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El oficio de incordiar: Cuando Jesús de Nazareth habla de Dios

Por: José Rafael Ruz Villamil (*)

Juan 16,12-15

Resulta una pregunta irresistiblemente atractiva y desafiante el cómo, dentro del mundo de la fe monoteísta del judaísmo, un hombre —Jesús de Nazaret— pudo llegar a ser asociado al Dios uno y único de esta fe compacta y excluyente, al punto de ser identificado él mismo como Dios. La respuesta está en el Nuevo Testamento que habrá que leer en su dimensión histórica. Y es que de un modo análogo a la intelección del Yahvé de Israel como el Dios uno y único que vino a darse en la historia de la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, la presencia de éste mismo Dios en Jesús se da en la historia de este predicador itinerante que planteo y defendió hasta la muerte la causa liberadora del Reino de Dios entre el 27 y el 30 del siglo I.

Pues bien, de entre los libros del Nuevo Testamento resulta privilegiado el evangelio de Juan para aproximarse a lo que viene a ser una radicalización del monoteísmo en su formulación como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el cuarto evangelio recuerda a Jesús hablando de Dios como Padre en unas 100 ocasiones, aunque no es tanto lo cuantitativo lo que importa, sino la forma con que lo hace.

Y es que, a diferencia de la tradición sinóptica en la que el mismo Maestro habla de la bondad y la ternura de Dios como Padre en relación con los seres humanos, aquélla del cuarto evangelio recuerda más bien al Galileo como quien está unido a Dios en el trabajo de sacar adelante una causa común: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” y “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar”. Siendo imposible recordar todos los textos que remiten a esta idea, valga mencionar el capítulo 17 del evangelio de Juan donde Jesús pide al Padre que se ocupe de los suyos en cuanto continuadores de su trabajo. En una palabra: la imagen que el cuarto evangelio proyecta del Padre remite al Dios Creador con quien Jesús tiene una relación más dinámica que mística: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada”.

En cuanto al Espíritu Santo, la tradición sinóptica —particularmente la obra de Lucas: Evangelio y Hechos de los Apóstoles— lo considera como causa de la acción de Jesús a lo largo de su predicación y, luego, de los hechos de sus discípulos, a diferencia del evangelio de Juan que lo entiende como un don del Resucitado —”Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado”—; don en función de la continuidad de la causa de Dios que el Maestro iniciara: “Como el Padre me envió, también yo los envío”. Dicho esto, sopló y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”.

Por último, el cuarto evangelio entiende la realidad de Jesús como íntima e indisolublemente ligada a la del Padre —”El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”— al punto de recordarlo diciendo de sí mismo una palabra que, inequívoca y provocadoramente, remite a la mismísima esencia de Dios: “En verdad, en verdad les digo: ‘Antes de que Abraham existiera, Yo Soy’. Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo”. Y es que ese “Yo Soy” remite al texto fundamental sobre el que se asienta el monoteísmo revelado a Israel: “Dijo Dios a Moisés: ‘Yo soy el que soy’. Y añadió: ‘Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a ustedes’”.

Valgan estos pocos textos del evangelio de Juan como una sugerencia para dejarse envolver en la realidad de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo de una manera fresca e inmediata que, sin desdeñar las fórmulas tradicionales que hablan de Dios, pudiera ser un algo que nos permita a quienes queremos ser discípulos del Maestro, no solo la expresión de la fe, sino el encontrar la unidad interior de nosotros mismos a partir del monoteísmo radicalizado de Jesús de Nazaret.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

(*) Presbítero católico

Homilía del Domingo después de Pentecostés