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¿El ogro caprichoso?

 

Nuevo Prometeo

Manuel Gracián Barrera (*)

¿Es México un Estado constitucional de derecho? ¿Existe en la actualidad verdadera separación de poderes políticos? ¿Pretende nuestro presidente de la República el control absoluto del poder legislativo (que ya posee) y el control político del poder judicial? ¿Ha surgido en México nuevo régimen presidencialista omnímodo, que lo abraza y comprende todo? ¿Coexisten fuertes grupos opresores que luchan entre sí para alcanzar las dádivas presidenciales? ¿Poseen dominio sobre el presidente federal los trasnochados marxistas, al ejercer control sobre grupos de choque, financiados por la nómina del gobierno de la ciudad de México? ¿Genera nuestro presidente violencia con su lenguaje verbal y extraverbal al descalificar o denigrar a personas, grupos empresariales o jueces constitucionales mexicanos? ¿Influyen en el pensamiento presidencial las recomendaciones mistagógicas, mágicas, pseudorreligiosas de los chamanes indígenas a quienes promueve? ¿Pretende nuestro ejecutivo establecer un nuevo sistema de religiosidad oficial, asumida como gnosis telúrica? ¿Intenta el presidente incrementar sus facultades metaconstitucionales y retomar el control de áreas estratégicas a través de los organismos constitucionales autónomos (OCA)? ¿Existe el riesgo del totalitarismo con la tendencia a la abolición del federalismo, la destrucción del espíritu de las instituciones, el control de las cámaras, la descalificación del poder judicial, la creación de una guardia nacional y, a la larga, la reducción del sufragio al plano de plebiscitos cuidadosamente manejados?… Demasiadas interrogantes; con excepción de las dos primeras, todas pueden ser contestadas con un simple monosílabo: ¡Si!

Después de larguísimo aliento, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es el presidente legítimo, democrático, de todos los mexicanos. Trae en su propio bagaje un florilegio de virtudes sociales. Pretende ser un presidente reformista; aprovecha la coincidencia de diversas constelaciones históricas abiertas a nuevas posibilidades de cambio social. México lo ha estado necesitando desde hace mucho tiempo. AMLO es un activista: ignoro si es un activista sin contenido, o si su activismo procede del rebosamiento de grandes inquietudes sociales que porta en su corazón.

Vivimos en un Estado Constitucional de derecho: el régimen propio de una sociedad democrática en el que nuestra Carta Magna garantiza la libertad, los derechos fundamentales, el principio de legalidad, la separación de poderes y la protección judicial frente al uso arbitrario del poder.

Y, a pesar de todas las constelaciones favorables al nuevo régimen, las virtudes personales y el cariño de mucha gente del pueblo mexicano, hay señales de alarma en nuestro ejecutivo nacional: inconsecuencia entre sus palabras y sus acciones; negación de hechos reales que lo confrontan; descalificación verbal —ofensiva, irónica, burlona— de contradictores de sus ideas. En su gabinete son escasas las personas bien preparadas (algunas con niveles de excelencia). La mayor parte de los diputados y senadores con que cuenta son personas que alcanzaron su nivel de incompetencia (el principio de Peter), antes de llegar a las cámaras. Lo más preocupante, ante el control total de las cámaras legislativas, el encono del presidente y el afán de adquirir el control del poder absoluto: un hierático, hegemónico y autoritario gobernante se aboceta.

Creo bosquejar la conducta de nuestro presidente en una sola imagen: Voluntarismo: “La negación de someterse a la realidad porque no se ajusta a la propia visión de las cosas y a substituirla por otra distinta, concebida por su propia mentalidad”.

Un presidente reformista que trata de remodelar la sociedad por medios pacíficos no debe perder la oportunidad de conocer la realidad de la cosas. Un reformador social que se enreda en las ramas, sin conocer la raíz, se apega a los síntomas y signos de la enfermedad social; no adquiere la visión panorámica de un orden social sano.

No seguir el consejo de los sabios, buscar la imposición de la propia voluntad, ejercer cierto tipo de magia simpatética en sus acciones, puede transformar a nuestro apreciado presidente en una especie anacrónica de ogro caprichoso. Disminuir su activismo, fomentar el arte de la paciencia, ejercer el discernimiento cotidiano, impediría su azarosa e ineluctable metamorfosis.— Mérida, Yucatán.

mgracianb@gmail.com

Cardiólogo

 

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