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Dolor y lágrimas por la delincuencia

feminicida de tahdziú

CHOLYN GARZA (*)

Recuerdo que, en una reunión, hace ya un tiempo, una de las señoras que se encontraba presente preguntó si estábamos viendo una serie en la televisión. La verdad, había sido anunciada —ya sabe usted— con bombo y platillo, por lo que a querer o no, sabíamos de su existencia.

Unas dijeron que habían visto el capítulo de inicio, la mayoría dijimos que no; el caso es que se trataba de una serie, una de las primeras que se grabaron con pretensiones de dar a conocer la vida de los narcos.

La verdad, no entiendo la fascinación de algunas personas por series de esa naturaleza. ¿Cuál es el propósito de hacerlas? Obviamente ganar popularidad y con ella, dinero tanto el artista como la producción. ¿Qué beneficio deja a la sociedad? Creo, ninguno.

Considero que no se debería exaltar la figura de individuos que han dañado a seres inocentes, que han destruido patrimonios y familias. No concibo que pretendan mostrar al mundo —porque en ese espacio están niños y jóvenes, una nueva generación— una idea errónea que debido a la “falta de oportunidades” esos “pobres” individuos cayeron en las garras de la delincuencia.

¡No, señor! De ninguna manera se puede ni se debe justificar la maldad. Muy sabiamente los abuelos, nuestros mayores decían: “no se confunda la pobreza” y hacían alusión a diferentes actitudes o formas de actuar.

La pobreza no está peleada con la limpieza; tampoco justifica robar o hacer daño a otros. En fin, son una serie de advertencias o señales que nos daban nuestros mayores. Eran las enseñanzas que se recibían en los hogares, por humildes o sencillos que fueran.

Y de esos hogares, salieron buenos seres humanos; trabajadores, respetuosos que supieron asimilar y honrar el “apellido” y a la familia, como bien dirían. Ayudando a los padres en el campo, en la tiendita familiar, con pocos recursos para sostener a una familia —algunas de ellas, numerosa— salían adelante.

“Hijos buenos, pobres, pero buenos”, decían orgullosos los padres. Y más orgullosos aún cuando mostraban algún diploma, certificado o título universitario que lo acreditaba como un profesionista.

El nuevo profesionista, cuando llegaba al hogar, se encontraba con sus raíces y siempre agradecía la oportunidad que el esfuerzo de sus padres y familia significó para él.

Esos y tantos más, son los ejemplos que conocimos en una época que, aunque ya se fue, hay que resaltar; no la historia del que aplica la maldad para hacer fortuna. Maldad que trasciende fronteras, dejando a su paso una estela de lágrimas, dolor y muerte.

Los tiempos han cambiado, dirán algunos, es cierto; aunque creo que los valores son los mismos de ayer, hoy y siempre. Si se han alterado es porque así ha convenido a quienes modifican su forma de actuar e inventan mil razones para actuar como lo hacen.

Nada justifica robar, emplear tortura física, emocional y psicológica en seres inocentes que tienen la desgracia de caer en las redes de bandas criminales. Para no pocos el delito se ha convertido en su modus vivendi.

La madre de delincuentes pocas veces aparece; lo hace cuando es conducido a una cárcel o cuando es herido. Los hijos siempre serán sus “niños” y clama justicia ante lo que considera un atropello. Justifican el robo o cualquier tipo de delitos con un “es que somos pobres”. No los mueve la compasión hacia las víctimas porque han disfrutado de todo aquello que proviene de la maldad de sus hijos; robo, asaltos, secuestros, torturas y homicidios.

Cuando alguien se conmueve por la sentencia impuesta a un capo, está olvidando el sufrimiento de cientos, de miles de familias que fueron torturadas por un individuo que hizo fortuna lastimando.— Piedras Negras, Coahuila.

cholyngarza@yahoo.com

Periodista

Homilía del XVI domingo del tiempo ordinario