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¿El umbral de una nueva era?

El siglo XXI

Manuel Castillo Rendón (*)

Estamos a casi un año de que a consecuencia del ataque de un micro-ejército, que no lanza bombas ni proyectiles pero que con una efectividad mayúscula ha diezmado sin piedad y puesto de cabeza a toda la humanidad, desde los gobiernos, los sistemas de salud, la movilidad, las relaciones sociales, la educación en todos los niveles, los negocios, el trabajo, el comercio en todas sus variables, el deporte, el turismo y sus servicios, todo, absolutamente todo, y que además a este macro problema de salud se sumaron las catástrofes climáticas en nuestro estado, en otras entidades del país y en el mundo.

En este escenario me viene a la mente una frase que citaba mucho mi padre en su actividad como ingeniero civil: “Dios siempre perdona; el hombre, a veces perdona, pero la naturaleza, nunca”. Y hoy lo estamos experimentando con creces, porque la hemos desafiado.

Pero también en otras épocas se han presentado eventos naturales o provocados por el hombre que, en mayor o menor escala y por diferentes motivos, se salen de control. Sin embargo, el instinto, la inteligencia y la disposición para adaptarse de acuerdo a los patrones culturales, seguimos habitando (¿?) el planeta.

La crisis que hoy vivimos la percibo como el parte-aguas que define un antes y un después. La primera consecuencia provocada por el sujeto Covid-19 nos ha obligado a encerrarnos o semi-encerrarnos en nuestra vivienda, el espacio supuestamente diseñado para ser un “hogar”, que en el sentido poético de Gaston Bachelard la define como: “la concha del caracol, que lo envuelve”, o “el nido que nos arropa y protege”, pero que en nuestra realidad económica se presenta, la más de las veces, como “la máquina para vivir” (LeCorbusier), y no como “el espacio para habitar”.

Pues este espacio que universalmente conocemos como “la vivienda” se ha convertido en un polifuncional que es: aula, oficina, auditorio, gimnasio, podio, iglesia, cine, en donde lo fundamental es el internet y los múltiples medios electrónicos para comunicarnos, y que cuando fallan entramos en una crisis existencial. También sirve para otras funciones primarias como el comer, asearse y dormir. Otro efecto es que hasta el vestir ya se relajó. Ahora solo basta con cuidar la imagen de la cintura para arriba y apuntar bien la cámara para no hacer el ridículo y convertirnos en una imagen viral.

Las actividades sociales ajenas al núcleo familiar han quedado limitadas o de plano marginadas. En consecuencia, la vivienda como la conocemos está en proceso de mutación, de desaparecer, para regresar al “cuarto redondo” (casa maya, o el lanai, espacio finlandés), lugar en donde se hace de todo, pero que no es específico para algo.

Hoy en día muchas actividades se realizan desde la vivienda, aunque algunos aún no lo aceptamos completamente, como: las transacciones bancarias, compras de alimentos, o de cosas que no necesitamos; estamos en vías de que empiecen a desaparecer los edificios para oficinas, comercios, eventos masivos como convenciones, y otras funciones más, provocando espacios vacios, lo que nos lleva a que también las ciudades se necesitarán transformar para poder fomentar algo que no se debe perder: la socialización, la humanización del espacio público, y éste deberá tener un significado especial que achiquite el sentido de aislamiento al que seguiremos estando expuestos.

Otro tema que hay que considerar es la edad de la población que va en aumento, lo que también modificará el sentido y los alcances de la movilidad universal incluyente.

En estas condiciones hay que abordar este nuevo escenario para discernir y plantear el cómo reaccionar ante este hecho que, para algunos, será iniciar una “re-ingeniería”; para otros, los “criterios o soluciones enfocados en la resilencia”, pero que a fin de cuentas es reinventarnos, empezar a crear otro estilo de vida, acorde a cada cultura, pero pensando en la suma de todas ellas porque ahora más que nunca seremos pobladores globales. Nada fácil, ni sencillo.

Como adolescente experimenté la psicosis de las consecuencias de una guerra nuclear, motivadas por las crisis políticas que podían terminar en ello, así que fui testigo de los proyectos para la supervivencia familiar y lo que deberían tener las ciudades visibles o subterráneas para poder sobrevivir a un posible cataclismo nuclear. Películas sobre estos temas, de guerra y pandemias sobran.

Ya no me planteo el estar expuesto a una guerra nuclear. Tengo más temor por una guerra de otro enemigo como el que nos está atacando desde hace un año, que no tiene bandera y que no le importa ni respeta a nadie.

Por lo que les pregunto a las autoridades: ¿ya se plantearon este escenario?— Mérida, Yucatán.

creasoc@prodigy.net.mx

Arquitecto, exfuncionario federal, estatal y municipal

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