in

El patriotismo no se monopoliza

Cosas cotidianas

Por Javier Caballero Lendínez (*)

No sé si es pasión o aburrimiento. Si es sentimiento nacionalista o polarización sin sentimiento.

Si es creencia ciega con conocimiento de causa o necesidad de confrontación. Si es antes el motivo con fundamento o la fotografía y el oportunismo.

Lo cierto es que esto del Día de la Hispanidad, el Día de la Raza, el Día de la Nación Pluricultural, o como quiera llamársele, ya se nos ha ido de las manos, como se nos fueron otras tantas fechas señaladas, que pasaron de la necesaria y obligada protesta social en la democracia (algo muy sano), a la pérdida de razón por actuaciones de muchos manifestantes.

Podemos leer esto del 12 de octubre desde múltiples puntos de vista. Todos serían válidos en la dimensión de la opinión, pero también tendenciosos. Hay algunos puntos más objetivos, eso sí. Uno de ellos, del que quiero hablar aquí concretamente, es el patriotismo exacerbado que se filtra entre las manos porque ya no cabe en ellas, un patriotismo oportunista, como diría mi admirado periodista Víctor Dzul, un monopolio total y absoluto de este sentimiento mal encauzado.

Vivimos en una época muy enrarecida en política. Como escribía hace unas semanas en una columna, son los tiempos de la justificación, de la legitimación ante la opinión pública, de la purificación de la imagen por medio de las redes sociales, de la redención y limpieza del alma recurriendo a figuras públicas pasadas impolutas y convirtiéndolas en sus “coaches” de vida ética, comprometida y recta, como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi.

En una sociedad global y dividida como la de hoy, la famosa marca país es clave para esa tóxica monopolización patriótica. Ser patriota es algo bueno, positivo y genuino si se entiende este concepto como tener sentido de pertenencia, cuidado y verdadero amor por las raíces. Pero es negativo cuando se asume y se limita a ciertas ideologías o conceptos con el objetivo de polarizarlos y, por ende, sesgar a las personas.

La monopolización del patriotismo es un mal muy extendido en política, especialmente en los bandos extremos, esos cuya razón de ser abarca una división encarnizada entre patriotas y antipatriotas (o enemigos del pueblo), ricos y pobres, educados e indeducados, clases altas y bajas, etc.

En Europa, este sentimiento patriótico sesgado está en el ADN de partidos de extrema derecha como el español VOX, entre otros muchos. En América Latina es defendido, en gran medida, por una dolorosa extrema izquierda, como la de Nicolás Maduro, por ejemplo.

Entonces, si el monopolio patriótico es común en los extremismos políticos para resaltar la necesidad de defender el país contra quienes quieren hundirlo, estaríamos hablando de una característica íntimamente ligada al totalitarismo o fascismo (aunque no sean sinónimos sobre el papel).

Para estos extremismos, si una persona no cumple con ciertos valores predeterminados o diseñados por ellos mismos, entonces no es patriota.

Si no antepone la libertad a la autocracia; si desea una sociedad aspiracional donde sobresalir sea una realidad por encima del conformismo y la dependencia gubernamental; si no condena las diferencias sociales, de lenguaje y de raíces, e incluso las defiende; si no se arrodilla ante la soberanía popular mal manejada y adulterada por una facción; si no defiende la patria en redes sociales o en público, cuyas reglas son definidas por el partido del poder o una oposición retrógrada; entonces esa persona es antipatriota.

Decía el político, abogado y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Joaquín Ruíz-Giménez que “el monopolio patriótico tiene la misma raíz que el de la lealtad. Quienes lo encarnaron son incapaces de entender que no hay lealtad más verdadera ni más imperativa que la del hombre a su conciencia y, junto a ella, la lealtad a su pueblo entero”.

Si hasta ahora he logrado explicarme, querido lector, entonces afirmo que esto se trata de una manera más de polarización ideológica artificial a la que tristemente nos estamos acostumbrando en este país.

También ocurrió en Estados Unidos y el discurso mezquino de Donald Trump, que se tradujo finalmente en la toma del Capitolio por parte de muchos ciudadanos contaminados de esa ideología fraudulenta.

Es cierto que el sentimiento patriótico estadounidense, el orgullo de pertenecer a esa bandera, está muy arraigado en los ciudadanos sin importar la facción. Pero Trump lo llevó al siguiente nivel.

Réquiem

Al finalizar mi año de intercambio universitario en la Universidad de Nottingham, en Inglaterra, decidí quedarme un par de meses más en la ciudad antes de regresar a España. Era el año 2001 y pocos días antes del 25 de julio comenzó a correrse un rumor.

—Cuidado con el 25 de julio que es peligroso para los latinos —me alertaron.

—¿Y eso? —pregunté a mi interlocutor.

—Es el “Día de la caza al latino” y aunque no está extendido, sí puede haber gente que lo tome en serio.

Leí de todo esos días, desde que se trataba de un bulo hasta que era real. De hecho, años después incluso una revista española “Interviú”, hoy extinta, dio credibilidad a dicha “celebración” y armó un reportaje sobre ésta. Se suponía que ese día salía gente a la calle con bates, palos de golf y piedras en busca de españoles y demás latinos para golpearles.

Ese evento, por el que presuntamente salía a la calle algún que otro grupo de británicos en un alarde de patriotismo tóxico e irracional, era tan absurdo como, efectivamente, falso. Pero cómo me asustó…— Mérida, Yucatán.

@erjavievie

Periodista de Grupo Megamedia

 

 

Síguenos en Google News, da clic AQUÍ .

México vence 2-0 a El Salvador

México vence 2-0 a El Salvador y lidera la eliminatoria rumbo a Catar

Dimitrov manda a casa al favorito de Indian Wells