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Insignificancia humana

Antonio Salgado Borge

Emergencia climática, acción y atención

Antonio Salgado Borge (*)

Las cifras presentadas en este texto son aproximadas y han sido redondeadas para facilitar su lectura.

Como consecuencia de la emergencia climática que ha generado, la humanidad se enfrentará las próximas décadas a un sufrido proceso de extensión que incluye catástrofes meteorológicas, la imposibilidad de sobrevivir en las ciudades o países más afectados, migraciones masivas, epidemias y guerras por el control de recursos naturales cada vez más escasos. Este proceso será particularmente duro en regiones bien identificadas, entre las que se encuentran Yucatán y México.

El escenario planteado arriba no ha surgido de la imaginación de una persona fatalista o de un club de individuos con delirios paranoides; estamos ante pronósticos estudiados, modelados y respaldados por las investigaciones científicas e instituciones más serias del mundo.

Vale la pena ponerlo con todas sus letras: al ritmo que vamos, la duda no es si estas tragedias ocurrirán en este siglo, sino la forma en que se materializarán los detalles específicos de las mismas. Dada la certeza que acompaña a este pronóstico, y considerando que la última ventana de oportunidad para aplicar medidas radicales es cada vez más estrecha, la pregunta obligada es por qué la mayoría de la población parece haber optado por encogerse de hombros y en seguir sus vidas como si nada pasara. Esto es, ¿por qué son tantas las personas, principalmente las no-jóvenes, que consideran irrelevantes las evidencias de que nos dirigimos hacia nuestra tortuosa extinción en el siglo 21?

La articulación de una respuesta a esta pregunta, desde luego, no puede ser simple. Particularmente, porque son varios los componentes que tendrían que considerarse para contestarla.

La incapacidad de notar que el bienestar de futuras generaciones es igualmente importante al de la generación presente, la ideología promovida por grandes capitales que se benefician de actividades que contribuyen al cambio climático o el cortoplacismo que implica vivir para el momento son todos factores bien conocidos y dignos de ser tomados en cuenta.

Sin embargo, hay otro elemento que pocas veces es considerado como parte de la explicación aquí estamos buscando: la idea de que la humanidad es algo fijo e inmutable; la creencia de que somos un hecho especial de la naturaleza alrededor del que todo siempre ha girado y seguirá girando.

La actitud anterior está totalmente injustificada. Por principio de cuentas, el planeta Tierra no ha estado en el universo desde su inicio. Esto es claro cuando se considera que el universo tiene catorce mil millones de años, mientras que nuestro planeta tiene “apenas” cuatro mil quinientos. Además, la vida en la Tierra se inició hace 3,500 años, pero el proceso de evolución derivó en el ser humano hace “sólo” doscientos mil. Esto significa que 99.995% del tiempo que la Tierra ha existido lo ha hecho sin humanidad, y que 99.994% del recorrido de la vida sobre este planeta ha sido sin seres humanos.

A lo anterior tenemos que sumar que entre todos los seres vivos que han pasado por la Tierra, la humanidad no ha sido particularmente longeva: los dinosaurios, sin contar a sus versiones actuales, estuvieron aquí 165 millones de años; 164.8 millones más que lo que llevamos nosotros.

Para ilustrar en términos de un divulgador de la ciencia lo que esto implica, si la vida sobre la Tierra equivaliera a un recorrido de una persona de su hotel en Los Ángeles a su departamento en Nueva York, la existencia de la humanidad equivaldría a los pasos que esa persona da desde la puerta de su departamento hasta su habitación. Esto es, la humanidad no “pinta” en términos universales y es un fenómeno insignificante en términos temporales.

Desde luego, alguien podría alegar que no tiene sentido mirar hacia atrás; que lo importante es ver hacia adelante. La idea de este argumento es que, si esperamos lo suficiente, podría llegar el momento en que la humanidad sea significativa en términos temporales.

Pero a esto se podría responder que ni los planetas son eternos ni las características de cada planeta se mantienen siempre constantes. Por ejemplo, Mercurio fue el primer planeta en desarrollar condiciones prometedoras para la vida similares a las de la Tierra. Posteriormente, fue Marte el lugar del Sistema Solar con más potencial en este sentido, agua y ríos incluidos. La dinámica del Sol y otros factores se interpusieron en el camino de ambos planetas.

A esta comparación interplanetaria es necesario sumar una consideración importante: cuando Mercurio o Marte estaban en su mejor momento para desarrollar vida, desde esos planetas la Tierra hubiera parecido un lugar terrible e inapto. Pero a nuestro planeta, claro está, le llegó su momento. En consecuencia, si algo podemos aprender de la historia de estos planetas rocosos es que mundos con condiciones poco favorables para la vida podrían terminar desarrollando estas condiciones. Y que mundos con condiciones favorables podrían terminar perdiéndolas.

Alguien podría responder que lo anterior no significa necesariamente que la Tierra perderá sus condiciones favorables para la vida y que, por ende, es un gran error suponer que la humanidad será borrada del universo.

A ello se puede contestar, en primer lugar, que si hay algo seguro es que nuestro planeta tiene, en efecto, fecha de caducidad y que ésta es bien conocida. En aproximadamente 7 mil quinientos millones de años, el sol se habrá expandido a tal grado que terminará engullendo a la Tierra, despareciendo así el mundo que conocemos

Pero no habrá que esperar tanto para borrar a la humanidad del mapa: este mismo proceso solar generará condiciones —como la pérdida de agua o de la atmósfera— que causarán que la vida en aquí termine mucho antes.

Esto implica que, salvo que los seres humanos salgan del planeta y encuentren uno nuevo para habitar —algo que actualmente es muy improbable—, la humanidad está condenada a desaparecer. Para subsistir, miles o millones de millones de personas tendrían que “mudarse” de planeta para que esto no implique una pérdida de vidas masiva. Lo relevante aquí es que, por donde se mire, no hay forma de negar que no estaremos aquí por siempre.

Es fácil ver que de lo dicho aquí se sigue que los seres humanos somos, en términos temporales, un fenómeno insignificante. Pero de esta insignificancia a la que nos acostumbrado a no mirar distintos motivos no tendrían por qué derivarse inacción o fatalismo paralizante. Lo contrario es cierto.

Y lo es en dos sentidos. En primer lugar, en sentido negativo, porque la falta de una reacción radical ente la emergencia climática representa adelantar nuestra inminente y ya suficientemente cercana caducidad al siglo presente, condenando así no sólo a la próxima generación, sino a lo que sea que la humanidad representa o pueda terminar representando.

Pero también es cierto, en sentido positivo, porque de la valoración o distinción de nuestra insignificancia temporal se desprende un permanente recordatorio de lo especial que resulta nuestro paso por este universo.

Una toma de conciencia del tamaño de la irresponsabilidad que implican nuestra apatía o nuestra poca disposición de exigir a nuestros gobernantes una acción radical y a la altura de lo que demanda la actual emergencia climática.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

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