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Javier Caballero Lendínez: Inconformistas con las palabras

Cosas cotidianas

¿Ratificación o revocación? Estamos tristemente acostumbrados a los intentos de manipulación sistemática en todos los ámbitos, especialmente el político.

Con un gobierno más enfocado en la retórica y la apología, que en las acciones beneficiosas para la amplia mayoría de la población (no para unos pocos), la importancia de los dos conceptos iniciales es mucha.

En política, aunque no nos guste, quien nombra, manda. Y es una verdad de Perogrullo: el político que se adueña de un discurso, que pone en su boca palabras determinadas, es el que dirige la interpretación del colectivo de una manera determinada. Y como sucede con el famoso refrán “el que parte y reparte se lleva la mejor parte”, en el uso de la palabra, quien la proclama, siempre sale beneficiado.

Líderes y no tan líderes tienen en las palabras la mayor fuente de riqueza para lograr sus objetivos. En un mundo en el que lo visual gana terreno a lo textual, la palabra dicha y defendida sigue siendo la reina de toda la fauna de la expresión y la comunicación.

El político en toda su extensión la usa para apropiarse de la realidad que quiere. Usa a su antojo el poder de la palabra para adueñarse del comportamiento, orientar a los descarriados y convencer de una tajada al asustadizo.

En este país se usa mucho para polarizar, que es una de las principales estrategias del comunismo en todo el mundo, aunque también de la extrema derecha.

Términos como los mencionados al principio de esta columna son solo algunos que se utilizan para sesgar las opiniones, endulzar los oídos sensibles, limitar las críticas, justificar lo injustificable y, por supuesto, legitimar las decisiones. Otros más usados en el mundo son los famosos “daños colaterales”; “alivios fiscales”, “crecimiento negativo” o “estancamiento”, eufemismos que, a golpe de verborrea, tratan de insertarse en el lenguaje político de la calle como cuchillo en la mantequilla.

Pensando un poco acerca del uso y abuso de eufemismo en el lenguaje político y, por qué no, la indeseable utilización masiva de recursos como el oxímoron, caigo en la cuenta de que la realidad que dicta o trata de dictar una palabra dicha tiene también las horas contadas. O sea, en cristiano, que los eufemismos, las posverdades y los recursos tienen fecha de caducidad.

Pero ¿cuándo? Ésa es la cuestión. Los partidos acostumbrados a la polarización y a llenar de palabras sus discursos vacíos repletos de lagunas y falta de carnita (aunque en general también aplica a todos, sin excepción) lo tienen claro: la palabra puede caducar, pero siempre será sustituida por otra que la mejora, y por otra, y por otra. Por ejemplo, de país pobre se pasó a país subdesarrollado, y tras éste, a país tercemundista o tercer mundo. Y lo que viene…

Con este contexto político en el que quien dice algo, manda y legitima, interpretando las cosas a su manera —como sugiere el español Juan Carlos Monedero en su libro “El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión”—, palabras como revocación y ratificación, con dos significados totalmente opuestos, pierden su valor semántico al servicio de un fin a todas luces malintencionado.

Réquiem.

El papel de la sociedad es vital para desenmascarar estas tomaduras de pelo. Analizar la información y el discurso; tomar las riendas de nuestro propio cerebro; someter las faltas a nuestra dignidad; acallar con preparación y reflexión la subvaloración de nuestra inteligencia y, sobre todo, ser conscientes de lo que podemos exigir a nuestra clase política puede hacer que la palabra burdamente usada hasta ahora se convierta en paraíso que realmente nos permita decidir nuestro destino.

Por eso, entre otras muchas cosas, debe existir el periodismo libre e independiente por mucho que le duela a los necesitados de adoración y falsísimos mesías.

Ya lo decía el filósofo español Emilio Lledó: “si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos”. A darle ¿no?— Mérida, Yucatán.

@erjavievie

Periodista

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