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El profeta por fin revela su identidad

Foto: Megamedia

Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

El profeta sabía que corría delante del Mashiaj, el prometido por HaShem, siglos incontables atrás; desde que Ádam y Hava por su desobediencia envejecieron y murieron lejos de toda esperanza de salvación.

Recuerdo querido lector, que una de aquellas noches —orantes y serenas— después de una intensa jornada, el profeta me dijo “Debo decrecer para que él crezca”.

Entendí, entonces, que su perfil de identidad lo regía por principios psicológicos de un orden superior a los conocidos.

La ansiedad de los interrogadores había sobrepasado ya la invisible línea que la separa de la angustia y se sintieron tan confundidos como aterrados cuando le escucharon decir:

“No, no soy Eliyahú”.

“¿Quién eres entonces? Preguntaron aterrados esperando —para ellos— la peor de las respuestas. Sin embargo, el profeta aprovecha la pregunta y responde:

"Yo soy la voz del que clama en el desierto”.

Sus interrogadores recordaron a Yeshahías.

Sabían que esas palabras recordaban el deseo de Yahvé Elohim de visitar a su pueblo cautivo en Babel y de enviar a un precursor para preparar el encuentro. El profeta, para disipar toda duda, declara:

“Yo soy la voz; el que viene detrás de mí es el Verbo”.

“La voz es pasajera; el Verbo ha existido desde siempre, ya está en medio de nosotros pero ustedes no lo conocen”.

Esta profunda declaración turbó su soberbio protagonismo religioso que los hacía sentirse, no administradores fieles, sino dueños absolutos de la salvación esperada por el pueblo.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

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