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El hombre que nunca existió

Por: Franck Fernández(*)

No hay nada más sabio que los refranes populares. Ellos recogen la experiencia de todas las generaciones que nos precedieron y hay un refrán que describe muy bien la historia que les quiero contar: en la guerra y en el amor todo está permitido. Esta es la historia de lo que posiblemente haya sido el mayor engaño contra el enemigo durante la Segunda Guerra Mundial y el importante papel jugado por un hombre que, incluso después de muerto, sirvió a su país. Si bien la historia fue conocida poco después de terminada la guerra, el verdadero nombre de este héroe involuntario solo fue conocido en 1993.

Hitler había conquistado prácticamente toda Europa y también el norte de África. Cuando  Estados Unidos entra en guerra por la invasión de Pearl Harbor por los japoneses, ya hacía rato los europeos luchaban por su libertad. En el Este, las tropas soviéticas con mucha dificultad le hacían frente a las tropas nazis y Stalin insistentemente pedía que se abriera un segundo frente para aliviar el frente oriental. Por su parte, Churchill consideraba que lo más importante era quitarle el norte de África a los alemanes. Churchill temía que los alemanes pudieran tomar el Canal de Suez, primordial para el tránsito de los Aliados y, por lo consiguiente, los territorios árabes más al este haciéndose del petróleo.

Cuando llegan los americanos, de inmediato participaron en las batallas contra los alemanes en el norte de África. Una vez que se logró conquistar el norte de África ahora se trataba de llegar a Europa desde el Sur. Lo lógico hubiera sido llegar a través de Sicilia, perfecto trampolín para entrar por el sur de Italia. Por demás, desde Sicilia los alemanes castigaban constantemente las bases militares británicas en Malta. Para los alemanes era evidente que los Aliados tratarían de entrar por Sicilia. Así que se necesitaba una perfecta trama de desinformación para hacerle creer a Hitler que el objetivo no sería Sicilia.

Al famoso escritor de novelas policíacas y que más tarde sería el autor del famoso agente 007, Ian Fleming, se le pidió proponer ideas de engaño al enemigo. Fue así como surgió lo que la historia reconoce como “El hombre que nunca existió”. Veamos cómo fue todo esto. Se pensó que, si de alguna forma, se le hacía llegar a los alemanes la información de que desde el norte de África los Aliados tenían la intención no de atacar Sicilia sino la isla francesa de Córcega, en menor medida, y fundamentalmente el territorio griego, Hitler decidiría alejar armamento de Sicilia lo que, a la larga, facilitaría conquistar esta isla.

Decidieron hacer un anzuelo para lo que se necesitaba un hombre que hubiera muerto de neumonía, es decir, con los pulmones llenos de agua. Así fue que encontraron el cuerpo de un gales que había comido pan con pasta para matar ratas, con intención de suicidarse o por puro accidente. Su nombre era Glyndwr Michael y él fue la persona que la seguridad británica utilizó como señuelo. La idea era hacerlo pasar como un oficial que llevaba informes de un punto a otro del Mediterráneo, que había tenido algún accidente, que se había ahogado y que, por casualidad de las mareas, había llegado a tierra firme.

Llevaron el cadáver de Glyndwr Michael en hielo seco en un submarino y lo dejaron frente a Puerto Umbría, en las costas de Huelva, en España. Lo dejaron a merced de las olas, con la intención de que llegara a la costa. Iba vestido con el uniforme de un capitán, amarrado a su cintura llevaba un maletín con cartas de altos mandos británicos en las que se hablaba de la invasión a Córcega y a Grecia. Para dar mayor crédito al que ahora se llamaba William Martin, en su bolsillo se le puso la fotografía de su novia Pam, dos cartas de amor de ella, el recibo de una joyería de Londres por la compra de un anillo de compromiso, una carta del padre del ahora Martin William amonestándolo por algo mal hecho y una carta de su banco Lloyds reclamándole por un descubierto de 79 libras.

Anteriormente ya se había hecho otra artimaña con el fin de hacer creer que los Aliados llegarían por tierras griegas. Se habían contratado intérpretes en Grecia y se habían comprado grandes cantidades de mapas de las carreteras de ese país. Por otra parte, el hecho de que Grecia se encuentra cerca de Rumanía hacía más plausible la idea, en la medida en que en Rumanía para esa fecha todavía había grandes cantidades de reservas de petróleo. Pues bien, el hombre que nunca existió, Glyndwr Michael o Martin William, como usted prefiera, fue descubierto en la playa de Puerto Umbría por un pescador, tal y como había sido planeado.

La Comandancia de Marina del puerto de Huelva de inmediato remitió el maletín a Madrid donde la seguridad española, supuestamente neutral, le entregó los documentos que iban dentro de la maleta a la Abwehr, la inteligencia alemana. Rápido llegaron las copias a Berlín a manos de Hitler. Por su parte, el cónsul británico en Huelva insistía mucho para que se le entregará el cadáver y las pertenencias de Martin, haciendo particular hincapié en el maletín. Por su parte, las autoridades españolas encontraban cualquier tipo de excusa para demorar la entrega. Después de varios días de espera, devolvieron el cadáver y el famoso maletín. Pronto los británicos pudieron darse cuenta de que el maletín había sido abierto, por lo que se entendió que toda la información había pasado a los alemanes.

A partir de este momento, Hitler estuvo absolutamente convencido de que no habría invasión por Sicilia, sino por Córcega y Grecia como se lo habían hecho creer los Aliados. Retiraron divisiones desde Sicilia y desde el Sur de Francia hacia Córcega y Grecia. Incluso, cuando ya los Aliados estaban atacando Sicilia que era realmente el objetivo del desembarco, Hitler siguió considerando que todo era un simulacro para que se retirara el armamento de Córcega y Grecia. Cuando se dieron cuenta del engaño ya era demasiado tarde para reaccionar.

El hecho es que nuestro Glyndwr Michael, héroe involuntario de su país, fue enterrado en tierra española y un empleado británico de una empresa vinícola española cada mes de noviembre le llevaba flores rojas a su tumba. Esta tradición continuó con su hija y hoy  día la tradición continúa con su nieta llevándole flores rojas cada mes de noviembre. En la lápida ya no se lee más el nombre ficticio de William Martin. Los británicos y la historia han decidido poner en su lápida el verdadero nombre de este héroe británico y eslabón importante en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de él mismo, Glyndwr Michael.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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