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De política y cosas peores: sumisión

Catón
Armando Fuentes Aguirre "Catón"

Catón

Candidito, mancebo poco docto en cosas de la vida, casó con Pirulina, joven y avispada mujer. En el inicio de la ocasión nupcial el recién casado le preguntó, solemne: “¿Eres virgen?”.

“No —respondió ella—. Y tú no eres San José. Pero afortunadamente ésta es noche de bodas, no de posadas”.

El empleado Secundino consiguió por fin que su jefe don Algón le aceptara una invitación para cenar en su casa. Llegó el ejecutivo —con casi una hora de retraso— y pidió que la cena se sirviera de inmediato, pues esa misma noche tenía otro compromiso.

En la mesa la pequeña hija de Secundino le dijo a don Algón: “Mi papá me ha contado que es usted un hombre que se hizo a sí mismo”.

“Así es, pequeña —respondió con orgullo el empresario—. Soy lo que los americanos llaman a self-made man. Me hice a sí mismo”.

Le preguntó la niña: “¿Y por qué se hizo feo, gordo y calvo?”.

La hermana Loretina, novicia en el convento de la Reverberación, estaba resolviendo un crucigrama. Le dijo a sor Bette, la superiora de la casa: “Tengo una duda, madre: ‘Parte del cuerpo humano situada en la parte posterior’, en cuatro letras. Comienza con ce y acaba con o”.

Sin vacilar respondió la reverenda: “Codo”.

Preguntó, ruborosa, la novicia: “¿Tiene un borrador?”.

Visita

La confirmación hecha por AMLO de su visita a Trump entraña un grave error. Desde luego todos los presidentes de México —excepción hecha de Porfirio Díaz, cuya excepcionalidad le costó la Presidencia— han debido mostrarse en mayor o menor grado obsecuentes con el mandatario del país vecino, pero la actitud asumida por el Presidente de México ante el actual ocupante de la Casa Blanca ha llegado en ocasiones a extremos que algunos podrían calificar de sumisión.

El avenimiento del tabasqueño al imperioso llamado que con propósitos electorales le hizo Trump confirma esa impresión. Una vez más López Obrador aparece como el atento y seguro servidor del presidente yanqui.

Un mosquito o zancudo le preguntó a otro: “¿Qué lugar es éste en que nos encontramos?”.

Respondió el otro: “Los hombres lo llaman ‘campo nudista’, pero para nosotros es un McDonald's”.

(A propósito de los zancudos se cuenta que el poeta Marcelino Dávalos —“Águilas y estrellas”— los padeció una noche. A la mañana siguiente escribió un exasperado apóstrofe: “Haz como piojos o chinches, / que tienen educación: / pícame hasta que te hinches / ¡pero no chifles, cabrón!”).

El hacendado le preguntó a Babalucas: “¿Le pusiste la silla al caballo?”.

“Sí, patrón” —respondió el tonto roque—. Pero no se quiere sentar”.

Don Poseidón, ranchero acomodado, envió a su hija Glafira a estudiar en la ciudad. A los pocos meses la muchacha estuvo de regreso en el rancho. Compungida les explicó a sus padres: “Pos es que estoy embarazada”.

“¡Con una! —clamó don Poseidón hecho una furia—. ¿Pa' eso te mandamos a la universidá? ¿Pa' que sigas diciendo 'pos'?”.

Don Chinguetas, ya lo conocemos, es un marido casquivano. Hace unos días regresó a su casa en horas de la madrugada, cuando el Sol ya estaba a punto de asomar las pompas por los balcones del oriente. Doña Macalota, su esposa, le preguntó irritada: “¿De dónde vienes a estas horas?”.

Replicó el tarambana: “Ni me lo recuerdes”.

“¿Por qué?” —se intrigó la señora.

Contestó don Chinguetas: “Porque si me lo recuerdas voy a sentir ganas de regresar allá otra vez”.

Aquel clérigo especializado en paleografía estaba descifrando un palimpsesto eclesial que contenía cierto decreto del cual, al parecer, derivaba la regla del celibato sacerdotal. “¡Joder! —exclamó súbitamente con enojo—. ¡Alguien transcribió: ‘En cuanto a las mujeres, aconsejamos castidad!’. ¡El desgraciado equivocó una letra! ¡El texto original decía ‘cantidad’!”. FIN.—Saltillo.

afacaton@prodigy.net.mx

 

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