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Elefante en la sala

Segundo debate presidencial

Antonio Salgado Borge (*)

Lo leí en un meme:

Hija: Papá, soy de izquierda y estoy a favor del pueblo.

Papá: ¿Cómo vas en la escuela?

Hija: Tengo puro 10.

Papá: ¿Y tu amiga?

Hija: Ella apenas alcanza el 6.

Papá: ¿Por qué no le dices al profesor que le ponga 8 a ambas?

Hija: ¿Cómo crees? Yo estudio mucho y ella es una irresponsable.

Papá: ¡Bienvenida a la derecha!

Esta noche se llevará al cabo el segundo debate entre los candidatos a la presidencia de México. Si bien verlo y analizarlo es tarea de cualquier persona interesada en conocer mejor a los candidatos y a sus propuestas, lo más probable es que, al igual como ocurrió con el debate pasado, lo que se diga hoy impacte poco o nada en el resultado de la elección presidencial. Es esperable que Ricardo Anaya haga un gran debate, que tenga muy bien ensayadas cada una de sus respuestas, que exhiba su notable capacidad discursiva y que gane algunos votos. Sin embargo, la atención de propios y extraños no estará puesta en el queretano, sino en el candidato de Morena. Este análisis estará dedicado a intentar entender por qué es este el caso. Y por qué nada de lo que diga Anaya cambiará sustancialmente su posición en las encuestas.

Que la atención esté puesta en AMLO es sintomático en al menos dos niveles. (1) Por principio de cuentas, el candidato de Morena encabeza la encuesta más confiable —es decir, la que ha probado ser más certera en el pasado— por 18 puntos (“Reforma”, 02/05/2018). Además, en los instrumentos de “El País” y de “Bloomberg” —dos empresas internacionales— que promedian encuestas asignándoles un valor de acuerdo con su confiabilidad, Ricardo Anaya se encuentra entre 16 y 19 puntos debajo de AMLO. Según el último cálculo “El País”, hace un mes AMLO tenía 85% de chance de ganar la presidencia. Con un mes menos de campaña y considerando que los números prácticamente no se han movido uno esperaría que este porcentaje fuera hoy el mismo o más alto. Por ende, es esperable que buena parte del electorado vea con especial atención o, incluso, morbo a quien, en caso de no ocurrir algo extraordinario, será su próximo presidente.

Pero para entender por qué la atención estará puesta en AMLO y no en Ricardo Anaya, también debemos considerar que (2) Anaya no ha logrado conectar con la gran mayoría del electorado. Cuando mucho, una tercera parte de los mexicanos se sienten atraídos por el proyecto o discurso del candidato panista. En algún momento, el Frente pudo ser un proyecto antisistema que agrupara a lo mejor de la sociedad civil mexicana. Así se anunció el año pasado. Pero en el camino algo pasó. En algún momento Anaya habló de meter a la cárcel a Peña Nieto y pareció querer arrebatar esa bandera a Morena. De nuevo, algo sucedió y el discurso opositor panista se esfumó para dar paso a un discurso dedicado a confrontar al primer lugar en las encuestas.

Justamente ésta será la posición de Ricardo Anaya esta noche. Y lo más probable es que, como hasta ahora, no le resulte. Y es que a estas alturas prácticamente no hay nada que pueda decirse contra AMLO que sea suficiente para llevarle a perder los votos suficientes como para desbancarlo del primer lugar donde hoy se encuentra. Recordemos que la intención de achacarle supuestos vínculos con Rusia fracasó por no corresponder con la realidad y que la corrupción de algunos integrantes de su partido —otra crítica común en su contra— es real, pero acusar a alguien de corrupto no puede ser suficiente cuando uno lo dice, como lo hacen Meade o Anaya, flanqueado por corruptos.

Un último recurso para intentar revertir el actual estado de cosas es vincular a AMLO con el desastre. Esta estrategia, popular en un segmento de militantes o simpatizantes de Anaya, viene en dos versiones: la “dura” y la “suave”. La “dura” implica que AMLO será el Hugo Chávez mexicano. Así, en las últimas semanas la cantidad de contenidos que muestran el desastre de la dictadura bananera de Nicolás Maduro y que son compartidos por opositores de Morena como “advertencia” de lo que podría ocurrir en México a partir del próximo año. Es bien sabido que esta estrategia no es nueva; se trata de un refrito de la campaña “un peligro para México” que fue tan exitosa en 2006. Es muy probable que Ricardo Anaya recurra a este tipo de alusiones en el debate de hoy. Y si lo hace, se revelará desesperado.

El problema para quienes han relanzado esta campaña o para quienes la difunden en redes sociales es que esta estrategia difícilmente funcionará este año. No funcionará, en primer lugar, porque no hay ninguna evidencia de que AMLO, un civil de más de 60 años, con carrera dentro del sistema de partidos, exgobernador de la capital del país y rodeado de moderados, quiera o pueda convertirse en un dictador vitalicio. Es decir, la versión dura equivale a un dardo que se inserta fuera del blanco. De acuerdo con la encuesta más reciente de “Reforma”, los mexicanos más educados y los más jóvenes no ven a los supermercados mexicanos quedándose sin “Zucaritas” en caso de que AMLO se convierta en presidente. Tampoco ven esta posibilidad la mayoría de los académicos nacionales o internacionales. Es decir, la justificación y la conversación está limitada a círculos muy cerrados y se justifica y acompaña con memes en redes sociales.

Otra versión de la estrategia “dura” consiste en vincular a AMLO con el desastre pasa por relacionar a la izquierda con el socialismo. Así, los memes que “explican” que el socialismo conduce necesariamente al desastre se han multiplicado. Pero hablar de socialismo es mucho más complejo que un meme e implica conocer la historia, las versiones, y los contextos en que ese término encuentra un referente. No tiene sentido dedicar aquí espacio a ello: guste o no, AMLO y Morena están a años luz de ser socialistas. Desde luego, como en todos los partidos o corrientes, en Morena y en la izquierda hay radicales, pero, al igual que, por ejemplo, el Yunque en el PAN, éstos son minoría y no serían quienes lleven las riendas del país o del partido. Lo que mucha gente ve en Morena, con razón o no, no es ni socialismo ni despojos injustos, sino la posibilidad de verse representados.

La versión “suave” de la estrategia para vincular a AMLO con el desastre consiste en atribuirle la intención de quitar injustamente a los que trabajan para darle a los que no y en hablar de que su discurso contra la injusticia o la desigualdad es riesgoso e ¡injusto! Si la versión “dura” es un dardo que pega fuera del blanco, la versión “suave” es un dardo que da media vuelta en el camino y se vuelve contra su tirador. Quienes defienden esta versión y juran que quienes votarán por AMLO tienen que ser ignorantes o alienados pierden de vista que México es uno de los países con más desigualdad, que nuestros mecanismos para redistribuir son pésimos, que el poder adquisitivo de las clases medias y bajas se ha desplomado desde que adoptamos el modelo neoliberal sostenido desde hace más de 30 años, que hoy en México nacer pobre virtualmente condena a ser pobre y nacer rico virtualmente garantiza mantenerse rico, que la violencia y las injusticias pegan con mucho más fuerza a quienes menos tienen, que nuestro salario mínimo es el segundo peor del continente o que las más grandes fortunas del país acaparan las ganancias y dictan políticas que garantizan que esto continúe.

Y para ver todo lo anterior, no hace falta padecerlo en carne propia. En ocasiones, un poco de empatía, de generosidad o de amor al prójimo son suficientes.

Papá: ¿Por qué no le dices al profesor que le ponga ocho a ambas?

Hija: ¿Cómo crees? Yo estudio mucho y ella es una irresponsable.

Papá: ¡Bienvenida a la derecha!

El diálogo con que empezó este artículo, titulado magistralmente por el escritor Luis Felipe Lomelí “Educando a tu hija a ser una egoísta de mie…”, está diseñado para engañar. Lo está porque en México la amiga de la niña representaría a una persona que no tuvo alimentación adecuada en su infancia, que creció hacinada en un cuarto con toda su familia, que tuvo que trabajar desde pequeña, que vive carencias materiales que le impiden progresar académicamente o que está condenada socialmente por su condición indígena. ¿Es mucho pedir que la hija ceda dos puntos sobrantes para que ambas tuvieran ocho? ¿En verdad estamos dispuestos a llamar a esto una injusticia?

Para efectos de este artículo, lo importante es que una de las causas por las que AMLO es inmune a la versión “suave” de la estrategia en su contra es porque los mexicanos agraviados por el estado de cosas que han padecido desde la cuna, sumados a los que empatizan con ellos, son más que los que no viven o no entienden la injusticia. En 2018, los mexicanos que piden a gritos redistribución, justicia, equidad, igualdad de oportunidades y respeto a los derechos humanos son casi la mitad del electorado. Personas que —con razón o no— ven a un sólo proyecto —corrupto o no— en la boleta capaz de defender estas banderas y empezar a atajar estos problemas. Es a estos mexicanos que Ricardo Anaya tendría convencer esta noche de que AMLO es un irresponsable. O de que el Frente está a tiempo de representarlos.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

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