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El vicio, paisaje de pesadillas

Seguimos avanzando. El paisaje era de una pesadilla inimaginable

 

Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz (*)

Sin salir todavía de mi asombro por las sorprendentes declaraciones hechas por mi guía Sobriedad acerca de los trastornantes efectos de la gula, comencé a percibir en todo el ambiente una extraña brisa.

¿Por qué a medida que avanzamos, pregunté, se enrarece el ambiente?

Muy cerca estamos, contestó Sobriedad, del Valle de los caídos.

En ese mismo momento, a corta distancia, observé una especie de gran lago, amarillento, efervescente, cuyas burbujas al reventar expelían un denso humo que se adivinaba gaseoso y, a la vez, pestilente.

Seguimos avanzando. El paisaje era de pesadilla.

Advertí en mi interior, como si leves síntomas de ansiedad trataran de tomar el control de mis pensamientos y reacciones.

Sentí punzadas en el pecho como por falta de oxígeno, mi vista se nublaba por inusual somnolencia.

¿Qué lugar es este que provoca tan inexplicables síntomas? Ni tan inexplicables mi avisado aprendiz, contestó Sobriedad.

Lo que estás sintiendo es causado por lo que evapora ese pestífero lago.

Y, aunque no lo parezca, reveló, ese lago está habitado. ¿Habitado?

¿Qué puede sobrevivir en tan insano lugar? Pregunté con asombro.

Los ángeles caídos, mi demandante aprendiz. ¿Ángeles caídos? Pregunté asustado. Y muchísimos seres humanos que han caído en las redes de sus apetitosos pero cínicos ofrecimientos, contestó con cierto desconsuelo; de los cuales ningún ser humano se encuentra del todo libre de verse seducido por ellos, concluyó.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento, MATIA Instituto Gerontológico.Antonio Alonzo aalonzo@crehas.org

 

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