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El estadio insostenible

Antonio Salgado Borge

Las carencias de un proyecto

Antonio Salgado Borge (*)

Existe un conocido refrán que dice: “dime de qué presumes y te diré de qué careces.

El gobierno de Yucatán ha anunciado, con bombo y platillo, la construcción de un estadio multiusos que se ubicará en el norte de Mérida. El nombre elegido para el nuevo recinto, “Estadio Sostenible”, puede ser visto como una señal de carencias del proyecto anunciado.

Empecemos señalando lo obvio: algo sostenible es algo que se puede sustentar o mantener firme. Con esta clarificación en mente, formulemos la pregunta que guiará nuestro análisis dominical: ¿en qué sentido es el “Estadio Sostenible” sostenible?

Asumamos que ese original —y espantoso— nombre no hace referencia a la idea de que el estadio se mantendrá físicamente firme; es decir, a que no se derrumbará.

Y es que sería un despropósito hacer semejante alusión al momento de bautizar un inmueble. Uno no transita por la vida asumiendo que los pisos se hundirán repentinamente o que los techos se le desplomarán encima sin aviso.

Para ser claro, llamar sostenible al “Estadio Sostenible” por la firmeza de la estructura física del inmueble equivaldría a que una empresa de teléfonos celulares decidiera bautizar a su nuevo modelo como “celular inexplotable”. Lo dicho: un despropósito.

El sostenible en “Estadio Sostenible” no hace referencia a la estructura física del inmueble. Pero entonces, ¿a qué se refiere este término?

Me parece que hay tres opciones sobre la mesa: (a) el “Estadio Sostenible” es sostenible porque se puede sustentar o tiene firmeza financiera, (b) el “Estadio Sostenible” es sostenible porque se puede sustentar o tiene firmeza ambiental o de calidad de vida, o (c) el “Estadio Sostenible” es sostenible porque se puede sustentar o tiene firmeza en términos democráticos.

Una vez que hemos extendido nuestra baraja, revisemos con cuidado cada una de nuestras opciones disponibles.

(a) Sostenibilidad financiera.

El gobierno del Estado se ha apresurado a aclarar desde un inicio que el “Estadio Sostenible” será producto de una inversión privada. En este esquema, el gobierno no desembolsará un solo quinto; “sólo” aportará el terreno y serán particulares quienes carguen con el costo del desarrollo de la obra.

En teoría el uso de esta fórmula debería de tranquilizar a la población. ¡El “Estadio Sostenible” es sostenible porque está respaldado por una firme y sustentable operación financiera!

Pero cuando se revisa con cuidado este esquema, la premisa de la sostenibilidad financiera parece menos clara. En primer lugar, el esquema presumido no considera el costo de oportunidad.

El terreno que se ha cedido a las empresas privadas que desarrollarán el estadio tiene un valor comercial. Considerando la ubicación y las dimensiones de ese terreno, probablemente asciende a varios cientos de millones de pesos.

Con esto en mente, es relativamente fácil ver que es falso que la construcción del estadio no represente un costo para las yucatecas y los yucatecos. Y es que si el gobierno estatal estaba dispuesto a deshacerse del terreno en cuestión, entonces una opción real era venderlo y utilizar los ingresos obtenidos para alguna causa o proyecto que se considerase prioritario.

Ejemplos de proyectos de esta naturaleza son la ampliación o mejora de los servicios del hospital O’Horán o, si se piensa en términos exclusivamente económicos, la incentivación de sectores productivos en el estado.

En segundo lugar, el gobierno estatal ha promocionado en abstracto el desarrollo económico que la obra traerá a la zona, particularmente haciendo alusión a empleos y a plusvalía. Sin embargo, no existe un desglose técnico que sustente, con detalles y proyecciones específicas, esta afirmación.

A todo lo anterior hay que sumar que se han empleado cantidades no determinadas de recursos públicos en la promoción y difusión del simple hecho de que pronto habrá un nuevo estadio.

Vale la pena ponerlo con todas sus letras: cualquier empresaria o empresario profesional sin duda evaluaría sus opciones antes de aceptar aportar un terreno como participación en un negocio. También se negaría a desprenderse de cientos de millones de pesos con base en promesas en forma de tres o cuatro proyecciones alegres y sin fundamento.

Dado que manejan recursos públicos, es decir que no les pertenecen, los funcionarios de un gobierno tendrían que ser doblemente cuidadosos.

(b) Sostenibilidad ambiental y calidad de vida.

Hemos visto que no hay evidencias de que el término sostenible en “Estadio Sostenible” haga referencia a una sostenibilidad financiera. Otro aspecto en el que se puede hablar de sostenibilidad tiene que ver con el componente ambiental y de calidad de vital. ¿Podría el “Estadio Sostenible” ser sostenible en este aspecto?

Para responder a esta pregunta, empecemos revisando si el nuevo estadio será ecológicamente sostenible. Una forma directa de establecer si este es el caso pasa por considerar los estudios de impacto ambiental que deben respaldar toda obra de esta naturaleza.

Desde luego, estos estudios tendrían que haber sido elaborados por especialistas con amplia trayectoria, independencia y reconocimiento, y no por meros tramitadores a modo. Es fácil ver que sería un despropósito monumental decidir que se puede levantar una construcción catedralicia sin medir el impacto que este tendrá, por ejemplo, en el agua, la vegetación y la fauna que le rodea.

El problema es que las yucatecas y yucatecos no hemos tenido acceso a estos estudios. Es más, ni siquiera sabemos a ciencia cierta si éstos existen. Por ende, nada indica una sostenibilidad en este sentido

Pasemos ahora al componente que hemos llamado “calidad de vida”. En este rubro podemos incluir elementos como la circulación vehicular, la contaminación auditiva y visual y el flujo masivo de personas en una zona que antes no lo tenía.

De nuevo, para saber si el “Estadio Sostenible” es sostenible en estos términos, necesitaríamos conocer los estudios que evalúen cada uno de los elementos mencionados. Sería inaceptable hacer cálculos a ojos de buen cubero o apostar por que las cosas se solucionarán sobre la marcha. Por desgracia, tampoco tenemos evidencia de sostenibilidad en este sentido.

A una persona de a pie jamás se le permitiría construir su casa sin cumplir con los trámites establecidos. Tampoco compraría un predio que implica que su calidad de vida puede ser insostenible.

¿Por qué entonces un gobierno puede hacer como que los trámites reglamentarios no existen y pedirle a quienes viven en la zona que acepten poner su ambiente y calidad de vida en riesgo?

(c) Sostenibilidad democrática.

La sostenibilidad en “Estadio Sostenible” no puede referirse a su aspecto financiero. Tampoco es sensato pensar que se refiere a su aspecto ambiental o de calidad de vida. Nos resta revisar la posibilidad de que el término sostenible tenga como referencia una sostenibilidad de corte democrático.

Un elemento en la firmeza o sustentabilidad democrática es la participación de la sociedad civil abierta, incluyente, pública y razonada.

Un ejemplo de ello sería el caso de que el “Estadio Sostenible” hubiese surgido de una discusión entre organizaciones de la sociedad civil relevantes —y no sólo o principalmente cámaras empresariales—. En este escenario, el gobierno empezaría por anunciar que desea dar un uso distinto al actual a un terreno de su propiedad, y convocaría a estas organizaciones a una discusión informada y argumentada para determinar el futuro de ese uso.

Posteriormente, el gobierno estatal presentaría las opciones viables a las personas que viven en la zona y buscaría su aceptación de alguna de las alternativas disponibles. En caso de contar con el visto bueno de estas personas, el gobierno podría proceder con la firmeza de un proceso democrático como respaldo.

Pero claramente nada de esto ocurrió en el caso del “Estadio Sostenible”.

Otro elemento incluido en la sostenibilidad democrática tiene que ver con la transparencia. Hemos visto que detalles técnicos clave que tendrían que haber sido transparentados permanecen en las penumbras.

Pero a ellos hay que sumar un asunto de la mayor relevancia: si el gobierno de Mauricio Vila consideraba que el terreno donde se ubicará el estadio estaba disponible para usos distintos al que tenía, bien podría haber sido el caso de que más de una empresa estuviese interesada en la ubicación.

También era posible que más de una empresa tuviera un proyecto mucho más interesante y sostenible que la construcción de un estadio.

Debido a la falta de transparencia, las ciudadanos y ciudadanos de Yucatán no podemos conocer si este fue el caso. Tampoco podremos evaluar si se favoreció a un proyecto en detrimento de nuestros propios intereses. Mucho menos podremos saber si, en un acto de corrupción —que, desde luego, incluye al tráfico de influencias y al amiguismo— se benefició a alguna persona o empresa determinada.

¿Por qué se optó por darle el terreno a una empresa en particular en lugar de abrir una convocatoria para que empresas privadas pudieran ofrecer sus proyectos al gobierno del estado?

Conclusión.

Lo sostenible en “Estadio Sostenible” no puede hacer referencia a una firmeza financiera. Con base en lo que sabemos, tampoco puede referirse a una sustentabilidad ambiental o de calidad de vida. Finalmente, el “Estadio Sostenible” no puede llamarse así porque se pueda sustentar o tenga firmeza en términos democráticos. Pero entonces es difícil ver en qué aspecto es sostenible el “Estadio Sostenible”.

Descartadas todas las opciones disponibles, sólo nos queda concluir que quienes eligieron el nombre del nuevo estadio lo hicieron pensando en cubrir por decreto, y como por arte de magia todas sus carencias. Es decir, que aquello de lo que presumen nos dice aquello de lo que carecen.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).

 

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