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El presupuesto cultural

Ana Méndez Petterson

El Macay en la cultura

Rafael Alfonso Pérez y Pérez (*)

El gasto público programable es el conjunto de recursos o pagos que se destinan a cada una de las instituciones que conforman los tres niveles del gobierno (federal, estatal y municipal), entidades, dependencias y organismos públicos, etcétera.

Incluye las aportaciones federales así como los recursos transferidos a las entidades federativas y municipios, por lo cual podemos decir que son economías destinadas a la producción de bienes y servicios para satisfacer necesidades y demandas de la ciudadanía.

Si bien la planeación del presupuesto es facultad del Ejecutivo (Federación, estado y municipio) y su aprobación, de las respectivas cámaras, las propuestas deben estar basadas en un análisis que valore la necesidad de la cultura y su ineludible papel en la sociedad contemporánea, tanto como un derecho (de acceso y diversidad) en tanto base fundamental de la democracia, como recurso económico directo que activa la creatividad y la innovación.

En ese sentido, la cultura es un elemento primordial de la redistribución y la inclusión social, la participación democrática y la construcción de una identidad colectiva, por lo cual su valoración no debe verse como un “gasto” sino como una inversión que permite la accesibilidad de todos los ciudadanos a la variedad de creaciones simbólicas. Para ello, no hay que olvidar el apoyo directo a los creadores culturales, especialmente los emergentes y grupos o colectivos de trabajo.

Cuestionadas

Si bien existen en la actualidad algunos apoyos directos bajo la modalidad de “becas”, estas subvenciones a fondo perdido han sido y serán cuestionadas no por su finalidad, sino por su opacidad y forma de asignación endógena, por lo cual habría que modificar las convocatorias para hacerlas más competitivas y concedidas por comisiones independientes para constituirla en herramienta con criterios cualitativos para apoyar preferentemente a los nuevos creadores y grupos artísticos que no hayan gozado de ellas.

Hay que recordar que algunos cuestionamientos que ponen en riesgo su existencia son el exceso de su goce hasta hacerlas un “modus vivendi” y la falta de necesidad económica por los beneficiados o de transparencia sobre su retribución social.

En los últimos años, y debido a los recortes en los distintos presupuestos, nuestro sector se ha visto seriamente afectado, además de que, debido a la crisis económica, el consumo cultural de las familias ha caído, sin contar la “inflación silenciosa” que ha encarecido los insumos para la producción artística. Esto plantea un panorama desolador para 2021, por lo cual una de las apuestas a futuro debe ser los apoyos de la educación vinculada con la cultura, pues existe la premisa de que “solo quien conoce, consume”.

Valor propio

Por otra parte, la diversidad de producción cultural constituye un valor propio, algo que se añade a la calidad de vida de una nación, y dada esa multiplicidad de ámbitos los consumos culturales son complejos y requieren para su atención que se tengan pendientes algunos aspectos a la hora de la planeación del presupuesto: número de centros dedicados a la cultura, superficie de los espacios culturales, calidad y necesidades de los centros culturales, índice del gasto en cultura por habitante, estadísticas y censos de creadores y agentes culturales, accesibilidad del público o frecuencia de visita, y prioridades de conservación y/o restauración.

Podemos decir que la planeación estratégica debe entenderse como un instrumento de visión gubernamental para orientar la acción política hacia los objetivos planeados, apoyándose en instrumentos como las estadísticas, los informes de resultados y la eficiencia del presupuesto ejercido.

La planeación del presupuesto cultural debe realizarse de forma participativa, tomando en consideración no solo los resultados cuantitativos, sino cualitativos.

Director del Museo Fernando García Ponce-Macay.

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