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El poderoso imán de la mente

La estación

Pedro Cabrera Quijano (*)

Deambulaba en el departamento de frutas y verduras, con el carrito de las compras al frente. En todo momento sonriente. Siempre a unos pasos. Es Pedro, mi hijo. Nada como una buena compañía en tiempos de mucho rencor social, del pesimismo que encontramos en las redes sociales, en los comentarios políticos y económicos de amigos y conocidos.

La mejor compañía, sin duda, es la real, la de esa mirada traviesa, pendiente de las piezas que escojo entre papas y limones.

En esa media tarde nos sorprendió un conocido en el centro comercial. Me vio algo raro, con mi vestimenta informal. Sin pensarlo dos veces, saludé con un “Así terminan los guerreros”. Y es que, hay momentos en la vida, todos los días, por los que debemos agradecer la oportunidad de despertar y gozar de la suficiente salud como para disfrutar de la bendición de formar parte de una familia. En la magia de momentos tan comunes, como ir de compras al supermercado.

Nada como la familia. Cuando la vida no se ajusta a nuestros planes y sufrimos bajas, en sus apapachos y palabras encontramos confort. En ella obtenemos el apoyo, la ayuda desinteresada, el abrazo cuyo amor cura heridas, la advertencia oportuna, la evolución del pensamiento de las nuevas generaciones, el acelerado paso del tiempo. Los cambios.

Olvidamos la principal enseñanza de la vida, que en un pleito no gana nadie. Y, sin embargo, en las redes sociales todos se dan de sartenazos y agresiones físicas y verbales, madres contra hijas, blancos contra arco iris, liberales contra conservadores. Permea el discurso del odio, un sentimiento tan fuertemente arraigado en el fondo de nuestro hígado, que fácilmente nos contamina y se desborda.

Es un ambiente en el que ni siquiera podemos opinar sobre la realidad, sin adjetivos, sin pasiones, porque enseguida te caen encima los odios de todos colores y sabores. No existe la etiqueta “ciudadano común que se preocupa por el mundo que heredará a sus hijos”. No. Para el mundo polarizado no existen los seres comunes, quienes sienten en carne propia los vaivenes de la política socioeconómica nacional y local, sólo existen las etiquetas con las que los otros te identifican con unas siglas, con un color o con algún grupo político.

Quienes tienen la dicha de estar con su familia en este periodo de vacaciones escolares saben de qué hablo: de la oportunidad de un encuentro especial con la pareja y los hijos, con los padres y los hermanos. Nadie conoce qué está escrito en el libro del destino, nadie espera las pruebas de vida y de amor que nos esperan en cualquier minuto. Nadie sabe cuándo será el último día con las personas que amamos.

En familia

Por eso, cuando estoy con la familia ahora me alejo del teléfono, solo atiendo asuntos muy urgentes. Platicar con la familia es como respirar una bocanada de aire fresco en los bochornosos veranos yucatecos. Como el viento de agua que nos refresca en las tardes de lluvia. Como el olor a tierra mojada en los cocoteros. En esos momentos, los problemas se alejan de mi pensamiento.

Recuerdo unas letras del escritor Jürgen Klaric: “La mente es un imán: si piensas en oportunidades, atraes oportunidades; si piensas en problemas, atraes problemas. Necesitamos cultivar hábitos mentales que nos mantengan positivos y optimistas. Obtenemos lo que cultivamos. Y cultivamos lo que pensamos”. Cuando estoy con la familia, en automático desyerbo los pensamientos negativos.

En compañía de la pareja y los hijos, de los padres o hermanos, encontramos nuevos enfoques, propositivos, para enfrentar los retos de cada día. Por supuesto que no fluye la inversión pública, que hay grandes rezagos en el campo, que la economía no avanza al ritmo esperado, pero también es cierto que en ese entorno hay oportunidades escondidas. Sumirnos las 24 horas en un ambiente hostil sólo nos enfermará la mente y el corazón. No todo es pesimismo, destrucción, malos augurios, el Apocalipsis.

También vivimos sueños pero no los disfrutamos. Los descubrimos en los pasillos del supermercado, en el asiento de un autobús. Estamos a tiempo de descubrir la magia de un día de cine, de una cena, de una visita a los familiares de otras épocas, de otras regiones del mundo. Es la clave para activar de manera positiva el imán de nuestra mente.

En los cursos de agricultura orgánica aprendí que los seres humanos y las plantas tenemos una estructura celular química muy semejante. No podemos escapar a las leyes de la naturaleza: cosechamos justamente lo que sembramos. Intentemos sembrar pensamientos y sentimientos positivos todos los días.

Despertar el poder de nuestros pensamientos es hacernos responsables de nuestras emociones y de nuestra salud mental para crear nuestra realidad. No se trata de estar paranoicos con lo que pensamos. Más bien, de tomar responsabilidad para cambiar los pensamientos negativos y de reconciliarnos con nuestro pasado, sea con ayuda de un profesional, un libro o un familiar que nos ayude a cambiar patrones de pensamiento que no aportan nada a la visión de vida que queremos alcanzar.- Mérida, Yucatán

pedrocabreraq@hotmail.com

Empresario

 

Despertar el poder de nuestros pensamientos es hacernos responsables de nuestras emociones y nuestra salud mental para crear nuestra realidad.

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