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El arte de pedir, con amplio trasfondo

Editorial

Ver, oír y contar

Olegario M. Moguel Bernal (*)

Camina erguida como reina de Saba. Con el interior de los codos sostiene el rebozo que por ratos se pone en los hombros y otros en la cabeza para cubrirse del sol. Su andar es orgulloso. Espalda enhiesta y pisada firme acompañan la mirada desafiante y el mentón noble que dan un toque de distinción a esta María Félix del asfalto…

En un tris la magia se produce. El semáforo cambia a rojo y nuestra diosa de edad indescifrable, como una My Fair Lady a la inversa, se torna decrépita, senil: espalda corva, cerviz rendida y caminar cansino, hipil sucio y raído, se acerca casi a rastras a las ventanas de los autos. Su mirada, otrora digna y severa, es suplicante; extiende la mano derecha y otra mano asoma por la ventanilla a medio abrir depositando una moneda en la palma arrugada y tibia. Se ha producido el milagro de la alquimia.

Este personaje, a quien podemos llamar doña Juanita, ha hecho de su forma de pedir un arte. Miles lo hacen todos los días y de las más variadas maneras, según los diferentes mercados a los que dirigen la petición. Ángel Trinidad relata que un mercadólogo le decía que tuvo que estudiar cinco años lo que ellas saben por intuición.

Decía Octavio Paz que “en nuestro territorio conviven no solo distintas razas y lenguas, sino varios niveles históricos”.

Doña Juanita parece pertenecer a una raza e historia diferente a la de la reina de Saba. En tanto ésta se confunde con la modernidad y el vértigo de hoy, aquélla parece permanecer en un pasado rural y la ciudad le queda fuera de lugar, por eso pide ayuda, para sobrevivir en esa cárcel mundana que la victimiza.

Hay quienes acompañan la mercadotecnia del timo. Ángel Trinidad recuerda un caso tan curioso como indignante: un personaje bien vestido y mejor peinado, de esos “de buena familia”, se le acerca y le pide “un apoyo” ante la eventualidad del pinchazo de una llanta.

—...Y, usted disculpe, pero olvidé la cartera en casa. Me da mucha pena pedirle apoyo.

Eso, piensa Ángel Trinidad, son dos eventualidades (el pinchazo y el olvido) que le pueden suceder a cualquiera.

—Si quiere le ayudo a cambiar la llanta. ¿Dónde está su auto?

—Ya vienen a ayudarme —responde el sujeto con rapidez—. Solo necesito dinero para pagarle al llantero.

—Tome, buen hombre —concede Ángel Trinidad y, convencido de la historia, se va.

Cuando a lo largo de los meses el sujeto se le ha acercado dos veces más con el mismo argumento, Ángel Trinidad empieza a desconfiar del género humano. El sujeto de marras se percata y lleva su numerito a otro transitado crucero.

En nuestro ámbito el arte de pedir va acompañado de actitudes que cubren un amplio espectro que va de la humillación a la exigencia, de la pequeñez a la arrogancia, de la vergüenza al descaro. La ayuda, pues, se pide de muchas formas y para todo tipo de apoyos o demandas, lo mismo una moneda para comer que recursos para reconstruir un país.

En cuestión de requerir, casos paradigmáticos son los gobiernos que demandan algo de los otros poderes, ya sea recursos e incluso permisos para ausencias, una relación que ocurre en forma preponderante del Ejecutivo al Legislativo. Cuando la división entre ambos no es más que una farsa, como lo ha sido en casi toda la historia reciente de México, las solicitudes del Ejecutivo son poco menos que órdenes y la presentación de iniciativas y votación en el Congreso son formas burocráticas para dar un barniz de soberanía a lo que no la tiene.

Cuando la división existe… bueno, digamos que cuando diferentes partidos mandan en el Legislativo y el Ejecutivo, el matrimonio dura hasta que esa xun voluptuosa que son las elecciones se atraviesa en sus vidas. Entonces las iniciativas reciben trato de lo que son, no de órdenes.

En nuestro territorio, que en cuanto a veleidades políticas no es muy diferente al resto, conviven no solo distintos partidos, sino intereses muy variados, metas en las que uno al otro se ven como el precio a pagar pero más como el obstáculo a vencer y la lógica se desvanece de las decisiones, quedando en éstas únicamente los argumentos políticos según las conveniencias de cada fuerza.

Al margen de esa lucha de intereses políticos el pueblo queda, volvemos a Paz (el Nobel, no el otro), en una expectación evanescente, “flota, no acaba de ser; no acaba de desaparecer”. Porque las decisiones no acaban de ser tomadas en su favor.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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