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Fascismo en tiempos revueltos

Cosas cotidianas

Javier Caballero Lendínez (*)

Tenía un amigo en la escuela que era un fichaje de los de relumbrón. Ni Cruyff en aquel Barcelona destinado a cambiar para bien el fútbol. Ni Maradona cuando consiguió unir Nápoles al son de un tango, ni Van Basten, Gullit o Maldini cuando elevaron a los cielos a aquel Milán estratosférico de Arrigo Sacchi. Pero no; no hablo de la clase futbolera de mi amigo, que era poca, casi inexistente. Él era muy malo, tanto que era el árbitro designado siempre aunque jugáramos un dos contra dos.

Antonio no era muy avispado ni ducho en lides como las ciencias o las letras, pero eso sí, tenía empuje y actitud, como los cantantes de esos shows televisivos de capa caída en los que los gallos se ocultan con una buena actitud con el micrófono. Tenía todo eso, pero le faltaba chispa. Lo suyo, en resumen, era más físico, más vivo y más práctico.

Vino a mi cabeza Antonio de repente, cuando leía sin querer (literalmente sin querer) un artículo que encontré en la salvaje marabunta que hoy es Internet. Ese artículo hablaba de un sesgo cognitivo o efecto psicológico llamado “Dunning-Kruger”.

Posiblemente, a ojos de un simple humano esto puede sonar a arameo, pero debajo de ese concepto hay una explicación que más o menos reza así: este efecto hace que personas con pocos conocimientos o habilidades crean a fe ciega que son superiores en estos aspectos frente a otras mucho más preparadas.

Me vino a la mente Antonio porque el pobre pensaba que era un crac de época, cuando no, no lo era. De hecho, al leer sobre este tema no solo pensé en él; también en algún que otro gobernador de este país y hasta un presidente… o dos. En fin, que hay mucha tela de dónde cortar y mucho alpiste para tanto jilguero.

También recordé, casi instintivamente, a un venezolano lamedor de botas profesional de aquel dictador tapado, el “pajarito” Hugo Chávez, y de su hijo putativo, Nicolás Maduro. El tipo apareció hace unas semanas en mi perfil de Twitter para insultarme llamándome fascista por expresar una opinión (vehemente, eso sí, lo reconozco) contra un régimen comunista (en asociación con un socialismo centrista sin rumbo) que se coló recientemente en la política española de primera línea como un ladrón de poca monta y, esperemos, tiempo limitado.

Cuando leía acerca del efecto “Dunning-Kruger” lo entendí. “Este tío (el venezolano) no tiene ni pajolera idea de lo que significa el término ‘fascista’, ni está cerca de entenderlo”. Haciendo a un lado que el término fue muy popular con Benito Mussolini en la década de los años 20 y otros movimientos como la falange española en los 30, por ejemplo, “fascista” es sinónimo de totalitario, militarista, contrario a las libertades personales, represivo y, por supuesto, dictatorial en toda la extensión de la palabra. ¿Les suena?

Hoy, parece que el término “fascista” se usa exclusivamente para ir contra aquellos que no están de acuerdo con el régimen imperante, especialmente si ése es de izquierdas o extremas izquierdas. Lo malo es que la sociedad ha aceptado ese término con esa acepción errónea. Y lo peor es que no solo lo acepta, sino que lo reproduce a diestro y siniestro.

El venezolano se esmeró mucho en sus comentarios sin darse cuenta de que idolatraba a un par de fascistas como Chávez y Maduro; porque el primero lo era, y el segundo lo es, de los gordos, de los muy gordos aunque su corriente quiera decir otra cosa sobre el papel. Y como este dúo, otros muchos líderes en todo tipo de países. Al final, el venezolano se puso bastante irreverente, salvaje y aburrido, y zanjé el asunto de una manera cordial, recordándole la importancia del ácido fólico y sus beneficios, pero sobre todo, de leer, contrastar e informarse para sacar sus propias ideas.

Todo este tema me hizo pensar (más si cabe), en que la ignorancia es muy altanera, especialmente si está mal encauzada; también, que esa ignorancia es opio para los dictadores modernos izquierdistas (enemigos del fascismo… o amigos… o amantes… o qué se yo). Ojo, no digo que yo no sea ignorante, puesto que lo soy y mucho. Muchísimo, diría yo, pero no me considero un atrevido para hacer alarde de mis limitaciones.

Réquiem

Miguel de Unamuno, prolífico escritor y filósofo español de la última mitad del siglo XIX y primera del XX, era un tipo que dejó un legado que traspasó fronteras y generaciones. Tenía de todo menos humildad y, por supuesto, ignorancia. Unamuno sí era un crac.

Hace unos cuantos años, Pablo de Unamuno, nieto de Miguel, recordaba una anécdota de su abuelo con el rey Alfonso XIII en 1905 durante la entrega de la Gran Cruz de Alfonso XII de la que se hizo acreedor: “Es para mí un honor recibir esta condecoración que merecidamente se me otorga”. El rey expresó su sorpresa al escuchar esas palabras puesto que el resto de condecorados mostraban su humildad y su diplomacia al afirmar el poco merecimiento del galardón otorgado: “¡Caramba, hasta ahora todos los condecorados me habían dicho que no merecían el honor de serlo!”. Unamuno, ciertamente parco en palabras, pero franco integral, sentenció: “Probablemente ellos tenían razón. No lo merecían”.

Cierta o no esa anécdota recogida en diferentes documentos, el efecto “Dunning-Kruger” decidió tomarse unas vacaciones —afortunadamente— con Miguel y dedicarse a sus quehaceres, que no eran pocos.— Mérida, Yucatán.

Periodista español de Grupo Megamedia

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