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El valor del sacerdote formador

Semana del Seminario 2019

Oscar Remigio Montero Canul (*)

El don de la vocación al presbiterado, sembrado por Dios en el corazón de algunos hombres, exige de la Iglesia proponer un serio camino de formación: “Se trata de custodiar y cultivar las vocaciones, para que den frutos maduros. Ellas son un “diamante en bruto”, que hay que trabajar con cuidado, paciencia y respeto a la conciencia de las personas, para que brillen en medio del Pueblo de Dios”.

Con estas palabras la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis sobre la formación de los futuros presbíteros deja clara la importancia de este proceso, está por demás apuntar que esta tarea es encomendada a sacerdotes que en el ámbito coloquial son llamados “formadores”.

Hoy quiero dedicar estas líneas a aquellos que dedican su vida a la formación de los futuros sacerdotes, acompañantes del descubrimiento y maduración de la vocación hacia el ministerio ordenado. Seguramente amigo lector, conoces a padres de familias, o puedes hablar por experiencia propia de este rol tan importante en la relación padres e hijos, nada distante a la relación formadores y seminaristas. No te ha pasado que llegas a un conocimiento tan profundo de los hijos que tienes un ojo clínico para diagnosticar las posibles causas de su comportamiento, berrinches, enojo, alegría, tristeza son sólo algunas de las expresiones que la vivencia de esta relación te ha permitido ver y que hoy puedes experimentar con sabiduría proponiendo las mejores soluciones, sin embargo, a veces las reacciones pueden sorprenderte.

El descubrimiento y maduración de la vocación dependen de un buen guía que ha pasado por este proceso, es verdad las relaciones humanas como las de padre e hijo, y en este caso formador y seminarista, no siempre tienen las reacciones esperadas, de hecho el servicio de formador está catalogado, si se puede decir así, como uno de los terrenos más áridos del ministerio sacerdotal.

Proceso difícil

Desde mi experiencia como seminarista quiero escribir lo difícil que ha sido este proceso, no es fácil llegar a depositar toda tu vida en manos de un desconocido, al menos en un inicio, contarle todas tus dolencias, carencias, alegrías, virtudes, motivaciones, pecados…

Humanamente eso desestructura, para muchos parecería hasta ilógico, pues te hace vulnerable, este sujeto receptor de todo esto puede hacer lo que quiera con tu vida, puede incluso destruirte, arruinarte, sin embargo, eso no sucede. De hecho, ése es el único camino para que el día de mañana cuando el Obispo en el rito de ordenación pregunte por nuestra dignidad: ¿sabes sin son dignos? El formador pueda responder con toda seguridad que conoce todo de nosotros, depositar la confianza en el sacerdote que Dios ha puesto como acompañante para el descubrimiento y maduración de esta vocación es sin duda alguna la experiencia del hijo que después de una vida puede decirle al padre con todo el corazón y desde lo profundo gracias por acompañarme, por no dejarme caer. Porque hoy puedo decir que con tus consejos he construido una casa sobre roca y no sobre arena, que puedo confiar en otros y guiar a otros, que no soy el superhéroe, que tengo fragilidades, pero que gracias a tus enseñanzas puedo luchar con ellas.

En la parroquia las personas son afectuosas con los sacerdotes, es verdad, a ti formador que tal vez anhelas humanamente esto y que te ha tocado vivir en la aridez de la formación, quiero decirte que puedes confiar en mí, que mis muestras de afecto no son tal vez las más atinadas, que hay instantes que parezco no estar atento.

Que muchas veces puedo estar cansado, que parece que mi resiliencia y parresía están pasando por un invierno, que mis actitudes pueden estar tapizadas de otras motivaciones, que en el fondo pueden haber actitudes más humanas que evangélicas; sin embargo, quédate tranquilo que tu honestidad y entrega me motivan a buscar, como tú, parecerme cada vez más a Cristo. Gracias.

Seminarista de cuarto de Teología

 

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