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El Cristo velado

Foto: Megamedia

Por: Franck Fernández  (*)

Las modas van y vienen, los estilos forman parte del arte. Esto lo podemos apreciar en particular en la arquitectura. Desde hace siglos hemos visto un desfile de diferentes corrientes: románico, gótico, barroco, neoclásico… Decididamente el barroco es uno de mis estilos preferidos en arquitectura. Mi primer encuentro con el barroco fue en la iglesia de San Nicolás en la Mala Strana de Praga. Me impresionaron sobremanera los estucos, la profusión de estatuas, la multitud de molduras doradas, lo sobrecargado del ambiente, desde entonces he visto muchos y buenos barrocos. Cabe resaltar que dentro del barroco se presentaron diferentes escuelas. En España llevó el nombre de churrigueresco, por ser el arquitecto madrileño José Benito de Churriguera su mayor exponente en ese país y fue esa corriente del barroco la que nos llegó a América. En Nápoles, que para la época era un rico reino que dependía de la corona de España, el barroco tuvo su esplendor en lo que se llama barroco napolitano que se caracteriza por una profusión aún mayor de esculturas de mármol y estucos. Algunos me dirán que el barroco es agobiante por la cantidad tan grande de objetos agrupados en tan poco espacio… pero a mí me gusta, no para mí, mi casa es minimalista, sino para disfrutarlo en otros lugares y regalarme con el arte de siglos pasados.

Para la época, en Nápoles vivía un personaje, Raimondo di Sagro, séptimo príncipe de Sansevero. Los de Sagro habían instalado su palacio en el casco antiguo de Nápoles desde hacía ya unos 200 años y Raimondo decidió reconstruir la capilla de su palacio que, al mismo tiempo, era la necrópolis de los miembros de su familia utilizando el estilo de moda en ese momento, el barroco napolitano. Todo esto no sería tema de una crónica si nuestro Raimondo no hubiera sido un personaje tan peculiar como lo fue. De él se sabe que fue criado por sus abuelos paternos por ser huérfano de madre y estar su padre primero preso y después en claustro para escapar de la justicia acusado que estaba de asesinato. Desde joven fue muy inteligente y sobresalía entre sus compañeros por sus conocimientos en la escuela de jesuitas con quienes estudió. En su edad adulta se afilió a los masones, que era algo muy a la moda entre las personas de sociedad y los intelectuales (Mozart y más tarde el cubano José Martí fueron masones), sino que también era alquimista e incluso algunos lo acusaban de nigromancia, es decir, predecir el futuro mirando las vísceras de las personas.

Pues bien, a la capilla ya existente, Raimondo agregó un total de 36 estatuas, todas de mármol de carrara encargadas a importantes escultores de la época, entre ellos Giuseppe Sanmartino. La capilla realmente no es muy grande y en ella no se dice misa desde mediados del siglo XIX. En la misma encontramos emblemas masónicos y diferentes alegorías. Pero vamos a hablar de algunas de las estatuas que adornan esta capilla. Hay tres en particular sobre las que me quiero detener.

Una de ellas es la alegoría de la Prudencia. Es la tumba de la madre de Raimondo di Sagro. Es una mujer desnuda de la cintura para arriba pero cubierta con un velo. Y cuando digo cubierta por un velo hablo de la perfecta representación que hizo el escultor del cuerpo de la mujer como si un velo la cubriera, pero no con una fina tela, sino con mármol, trasluciendo los hermosos contornos femeninos. Otra de las hermosas estatuas es la alegoría del Desengaño. Nos muestra a un hombre cubierto por una red de pesca que representa la ignorancia. Un pequeño ángel, que representa la Sabiduría, ayuda al personaje a quitarse la red de encima. Lo sorprendente y llamativo de este trabajo es que el escultor logró separar, dentro de un mismo bloque de mármol, las dos figuras humanas, es decir, el hombre y el angelito, de las redes perfectamente trabajadas en el mármol. La tercera y más importante es el Cristo velado. El procedimiento de factura es el mismo: sobre unos largos cojines descansa el cuerpo sin vida del Redentor con la cabeza ligeramente inclinada hacia su derecha, el cuerpo yace tranquilo, relejado, después del descenso de la Cruz. A sus pies, también del lado derecho, se encuentra la corona de espinas. Como en el caso de las otras estatuas, el Cristo está cubierto por un velo que permite apreciar cada y uno de los detalles del cuerpo del Señor: sus uñas, sus venas, hasta las laceraciones de los clavos se pueden ver perfectamente debajo del manto que no es otra cosa que mármol.

Como Raimondo di Sagro se dedicaba a la alquimia, durante muchos años existió la creencia de que el procedimiento utilizado por el príncipe era, una vez terminada la escultura de mármol, poner una tela sobre la figura y, gracias a un método solo por él conocido, hacía que la tela adquiriera las propiedades del mármol y así adoptaba las formas del cuerpo que se encontraba debajo. La ciencia ha demostrado que no es así, el maravilloso efecto que podemos ver no es otra cosa que la obra del esmerado trabajo y arte de los escultores.

Otras de las maravillas de la capilla de Sansevero son dos cuerpos humanos, un hombre y una mujer, a los que por no se sabe qué procedimiento, se momificaron dejando a la vista solo algunos órganos, los huesos y las numerosas venas y arterias de la red sanguínea. Nada de músculos ni de piel. Todo al descubierto. Sabiendo de los macabros gustos de este príncipe algunos dicen que se trata de dos antiguos sirvientes a los que él sometió al misterioso procedimiento de disecación estando aún en vida. Algunos incluso juran ver rasgos de terror en la cara de los dos pobres personajes. Sinceramente creo que ya esto es un poco de fantasía.

Si tiene la posibilidad de visitar Nápoles, independientemente del teatro San Carlo, del Castel Novo, del Palacio Real, de Pompeya, de Herculano y de los múltiples puntos de nombres evocadores de los alrededores de la Bahía de Nápoles, no deje de visitar esta pequeña capilla, obra maestra del barroco napolitano. No se haga ilusiones. No podrá tomar fotos. Lo tienen estrictamente prohibido.

(*)Traductor e intérprete, correo electrónico: altus@sureste.com

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