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De política y cosas peores: la farsa

Catón

Catón

Los recién casados que ocuparon la suite nupcial discutían acaloradamente a grandes voces.

Decía el novio: “¡PC!”.

“¡No! —respondía la novia—. ¡PD!”

El gerente del hotel llamó por teléfono a la habitación y les hizo saber a los tórtolos que había quejas de los huéspedes por esos gritos. El novio, molesto, le explicó el motivo de la discusión: “Es que ella quiere que primero desempaquemos”...

En el panteón un individuo estaba echado de bruces sobre una tumba. Abrazado a ella gemía con desesperación: “¿Por qué te fuiste, Juan? ¿Por qué te fuiste?”

El guardia del cementerio acudió, preocupado, y le preguntó solícito: “Perdone, caballero. Ese Juan ¿es su hermano? ¿Es un querido amigo? ¿Fue su pareja sentimental?”

“¡No! —sollozó con aflicción el tipo—. ¡Es el primer marido de mi esposa!”..

Tenía yo 12 o 13 años cuando subí al palco escénico —así se decía entonces— a fin de participar en la representación de un sainete llamado “Se vende una mula”. Era el último número de una velada literario-musical en honor del obispo de Saltillo. La escenificación tuvo lugar en el Salón de Actos anexo al Templo de San Juan Nepomuceno, que tal era el largo nombre del pequeño teatro.

El sainete era jocoso e hilarante, como todo sainete debe ser. Trataba de un granjero que puso en venta una mula. Sin saber eso, el novio de la hija del granjero, a quien no conocía la familia, acudió sin previo aviso a pedir la mano de la chica. La gracia de la pieza consistía que el granjero hablaba de la mula, en tanto que el muchacho pensaba que se estaba refiriendo a su novia.

“No quiero engañarlo —decía el vendedor de la acémila—, es muy tragona y muy floja”. Eso desconcertaba al galancete —yo hacía ese papel—, que intentaba hacer la petición de mano mientras el granjero seguía exponiendo los defectos de la bestia.

El teatro se vino abajo con las risas del público asistente cuando el granjero dijo: “Es muy pedorra”. Ni siquiera el obispo pudo ocultar una discreta sonrisa episcopal.

Tal fue el último sainete en que participé, y ya no tengo edad para participar en otro. Por eso no iré a votar en la absurda e ilegal consulta montada por el régimen para que el pueblo bueno y sabio decida si se debe castigar o no a los expresidentes por los delitos que AMLO les atribuye.

Otros dos motivos tengo para no ser parte de esa farsa: mi convicción de que la aplicación de la ley no es cosa que deba someterse a votación, y el hecho de que no pude descifrar la pregunta redactada por algún ministro de la Corte en términos rebuscados e ininteligibles. Solo conozco dos textos más difíciles de entender que ése: el críptico Poema de Parménides y el abstruso libro “El ser y el tiempo”, de Heidegger.

Al llevar al cabo esta aberrante y costosa consulta la 4T quedará mal, sea cual sea el resultado de la votación. Si la gana, se meterá en un mayúsculo berenjenal jurídico. Si la pierde, o si los votantes no acuden a las urnas, dará imagen de debilidad.

Sea como fuere, añadamos un sainete más a los varios que ya ha presentado este gobierno —es un decir—, como aquella farsa que no se llamó “Se vende una mula” pero sí “Se vende un avión”. Don Chinguetas, que es un vivalavirgen, les comentó a sus amigos en el bar: “Mi hijo mayor tiene ya 25 años y no fuma, no bebe, no anda con mujeres malas, no es jugador y nunca se desvela por las noches. Solo se dedica a trabajar. Me pregunto si soy su verdadero padre”... El cliente preguntó en la librería: “¿Tienen algún libro sobre el cardenal?”. Contestó el hombre: “No vendemos libros religiosos”. “Permítame —aclaró el cliente—. Se trata del pájaro”. Replicó el librero, digno: “Pornografía menos”..— Saltillo, Coahuila

afacaton@prodigy.net.mx

 

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