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El fuego de Pentecostés

Foto: Megamedia

Víctor M. Arjona Barbosa (*)

En el capítulo 19 del libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo, habiendo recorrido las regiones de más arriba, bajó a Éfeso y al encontrar algunos discípulos les preguntó: “¿Recibistéis, después de creer, el Espíritu Santo?”.

Hoy como en tiempo de Pablo de Tarso, existen cristianos que no conocen todavía el poder del Espíritu Santo, poder sanador y santificador, cuyos frutos para el hombre son paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad y amor.

Con motivo de la fiesta de Pentecostés, recordamos que el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos explica que el día de Pentecostés, estando todos los discípulos reunidos, de pronto se oyó un gran ruido, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron como lenguas de fuego que se posaron sobre ellos y se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu los inducía a expresarse. Y la transformación se realizó: de hombres temerosos, el fuego del Espíritu hizo hombres nuevos, llenos de ardor y valentía que anunciaban y proclamaban que Jesús es el Hijo de Dios y que la salvación solo está en Él.

Ya desde el Antiguo Testamento, Dios, a través de su profeta Ezequiel, había prometido el don del Espíritu: “Derramaré mi Espíritu sobre mi linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca”. “Yo les daré un nuevo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica. Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis”.

Y la promesa comienza a realizarse en Nazareth y culmina en el Gólgota, para que Jesús, el Cristo anunciado desde el Génesis, al ser glorificado en la Resurrección, obtuviera del Padre el don del Santo Espíritu para los hombres, por quienes padeció y a quienes justificó y redimió. El misterio pascual ha renovado al hombre. El inmenso y eterno amor de Dios, su misericordia y fidelidad han abierto un nuevo horizonte de libertad y de gracia.

Todos necesitamos una mayor creciente efusión del Espíritu para poder ser testigos de la verdad y obrar con santidad y justicia en todas las actividades de nuestra vida familiar, laboral, política y religiosa. Jesús conoce perfectamente nuestras debilidades y flaquezas, comprende nuestros temores y sabe de nuestra naturaleza desordenada por el pecado. Por eso pedía al Padre que enviara otro Paráclito para estar con nosotros y nos mostrara toda la verdad y nos recordara todas las enseñanzas del Maestro.

El Espíritu nos enseñará toda la verdad y la verdad nos hará libres porque el Espíritu de Dios es libertad y donde está el Espíritu, ahí está la libertad.

Cierto es que los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro bautismo, pero muchos no sabemos que habita en nosotros y lo tenemos como apagado, casi extinguido. En esta fiesta de Pentecostés pidamos al Señor nuestro Pentecostés personal para que, con su gracia y su poder, nos llene de su Espíritu y renueve en nosotros los prodigios de su amor y nos impulse a actuar como lo hacía Jesús, para que el poder de Dios nos dé intrepidez, proclamemos su palabra y demos testimonio de su amor, de su justicia y de su paz.

Profesor Universitario.

 

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