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Guillermo Fournier Ramos: Virtudes sociales

Ciudadanía responsable

Guillermo Fournier Ramos (*)

Con frecuencia escuchamos términos como cohesión social, ciudadanía o cultura ciudadana, pero son pocas las veces en que nos detenemos a reflexionar sobre el significado profundo de dichos conceptos y sus alcances en nuestras vidas diarias.

Pues bien, para abordar el tema habría que comenzar por remontarse un largo trecho en la Historia y llegar hasta la Antigua Grecia, donde la noción de polis se configura y sienta las bases del concepto moderno de ciudad.

En palabras simples, se establece un conjunto de reglas de convivencia aplicables a un grupo amplio de personas residentes de un territorio delimitado.

La organización social basada en leyes y principios logra así brindar mayor seguridad y estabilidad a las comunidades.

Más tarde, durante el Imperio Romano, este sistema se consolida, aunque entra en un proceso de evolución y transformación que persiste en la actualidad.

Entonces, la ciudadanía se define como un sentido de pertenencia e identidad colectiva que se apoya en ciertos rasgos, valores humanos, y costumbres que son comunes a una población.

A su vez, elementos como el lenguaje, las creencias y la cultura fungen como elementos que unen a las personas vecinas dentro de un territorio. Así, los yucatecos nos sentimos identificados con nuestras raíces mayas, las tradiciones mestizas y compartimos una forma de hablar que nos caracteriza.

Generalmente, esta noción de arraigo hacia la ciudad donde uno nace se traduce en un sentimiento de orgullo. A este fenómeno se le conoce como regionalismo cuando se trata de ciudades y entidades, o nacionalismo cuando hablamos de países.

Sin embargo, la experiencia nos demuestra que en ocasiones se distorsiona esta pulsión de pertenencia y se descontrolan las pasiones, incitando al rechazo hacia lo foráneo o extranjero.

Esto es un error: la identidad colectiva nos debe mover a apreciar y amar lo propio de nuestra tierra, pero de ninguna manera nos debe llevar a odiar a quien no comparta nuestro origen o hable un idioma distinto.

Generar una conciencia social, que vaya más allá del sentido individual, es indispensable para el desarrollo de las comunidades. Dejar de pensar exclusivamente en el yo para empezar a pensar en el nosotros, es el primer paso en el camino hacia la construcción de sociedades más justas e igualitarias; solo ahí donde los valores sociales se extienden, es posible establecer una cooperación efectiva que permita solucionar asignaturas pendientes.

Los esfuerzos aislados suelen ser estériles; en cambio, la organización de los ciudadanos es poderosa para alcanzar incluso los objetivos más ambiciosos.

Cuando en una comunidad, proliferan virtudes como el respeto, la tolerancia, y la responsabilidad, los vínculos entre las vecinas y vecinos se estrechan; como resultado, surge la cohesión social.

Por supuesto, una ciudadanía unida, se torna mucho más resistente, lo cual le permite enfrentar de mejor modo la adversidad. Además, en una sociedad cohesionada, difícilmente habrá espacios para la violencia y la delincuencia.

Estoy convencido de que una de las claves para comprender los niveles de seguridad que disfrutamos en Yucatán tiene que ver con el sentido de pertenencia y la cohesión social: ambos, legado histórico de nuestros abuelos y abuelas; las generaciones anteriores de ciudadanos supieron instaurar con firmeza los valores que a nosotros nos ha tocado aprender a preservar.

La ciudadanía nos otorga una serie de derechos estipulados en las normas de convivencia, y reforzados por la tradición. Las libertades para optar por un plan de vida y el derecho a elegir a nuestros representantes y gobernantes son parte importante de nuestro carácter de ciudadanos.

No obstante, es indispensable asimilar que también existen obligaciones por cumplir. El civismo, el respeto a las leyes, y la conducción ética deben ser practicados si aspiramos a ser ciudadanos y ciudadanas responsables.

Las sociedades funcionales son aquellas donde estos valores se reproducen de tal manera, que se integran a la cultura y trascienden generaciones.

Las comunidades de paz nacen de la mano de la organización social, los valores cívicos y la capacidad de reconocer humanidad en las demás personas. La ciudadanía es el punto de partida para edificar puentes de entendimiento y evitar muros de incomprensión.— Mérida, Yucatán.

Fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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