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De política y cosas peores: gigoló

Catón
Armando Fuentes Aguirre "Catón"

Catón

Plaza de almas. El relato que este día voy a contar podría llamarse “Historia de un gigoló”. La historia es increíble. Lo único que la hace verosímil es que pasó en Saltillo, donde han sucedido cosas increíbles. Tomen ustedes por ejemplo el caso de aquel pobre señor que murió de un infarto porque despertó de su sueño y vio al lado de su cama a un elefante.

El paquidermo había escapado de un circo, y al huir tumbó una pared que resultó ser de la casa donde vivía el infeliz señor. Eso nomás en mi ciudad se ve.

Pero la historia que digo no trata de elefantes. Trata de un gigoló. Un gigoló es un padrote. Escribo la palabra porque viene en el diccionario de la Academia, y si esa solemne institución la admite ¿por qué no he de admitirla yo?

El protagonista de mi relato era eso, un hombre que vivía de explotar el trabajo de prostitutas, a quienes daba en cambio interesada protección y simulado amor. Lo interesante es que esa profesión la desempeñaba solo por las noches. Durante el día era un cumplido empleado de conocida institución bancaria, cuyo gerente lo estimaba por sus excelentes prendas: honradez absoluta, puntualidad, eficiencia y —sobre todo— buena conducta ante la sociedad. “Fulano es un joven modelo —decía el señor gerente—. Va a llegar muy lejos”.

Ahora voy a decir cómo era Fulano. Era alto, espigado, de muy buena presencia. Usaba bigotito, y sus cabellos brillaban siempre a fuerza de Glostora. Mostraba amabilidad con todos, especialmente con las damas; tenía trato amable y comedido. Muy serio, no bromeaba ni con sus compañeros. Llevaba en perfecto orden su trabajo; era ejemplo de prudencia y discreción.

Pero cuando salía del banco, acabadas las labores del día, Fulano se transformaba por completo, como el doctor Jekyll en mister Hyde. Su traje de modesto oficinista lo cambiaba por otro de pachuco: amplias hombreras; solapas anchas; talle acinturado; pantalones a medio pecho, con tirantes; zapatos de dos colores, café y blanco; cadena de oro colgando del bolsillo y un estrambótico sombrero adornado por una pluma de ave.

Vestido así Fulano, y oculto tras unos lentes negros, iba a la zona y bailaba con maestría las piezas de más moda en los congales, especialmente la que se llama “Amor perdido”. Tenía la majestad de un dios. Sus mujeres —y las que no eran suyas— lo adoraban.

Así como era bueno para el baile, también era muy bueno para el pleito. Nunca se supo de alguien que le llegara a la cara con los puños; los suyos, en cambio, eran precisos y letales. Por eso lo respetaban todos, y le temían.

Cierto día Fulano —el del banco, no el de los congales— se enamoró de una muchacha de buenas familias. La cortejó y se casó con ella. Entonces dejó su oficio de la noche. Por una buena suma cedió a uno de sus compañeros los derechos sobre las daifas que había administrado, y en buenos términos se despidió de ellas. Las muchachas, llorosas, le ofrecieron una cena de despedida, y ahí él les dijo palabras de consuelo, y les juró que nunca se olvidaría de ellas. Cumplió su juramento.

Lo sé porque cuando me contó su historia recordó, uno por uno, los nombres de las mujeres que habían formado su serrallo. Hizo carrera bancaria, en efecto. Llegó a ser pilar de la comunidad. Ingresó en un club de servicio, y en él destacó por ser gran administrador.

En los bailes del club las señoras admiraban sus dotes de extraordinario bailarín. Le preguntaban dónde había aprendido a bailar tan bien. Él daba las gracias por el cumplido y les decía que una hermanita suya le había enseñado los pasos. Las señoras se enternecían, y luego se decían unas a otras —“aquí en confianza”— que al ver a Fulano sentían un no sé qué.— Saltillo, Coahuila.

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