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De política y cosas peores: maestro

Catón

Durante 40 años de mi vida fui, entre otras cosas, psicólogo, comediante, confesor, cuentacuentos, padre sustituto, consejero y en ocasiones, a pesar mío, juez. Quiero decir que durante 40 años fui maestro.

Luego me jubilé. Dicho mejor: fui jubilado por fuerza de la reglamentación. De haber sido por mí le habría seguido hasta que tuvieran que llevarme en silla de ruedas al salón de clases. Pero el tiempo es inexorable. Sin darme cuenta pasé de la edad de la pasión a la edad de la pensión.

Sin embargo recuerdo con cariño mis años de profesor. Me parece estar viendo los rostros de mis alumnos —ellos y ellas—, y me veo a mí mismo frente al aula hablando de literatura, de derecho o comunicación.

Bella época fue ésa, que añoraría si no estuviera viviendo ahora otra época mejor. Hoy, Día del Maestro, celebraré mi día, celebraré mis años, celebraré mi vida.

Figura

Un arqueólogo encontró una figura de barro que representaba a un hombre desnudo. Se la mostró a su esposa y le dijo: “Es muy interesante: pertenece al período bajo”. La señora vio la figura del hombre y comentó: “La del período alto ha de ser más interesante”. (No le entendí)… La mujer de don Algón llamó por teléfono a su oficina. Eran las 11 de la noche y él todavía no regresaba a casa. Para asombro de la señora la secretaria de su esposo contestó la llamada. Le preguntó: “¿Por qué está tardando tanto mi marido?” “Se debe a la edad —respondió la secretaria—. Y esta interrupción no va a ayudar”.

La trabajadora social habló con don Pitongo. “Entiendo —le dijo—, que es usted padre de 15 hijos, y que su esposa espera otro. ¿No le parece que ya son demasiados?” “Qué quiere usted, señorita —suspiró el prolífico señor—. Dios me ha mandado esa lluvia de hijos”. Le sugirió la muchacha: “Pues cuando esté con su señora póngase impermeable”.

La madre de doña Burcelaga enfermó. Ella fue a la ciudad donde vivía la señora y estuvo cuidándola dos meses. Cuando regresó a su casa su esposo le dijo: “Tengo algo qué confesarte. En tu ausencia me sentí solo y empecé a visitar a la vecina cuando su marido salía a trabajar. No sólo te fui infiel: además gasté mucho dinero, pues la vecina me pedía mil pesos cada vez que estaba con ella”. “¡Mil pesos! —se indignó doña Burcelaga!—. ¡Qué abusona! ¡Cuando su mamá enfermó yo nunca le cobré nada a su marido!”

Inexperto

Simpliciano, joven ingenuo, contrajo matrimonio. Carecía de experiencia en cosas del amor, de modo que no supo cómo consumar el matrimonio. Le dijo su mujercita: “Haz como los perritos”. Él se puso de rodillas en el suelo con los brazos en el pecho y las manitas dobladas y luego hizo: “¡Guau, guau!”— Saltillo, Coahuila.

 

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