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Gigante de la ciencia

Mario Molina

Por Alejandro Legorreta (*)

Los científicos pueden plantear los problemas que afectarán al medio ambiente con base en la evidencia disponible. Pero su solución no es responsabilidad de los científicos, es de toda la sociedad —Mario Molina

El miércoles pasado, 7 de octubre, leí la tristísima noticia que anunciaba el fallecimiento del doctor Mario Molina, una de las personas, a mi parecer, más importantes de la historia científica.

No solo fue merecedor de un Premio Nobel de Química y el tercer personaje mexicano en obtener el galardón sueco (primero en esa categoría), sino que dedicó su vida a luchar contra una contundente amenaza para la especie humana: el cambio climático.

Si no fuera por él y sus investigaciones, no habría surgido el Protocolo de Montreal de las Naciones Unidas y tampoco se hubiera hecho el importantísimo Acuerdo de París. Su trabajo de vida fue una extraordinaria contribución para detener los métodos contaminantes clásicos y empezar a construir una vida de energías limpias, países responsables y gente consciente.

Su interés por las ciencias empezó desde que era muy chico cuando una tía, hermana de su papá y química de profesión, le enseñó a hacer experimentos caseros.

Al poco tiempo, llenó el baño de su casa en el sur de Ciudad de México de probetas, matraces y microscopios. Al graduarse de preparatoria, Molina se inscribió a Química, en la UNAM. Luego hizo un doctorado en Berkeley, California, y se quedó en Estados Unidos varios años, donde fue docente e integrante de reconocidos laboratorios.

En la época de los 70, durante su tiempo como profesor, conoció a Frank Sherwood Rowland y a Paul Jozef Crutzen, con quienes entabló una larga y cercana relación profesional. Ellos tres empezaron a indagar en el impacto de las acciones humanas en el medio ambiente.

Sus investigaciones, publicadas en 1974, abrieron la puerta para el Protocolo de Montreal de 1985, una de las primeras acciones globales para combatir el cambio climático, diseñado para que las naciones redujeran la producción y consumo de las sustancias que destruyen la capa de ozono.

En octubre 1995 se anunció que Molina, Rowland y Crutzen eran los merecedores del Premio Nobel de Química por las investigaciones publicadas 21 años antes, en donde demostraban que la emisión de gases CFC (clorofluorocarbonos, derivados de los hidrocarburos) estaban destruyendo uno de los elementos terrestres que nos permiten existir: la capa de ozono.

Fue por esta época cuando se empezó a crear conciencia del uso de aerosoles, asunto novedoso y del cual la mayoría nos enteramos. A pesar de que el estudio publicado por los químicos fue fuertemente criticado, la tenacidad del mexicano y sus compañeros logró que la conciencia pública y también las decisiones políticas comenzaran a cambiar.

Veinte años después, en 2015, se creó el Acuerdo de París, también con enorme influencia del trabajo del doctor Molina que, para entonces, ya había crecido muchísimo. Fue este acuerdo, firmado por 96 países y la Unión Europea, el que comenzó a medir y limitar la emisión de gases de efecto invernadero.

El impacto de las investigaciones del doctor Molina y compañía no sólo llegaron a las altas esferas políticas y gubernamentales. También impactaron, de manera positiva, a la sociedad, que comenzó a recibir información de que las acciones del presente importan para el futuro.

Las universidades empezaron a abrir la carrera de ecología y empezaron a multiplicar la publicación de estudios enfocados al ambientalismo. El trabajo del doctor Molina fue antecedente para otros y otras grandísimas mexicanas como Valeria Souza, Gerardo Ceballos y Julia Carabias, por mencionar algunos nombres.

La creación del Centro Mario Molina, en el 2005, ha permitido que México tenga investigaciones de peso para proteger el medio ambiente.

Hace algunos años tuve la oportunidad de invitar al doctor Molina para que impartiera una plática en el Value Investing Forum. Al terminar, conversamos durante algunos minutos.

Recuerdo muy bien el mensaje que me dio al despedirnos: “Alejandro, México no puede seguir apostándole a la mano de obra barata. Necesitamos que el gobierno y la iniciativa privada inviertan más en investigación y desarrollo; sólo así México tendrá un mayor y mejor desarrollo. Así que vamos a convencer a más: ésa es una tarea de todos”.

Su mensaje fue claro y contundente, y sin duda logró reafirmar mi compromiso en impulsar esas áreas en los sectores donde me involucro.

El doctor Mario Molina es uno de los hombres más importantes de la historia contemporánea. Fue un extraordinario mexicano que nos dejó de ejemplo a todos y todas la importancia de trabajar duro, de cuidar nuestra Tierra, de abocarse a lo propio y de impulsar que los demás también lo puedan hacer. El doctor Molina nos regaló la oportunidad de cuidar nuestro futuro.

En menos de 280 caracteres: una atmósfera más cálida favorece el aumento de la capacidad de retención de vapor de agua de aire y, por eso, en un futuro, mientras más aumente la temperatura del planeta, más aumentará la cantidad de lluvia generada por las tormentas tropicales. Está claro: debemos actuar.— Mérida, Yucatán.

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