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Derrumbando estatuas

Antonio Salgado Borge

Tiempo de retirar a “Los Montejo”

Antonio Salgado Borge (*)

Las estatuas de algunos personajes históricos están siendo derrumbadas o removidas como consecuencia de la impresionante ola antirracista que recorre el planeta. Esta ola, integrada notablemente por personas jóvenes, ha llevado a distintas sociedades en el mundo a mirarse en el espejo y a enfrentarse al contexto histórico de su discriminación racial.

Los personajes representados en las estatuas retiradas promovieron, en distintas formas y época, la opresión y discriminación de seres humanos por motivos de raza.

En este artículo argumentaré que las yucatecas y los yucatecos tendríamos que aprovechar este momento para deshacernos de los símbolos de nuestro racismo. En particular, defenderé la idea de que es necesario empezar exigiendo al gobierno municipal, actualmente encabezado por Renán Barrera, que retire la estatua de los Montejo, el más visible símbolo de todos los símbolos racistas en forma de estatua en el estado.

Retirar la Estatua

Un breve e incompleto inventario de estatuas retiradas nos ayuda a entender la magnitud de este fenómeno. En Bélgica, la estatua Leopoldo II que llevaba más de 150 años en el centro de la ciudad de Ambares fue removida la semana pasada. En Nueva Zelandia, la ciudad de Wellington ordenó guardar la estatua de John Hamilton, un comandante británico del siglo 19. En Bristol, Reino Unido, manifestantes utilizaron una cuerda para bajar la estatua de Edward Colston, un mercader del siglo 17, y posteriormente la arrojaron al agua. En Estados Unidos, estatuas de comandantes confederados están siendo destruidas o removidas. Algunas estatuas de Cristóbal Colón han corrido la misma suerte. Y todo esto en menos de una semana.

Hay dos argumentos principales para retirar estas estatuas.

(1) El primero y más obvio es que una sociedad que condena al racismo no puede tener monumentos dedicados a personas claramente racistas. En palabras del profesor de la universidad de Birmingham, “estos monumentos fueron colocados para reverenciar a esas figuras; si decimos que queremos una sociedad no racista, desde luego que tenemos que deshacernos de ellos (“NY Times”, 08/06/2020).

No hace falta ser una persona negra para notar el mensaje que manda a esta comunidad el hecho de que el gobierno belga dedique un espacio público a una estatua de un rey que, con el pretexto de “civilizar” o evangelizar a individuos considerados subhumanos, se apoderó de una zona de África. Una vez instalados, los soldados de Leopoldo II explotaron, torturaron, cortaron miles o millones de manos y violaron a millones de personas. Los belgas tienen razón en no querer rendir homenaje a un racista genocida.

Aunque el paralelo no es exacto, la idea misma de la Conquista está fundada, al menos en parte, en la noción de que quienes habitaban América eran seres salvajes e inferiores que debían ser civilizados y evangelizados. También el saqueo de recursos utilizando al pueblo dominado como mano de obra e, incluso, como “servicios personales”, un eufemismo para referirse a una suerte de esclavitud. Este fue uno de los motivos principales por los que se procedió a despojar, atacar, torturar, someter y reducir a una virtual esclavitud a las personas mayas.

Los Montejo encarnaron esta visión y sobre de ella edificaron una sociedad en Yucatán. Si los países colonialistas retiran las estatuas de sus racistas que agredieron y discriminaron a gente de otros orígenes, con mayor razón tendrían que hacerlo las ciudades o países colonizados. Particularmente intolerable resulta mantener un monumento de este tipo en una región donde la opresión racial permanece a pesar de que prácticamente la mitad de la población se identifica como maya.

(2) El segundo argumento para retirar o derribar la estatua de los Montejo es que el racismo implica un extenso, duro y autoanalítico proceso de reevaluación histórica. Por ejemplo, en Reino Unido la remoción de estatuas de personajes racistas está relacionada con la obligación que el racismo actual impone a confrontar un pasado colonial y a reconocer que su racismo, presente y pasado, no se explica sin el colonialismo. De esta forma, al mirar al pasado y al aceptarlo, algunas personas en ese país buscan atajar la persistencia de estructuras racistas y desarticularlas. Para ser claro, en Reino Unido el de las peticiones de retirar las estatuas llevan años gestándose; pero ha sido el contexto actual lo que ha terminado por inclinar la balanza a favor de la posición antirracista

Por el contrario, dejar las estatuas en pie equivale a continuar evadiendo la confrontación con un tema que cotidianamente lastima a miles de personas. Aquellos que lamentan la pérdida de una estatua de este tipo tienen que confrontarse a importantes preguntas del reconocido historiador David Olusoga que tomo prestadas: ¿Piensan honestamente que Mérida sería un lugar peor sin la estatua de dos opresores raciales? ¿En serio no pueden entender por qué algunas personas, particularmente las descendientes de las víctimas de los Montejo, pueden sentirse indignadas por su presencia? (“The Guardian” 07/07/2020). A Yucatán le urge reconocer y discutir los orígenes y manifestaciones de su racismo. Retirar la estatua de los Montejo sería una señal de que ese proceso avanza por buen camino. Y la ola antirracista es el motivo perfecto para dar este paso.

Mantener la Estatua

(1) Alguien podría argumentar que la estatua no debe ser retirada porque los Montejo no eran racistas. Pero este argumento se derrumba más rápido que la estatua de un racista. Como ya he comentado, la Conquista en sí misma implicó distintas manifestaciones de racismo. Además, si hiciera falta más pruebas basta con considerar que los colonizadores se apoyaban en ocasiones en esclavos traídos de África. En este sentido, la victoria de Montejo es el triunfo de lo que hoy llamaríamos supremacismo blanco.

Sirve de poco apelar a que los Montejo tenían virtudes o eran “hombres de su tiempo”. Y es que también los personajes mencionados arriba eran “hombres de su tiempo”. Más allá de si lo que hicieron era legal o moral en su época, lo que ha movido a la destrucción o remoción de sus estatuas es que las personas que habitamos el mundo en el siglo XXI no queremos reverenciar a quienes representan una visión de ser humano actualmente intolerable. Las estatuas en lugares públicos tendrían que estar dedicadas a quienes representan lo que aspiramos a ser, y no a quienes encarnan aquello de lo que nos queremos deshacer.

(2) Otro posible argumento para mantener la estatua de los Montejo pasa por apelar a que estos hombres fueron figuras clave en la historia de Mérida y, sin ellos, la ciudad no sería lo que es hoy en día. Este argumento, sin embargo, es engañoso. Una sociedad puede estudiar y reconocer el impacto histórico de un personaje, por muy fundacional que sea, sin rendirle homenaje en un sitio público. Entiendo lo complicado que puede reconocer esto para algunas personas; aceptar que el origen de una actualidad que veneramos es incómodo o impresentable requiere una fuerte dosis de sinceridad y un sentido profundo de autocrítica.

El caso de la estatua de Edward Colston muestra cómo se ven la sinceridad y la autocrítica. Este mercader del siglo 17 fue prácticamente figura fundacional de la importante ciudad británica de Bristol. La ciudad no se explica sin los recursos generados por este personaje. Pero este dinero, como el de muchos otros comerciantes “fundadores” de esa ciudad provino del tráfico y explotación de decenas de miles de esclavos; personas que eran secuestradas en África, encadenadas, torturadas, achocadas en barcos y comercializadas en todo el mundo como ganado. Para Bristol ha sido un hecho doloroso tener que aceptar el origen de su prosperidad. Tirar la estatua de Coltson al agua representa un repudio a ese pasado y la muestra del deseo de un futuro distinto.

(3) También se puede alegar que se debe mantener la estatua de los Montejo porque las estatuas en lugares públicos, al ser retratos de la historia, no deben ser removidas de su sitio. Pero un poco de congruencia basta para notar que este no es un buen argumento. Por principio de cuentas, es preciso admitir que no es difícil aceptar que algunas estatuas deben ser removidas sin importar su carga histórica. Por ejemplo, la ex Unión Soviética tiró entre celebraciones globales las estatuas de Stalin e Iraq hizo lo propio con las de Sadam Hussein.

En todo caso, una posibilidad atractiva es retirar las estatuas y colocarlas en museos dedicados a explicar el pasado opresivo de un sitio. Exhibidas y conceptualizadas en ese marco, las estatuas de personajes fundacionales que hoy son impresentables se resignifican y se convierten en herramientas pedagógicas. Además, cualquiera puede aceptar el movimiento de obras en un museo o incluso entre museos de distintos países, ¿por qué tratar a las estatuas de forma distinta?

Más importante aún resulta el hecho de que el argumento de “la historia” implica un muy pobre entendimiento de la historia. Tal como ha comentado la historiadora Anoosh Chakelian, implica entender a la historia como pasado monolítico, en lugar de comprenderla como la relación entre el presente y el pasado (“The New Statesman”, 09/07/2020) En este sentido, el hecho de tirar una estatua es un hecho histórico.

Conclusión

Ni el tiempo en que vivieron los Montejo, ni su relevancia fundacional son argumentos válidos para mantener su estatua. Tampoco sirve argumentar que esta estatua es un “tributo histórico”. Una sociedad que condena al racismo y que busca reconocer su origen no puede tolerar estatuas de personajes que promovieron la opresión racial. Su presencia en áreas públicas las vuelve auténticos monumentos al racismo. La estatua dedicada a los Montejo es uno de estos monumentos. Por ende, debe ser inmediatamente retirada o derrumbada.— Edimburgo, Reino Unido

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Antonio Salgado Borge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (Itesm)

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