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De política y cosas peores: decir no

Catón
Armando Fuentes Aguirre "Catón"

Catón

El cuento que da principio a estos renglones tiene un alto contenido sicalíptico. Seguramente será reprobado tanto por la Liga de la Decencia como por la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Las personas con escrúpulos de moral o tiquismiquis de pudicia deben abstenerse de poner en él los ojos, y empezar la lectura en la frase: “No sé decir que no”.

He aquí el malhadado cuento. La habitación de hotel de aquel señor estaba contigua a la suite nupcial, ocupada por una parejita de recién casados. Las paredes eran más delgadas que las de una casa de interés social. En esas casas un marido le pide intimidad a su señora y nueve esposas responden a la vez: “Esta noche no. Me duele la cabeza”.

El pobre señor que digo hubo de oír toda la noche los sonidos y expresiones que derivan del acto del amor, pues los novios estrenaban los goces de himeneo y se la pasaron entregados al deliquio pasional.

Apenas amaneció el día el señor acudió a la administración del hotel. “No pude pegar los ojos en toda la noche” —se quejó.

Le dijo el de la recepción: “Acabamos de cambiar los colchones. ¿Estaba duro el suyo?”. “No —respondió el señor, mohíno—. Estaba duro yo”.

Problema

“No sé decir que no” —confiesa un cierto amigo mío. Y añade: “Si fuera mujer estaría cargada de hijos”.

El mismo problema tiene nuestro Presidente: delante de su clientela no sabe decir no, especialmente tratándose de indígenas. Si alguna vez una etnia le pide la Luna, a lo más que llegará López Obrador será a decir que considerará detenidamente el caso.

Lo ocurrido en su encuentro con dirigentes yaquis ilustra bien lo dicho. Desviar un gasoducto cuyo trazo estaba ya aprobado costará una cantidad ingente de dinero. “Lo pagará el gobierno” dice AMLO. Eso es falso. El gobierno jamás paga algo. Lo pagaremos los contribuyentes, es decir los ciudadanos que con nuestro trabajo aportamos lo necesario para los gastos de la administración, esperando que el presupuesto sea empleado en obras de beneficio colectivo y no para pagar caprichos de unos cuantos u ocurrencias de uno solo. Dice un dicho: más vale una colorada y no cien descoloridas.

Tantas letras tiene un no como un sí. El problema es que para un político resulta muy difícil decir que no en presencia de la gente.

Otra afirmación ha hecho López Obrador: que gasta en sus viajes mucho menos que sus antecesores. También eso es inexacto: las promesas que en cada salida hace AMLO cuestan más que cien visitas hechas por cualquiera de los expresidentes.

Si se lleva al cabo el desvío de ese gasoducto el gasto equivaldrá al de 100 mil viajes presidenciales de antes, viaje más, viajes menos. Nuestro Presidente ahorra en centavos y dilapida en pesos. (En dólares, más bien). En fin, no es su dinero, y de lo que se trata es de política, no de economía.

En el Ensalivadero, solitario paraje al que acuden por la noche los enamorados, el ingenuo muchacho se dispuso a besar a su avispada novia. Le adelantó con timidez: “Voy a darte una cucharadita de amor”.

Preguntó ella: “¿No trajiste la pala?”.

Pepito faltó a la clase de geometría. Así, se vio en apuros cuando la maestra le pidió que dijera qué es un círculo. Aventuró una respuesta: “¿Un noble inglés cobarde?”.

Diferencia

“Quiero divorciarme de mi esposa”, le dijo el cliente al Lic. Ántropo.

Inquirió el abogado: “¿Por qué?”.

Explicó el sujeto: “Me dijo que soy un pésimo amante”.

Le indicó el jurisconsulto: “Una opinión así no es causal de divorcio”.

Replicó el tipo: “No se trata de opiniones sino de comparaciones. Cuando hace un año me casé con mi mujer ella era virgen. Ahora me dice que soy un mal amante. Quiero divorciarme de ella por conocer la diferencia”. FIN.—Saltillo, Coahuila.

 

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