismo a un mero acto mecánico aislado del proceso productivo, y orientado meramente a la producción de riqueza para provecho, por cierto, de una minoría cada vez más exigua— para que éste recupere su dimensión dignificante de la persona en sí en cuanto fuente del bienestar social en el horizonte de la igualdad fraterna exigida por el Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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