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El desarrollo agropecuario de Yucatán

Editorial

Agronegocios vs. agroecología

Juan Ku Vera (*)

En años recientes el sector agropecuario de Yucatán no ha sido conceptualizado con un enfoque agroecológico, sino más bien ha sido entendido como un espacio para la extracción de recursos naturales dirigido a la obtención de la máxima ganancia económica en el menor tiempo posible; o sea, como un agronegocio.

Es bajo este enfoque que las prácticas extractivas agrícolas y ganaderas han ocasionado: deforestación, degradación del suelo, sobrepastoreo, contaminación del acuífero, emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y pérdida de la biodiversidad. Son la sobreexplotación de la naturaleza y de la fuerza de trabajo las que han contribuido a la pobreza de la población rural, principalmente de los mayas.

Hace menos de cincuenta años estaba en operación en Yucatán el Programa Nacional de Desmontes, una iniciativa del gobierno federal para deforestar amplias regiones del país con el propósito de expandir la frontera agrícola y ganadera.

En contraste, las prácticas agroecológicas ancestrales llevadas al cabo por los agricultores mayas en la milpa y en el solar-traspatio se distinguen por su resiliencia, pues intentan mantener estables los flujos de sus elementos principales (carbono, nitrógeno, minerales, agua) en el agroecosistema en el largo plazo.

La pandemia por Covid-19 ha afectado gravemente la salud y la economía de los yucatecos en una interacción sinérgica con el cambio climático, producto de las actividades antropogénicas que resultan en un aumento en las emisiones de GEI (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso), que se acumulan en la atmósfera y causan el calentamiento global.

La sociedad yucateca está empezando a dimensionar el alto costo ambiental de haber privilegiado un modelo de desarrollo agropecuario basado en el dispendio de los recursos naturales, en la búsqueda de la ganancia económica en el corto plazo, lo cual ha contribuido a la desigualdad social imperante en Yucatán con el 55.5% de su población en situación de inseguridad alimentaria.

La estela de destrucción en el sector agropecuario que dejó a su paso por Yucatán la tormenta tropical “Cristóbal” en junio pasado es un recordatorio del elevado costo que resulta de alterar el frágil equilibrio de los ecosistemas naturales, pues ahora se sabe que el cambio climático cobra una alta factura económica, cuando los ciclos de la naturaleza (agua, suelo, vegetación) se ven afectados.

El principal cultivo comercial producido en Yucatán desde mediados del siglo XIX y hasta cerca del final del siglo XX fue el henequén (Agave fourcroydes), monocultivo fuertemente asociado al poder económico y político de la “Casta Divina”, la élite oligárquica que expolió durante décadas el trabajo de los peones acasillados mayas en cientos de haciendas henequeneras.

Hasta hace cincuenta años, México era autosuficiente en producción de alimentos para la población. En la década de los 70’s del siglo pasado, impulsado por el paradigma de la revolución verde (semillas mejoradas, fertilizantes, herbicidas), México vivió la etapa final del “milagro mexicano”, del “desarrollo estabilizador”, del aumento del producto interno bruto y del arribo de televisores a color, refrigeradores y automóviles a los hogares de la creciente y pujante clase media, mientras el país se urbanizaba y la demanda de proteína animal se incrementaba.

Para la década de los 80, Yucatán vivió el ocaso del henequén, la liquidación de Cordemex en 1992, selló el final de la agroindustria henequenera yucateca debido a la inviabilidad económica de un monocultivo al que le surgieron nuevos competidores y al auge de las fibras sintéticas, dejando desempleados a miles de campesinos henequeneros, cuyos hijos conforman hoy día, la mano de obra para la industria de la construcción de Mérida.

Desde la década de los 60, los gobernadores de Yucatán prometieron impulsar al sector agropecuario con diversas iniciativas, pero nunca éste ha sido abordado en su dimensión agroecosistémica, encaminada al cumplimiento de la función social de la producción agrícola y ganadera. La pobreza y la desnutrición continúan presentes en la población rural yucateca a pesar de las grandes inversiones realizadas para el desarrollo agropecuario como el Plan Chac, el Plan Tabi y el Programa de Reordenación Henequenera.

Las ferias, exposiciones, tianguis y demás jolgorios agropecuarios son ahora la ocasión para que el gobernador en turno se tome la foto junto a enormes tractores, insumos agropecuarios (fertilizantes, equipos, alambre de púas) y abultados cheques que son entregados como apoyos a los productores.

El enfoque de desarrollo basado en el agronegocio no ha funcionado en Yucatán, y éste tampoco ha conducido al desarrollo del sector agropecuario, pues sólo contribuye con alrededor del 4% del producto interno bruto estatal.

Intercambio ecológico desigual.

La función social del sector agropecuario es la de producir alimentos de buena calidad, sanos y a precios accesibles para toda la población en una región o país, además de generar una ganancia razonable para los agricultores y ganaderos.

La producción agropecuaria en Yucatán se puede enmarcar en el concepto de intercambio ecológico desigual, esto es: el costo ambiental de la producción agropecuaria es externalizado por los países desarrollados (Estados Unidos, Japón), hacia los países menos desarrollados (México, Brasil) a través de relaciones comerciales inequitativas.

Como ejemplo se tiene que, la deforestación de la Amazonia brasileña, seguida por la siembra de pastos para alimentar al ganado, es el mecanismo de producción de carne bovina barata para los consumidores europeos y asiáticos, mientras que el costo ambiental es asumido en su totalidad por Brasil. El cinismo ambiental en el ámbito internacional alcanza niveles insospechados. México exporta en promedio, 1.5 millones de cabezas de ganado bovino al año a los Estados Unidos, animales que podrían ser finalizados en el país, para la alimentación de los mexicanos.

Es en este mismo contexto que en Yucatán se producen cerdos para exportar a Japón, hortalizas para exportar a los Estados Unidos y miel para exportar a Europa, mientras que la población rural yucateca es mayoritariamente pobre, sin acceso suficiente a la canasta alimentaria básica y miles de niños y niñas sufren de desnutrición crónica.

Además, los sistemas pecuarios intensivos (cerdos, aves) son altamente dependientes de alimentos de alta calidad (granos forrajeros) que son importados principalmente de los Estados Unidos (pagados en dólares), lo cual encarece el producto final (carne, huevos), haciéndolo inaccesible a grandes estratos de población.

No hay fundamentos biológicos, ni éticos que justifiquen el intercambio ecológico desigual como pilar del desarrollo agropecuario de Yucatán; se necesitan sistemas agropecuarios multifuncionales, no solo extractivos.

La lucha por la tierra ha marcado el desarrollo de México en los últimos cien años, la revolución, el reparto agrario de 1937, las reformas al artículo 27 constitucional de 1992, trastocaron las relaciones campo-ciudad, por lo cual al día de hoy prevalecen los conflictos por la tierra en Yucatán.

Es urgente el reordenamiento de la actividad agropecuaria en Yucatán, bajo los principios de la agroecología, que incorpora las interacciones ecosistémicas y socio-culturales, en el proceso de planeación.

El henequén fue el cimiento de la economía yucateca en el siglo pasado, pero el costo social de la expoliación de la fuerza de trabajo rural fue enorme, dejando a la mitad de la población en situación de pobreza patrimonial y alimentaria.

La población de Yucatán está mal alimentada, la evidencia epidemiológica acumulada durante la pandemia, demuestra el efecto de las peligrosas comorbilidades causadas por la mala nutrición (obesidad, diabetes, hipertensión arterial) sobre la gravedad de la enfermedad por Covid-19.

La comida yucateca está basada en tradiciones culinarias que tuvieron su origen hace cientos de años, con alimentos tales como el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y una variedad de otros alimentos que han hecho distintiva a la comida yucateca tradicional por su significado cultural. De manera gradual, y a partir de las décadas de los 70 y 80, la dieta tradicional yucateca empezó a ser relegada al incrementarse la diversidad de alimentos provenientes de otras culturas.

La pérdida del valor cultural de los alimentos, al volverse éstos una mercancía, ha modificado el patrón alimentario de los yucatecos, con el resultado de que las nuevas generaciones consumen ahora: pizzas, hamburguesas, hot dogs, fried chicken, wings, y demás comidas rápidas, ricas en grasas saturadas que inducen al sobrepeso y a la obesidad.

Es en este tenor que en la sociedad yucateca coexisten tanto la desnutrición crónica como el sobrepeso y la obesidad. Para empeorar la situación, en los últimos sesenta años, la sociedad yucateca se ha urbanizado y vuelto más sedentaria, dadas las facilidades para adquirir un automóvil, lo cual ha reducido el gasto de energía diaria por actividad física.

Desarrollo rural agroecosistémico.

La pandemia por Covid-19 puede visualizarse como un parteaguas para el desarrollo agropecuario de Yucatán. La administración estatal tiene la oportunidad de enfocar el desarrollo agrícola y ganadero, en su interacción con la salud nutricional de la población y con el cambio climático, abordándolo en el contexto de un sistema alimentario, esto es, con una aproximación agroecosistémica.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la agroecología es el nuevo paradigma para el desarrollo rural en el siglo XXI.

Es urgente hacer un alto en la política de desarrollo agropecuario y replantear los aciertos, para no repetir los errores del pasado y adaptarse a las condiciones impuestas por los nuevos retos y desafíos para una población en constante aumento.

El gobierno federal ha declarado que la política agrícola está orientada de nueva cuenta hacia la autosuficiencia alimentaria, aunque en Yucatán no se perciben acciones en esa dirección.

En el 2030 habrá más yucatecos que alimentar y menos tierra disponible para practicar la agricultura y la ganadería. El desarrollo agropecuario de Yucatán no debe de continuar supeditado al intercambio ecológico desigual, que solo beneficia a unos cuantos terratenientes e inversionistas, ese no es el camino que conducirá a un desarrollo sustentable para Yucatán en el largo plazo.

Los apoyos económicos del gobierno estatal al campo, han derivado en prácticas clientelares y serviles con fines eminentemente políticos que no han resultado en una mejora en la productividad agropecuaria, o sea, en un incremento en el rendimiento en la biomasa de los cultivos o en la eficiencia de la conversión de pasto a carne y leche.

Los cultivos con la más alta eficiencia de conversión de la radiación fotosintética activa, a biomasa de plantas, deben de ser privilegiados. La energía juega un papel fundamental en la eficiencia biológica de la agricultura, algunos cultivos tienen una baja eficiencia de conversión, mientras que otros tienen una alta eficiencia energética per se.

En Yucatán se producen poco más de cincuenta diferentes cultivos y se explotan diversas especies animales (aves, cerdos, bovinos, ovinos, venados) que producen metano y óxido nitroso. Las emisiones de gases de efecto invernadero como el metano son fáciles de reducir en vacas, borregos y cabras, cuando estas especies son alimentadas con las plantas forrajeras silvestres de Yucatán, tales como: el huaxin, el pich, el oox, el chimay; que tienen capacidad anti-metanogénica.

Es necesario emplear el conocimiento científico para aportar valor agregado a los productos del campo: al chile habanero, al mamey, a la carne, a la miel.

La revaloración de la milpa maya, del solar-traspatio con un enfoque agrobiodiverso, con diferentes técnicas agrícolas, es uno de los caminos hacia la autosuficiencia alimentaria, para erradicar a la desnutrición crónica de Yucatán, con un sistema alimentario que involucre directamente a los productores con los consumidores, pasando por toda la cadena de valor, sin intermediarios.

Es preciso trabajar en un rescate cultural que revitalice las prácticas culinarias de los mayas, en contraposición a los alimentos industrializados de baja calidad nutricional.

Al reflexionar acerca del cómo incorporar las bases agroecológicas en el sector agropecuario yucateco, vino a mi mente el recuerdo de mi “chiich”, quien en su solar-traspatio en Dzemul, cultivaba una diversidad de plantas locales y atendía una parvada de aves criollas, con las cuales nos preparaba un delicioso y nutritivo caldo de gallina, al cual añadía algunas hierbas de olor intenso que le aportaban el genuino sabor y esencia de la cocina maya tradicional.

Mi “chiich” vivió 103 años y nunca consumió: hamburguesas, perros calientes, ni bebidas azucaradas; gustaba del pozole fresco y era delgada como un “ch’ilib”.

Se requiere de un reordenamiento radical del sistema agroalimentario de Yucatán con sus diferentes eslabones en la cadena: producción, procesamiento, distribución y consumo; armónicamente concatenados para el bienestar económico y la salud nutricional de los yucatecos, sin afectación del ambiente, o sea, neutral en carbono.

De no hacerlo, en el 2030 continuarán prevaleciendo en Yucatán: el sobrepeso y la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial, la inseguridad alimentaria, la desnutrición crónica, el bajo aprovechamiento escolar de los niños y las niñas; además de las seculares: marginación, pobreza y discriminación de los mayas yucatecos.— Mérida, Yucatán.

kvera@correo.uady.mx

Profesor-Investigador de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Uady.

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