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De política y cosas peores

Catón
Armando Fuentes Aguirre "Catón"

Catón

Allá en aquellos años la mariguana tenía mala fama. Los periódicos la llamaban siempre “la maligna yerba”. Solamente los soldados la fumaban.

Temor grande en la gente era toparse con un soldado mariguano. Uno se metió al domicilio de mi abuelo en busca de la criadita de la casa. Mi tío Jorge, hombre de condición atlética, lo noqueó con un puñetazo a la mandíbula.

Hubo necesidad de llamar al doctor Amarillas, que vivía en la esquina, pues todos pensaban que el uniformado estaba muerto.

El facultativo lo volvió a la vida con un remedio expeditivo: pidió un balde de agua fría y se lo echó en cara. Salió a paso veloz el zopilote mojado, dejando ahí el quepí como recuerdo de la memorable ocasión.

Desde entonces le tomé prevención a la maligna yerba, y nunca la probé, pese a que muchos de mis amigos la fumaban en los años sesentas para estar in, razón por la cual también leían a Susan Sontag y oían las canciones de los Beatles, Bob Dylan y Joan Baez.

Yo estaba out, como tantas veces lo estuve cuando jugué beisbol. Jamás supe de los paraísos artificiales. Los míos han sido siempre naturalitos, y vaya que los he gozado con los cinco sentido tradicionales y con algunos más.

No obstante eso, aplaudo —con las dos manos, para mayor efecto— la decisión del Senado de avalar el consumo lúdico, o sea para fines de recreación, de la mariguana.

En casos como éste las prohibiciones nunca han funcionado. Allá cada uno con sus paraísos, digo yo, a condición de que quien los disfruta no haga daño a los demás.

Un reconocimiento al régimen. Por fin se vio en la 4T un rasgo que puede considerarse de izquierda...

En el rodeo don Poseidón decidió montarle al toro Five, conocido con ese infame nombre porque ningún jinete le duraba más de cinco segundos en el lomo.

El desgraciado animal lo derribó en tres segundos flat y luego la emprendió contra él a topetazos.

Le gritó don Poseidón al payaso del rodeo: “¡Quítamelo, pendejo!” Ni siquiera se movió el sujeto.

Pasado el angustioso trance don Poseidón le reclamó: “¿Por qué no me auxiliaste? Te grité: ¡Quítamelo, pendejo!”

“Perdóneme señor —se disculpó el payaso—. Yo pensé que le decía usted al toro: “¡Quítame lo pendejo!”..

La linda y romántica muchacha le dijo a Babalucas: “Te espero hoy en la noche en mi departamento. Iremos juntos a la región etérea del amor, al horizonte azul de la felicidad”.

Preguntó el badulaque: “¿Hay que llevar lonche?”..

El Kama Sutra quedó en mero manual para aprendices comparado con todo lo que hicieron don Chinguetas y aquella estupenda morenaza en la habitación número 210 del popular Motel Kamawa.

Pusieron en práctica todas las posturas conocidas, más otras inéditas de su propia invención.

El erótico encuentro duró de las 10 de la noche a las 2 de la mañana, tiempo en el cual se llevó a cabo el moroso foreplay y luego los varios performances.

A las 3 de la madrugada llegó don Chinguetas a su domicilio. Su esposa lo esperaba hecha un obelisco. (Nota de la redacción: seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “basilisco”).

“¿Por qué vienes a estas horas?” —le preguntó furiosa.

Don Chinguetas acostumbraba mentire come una gazzetta, según dicen los italianos, pero en esa ocasión dijo la verdad:

“Estuve con una estupenda morenaza en la habitación número 210 del popular Motel Kamawa.

“Ahí hicimos el amor de las 10 de la noche a las 3 de la mañana, tiempo en el cual dejamos al Kama Sutra en calidad de mero manual para aprendices”.

Rebufó doña Macalota: “¡Mientes como un bellaco, desgraciado! ¡Has de haber estado jugando póquer con tus amigotes!”

(Mentir con la verdad es todo un arte, decía don Jacinto Benavente)...— Saltillo, Coahuila.

 

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